La noche cayó sobre el barrio como un animal pesado, lento, lleno de presagios. Julieta manejó las últimas cuadras con las manos sudorosas sobre el volante, el corazón todavía latiéndole en la garganta. Estacionó el Clío frente a la casa y apagó el motor. Se quedó un minuto a oscuras, mirando la fachada iluminada por la luz amarilla de la vereda. Adentro, su madre estaría preparando la cena. Adentro, todo seguiría siendo "normal". Pero nada era normal ya. Ella había cruzado una línea que no sabía que existía, y ahora la línea estaba borrosa, pisoteada, manchada con el sabor de la boca de Mauro.
"Viejo de mierda", pensó, pero el insulto sonó vacío, sin convicción. Porque mientras lo pensaba, sentía todavía el recuerdo de sus manos en sus caderas, de su miembro llenándola, de su voz grave diciéndole "te mojás más que tu mamá". Se estremeció. Bajó del auto, caminó hasta la puerta, entró.
—¡Llegué, má! —dijo, con una voz que le salió más ronca de lo que quería.
—Hola, nena. La cena va a estar lista en un rato —respondió Johana desde la cocina.
Julieta subió las escaleras sin mirarla, entró a su cuarto, cerró la puerta con llave. Se apoyó contra la madera y cerró los ojos. Necesitaba un segundo. Un segundo para procesar lo que había hecho. Se había entregado al hombre que se cogía a su madre. Se había dejado penetrar, gemir, nalguear. Había gritado su nombre mientras se corría. Y lo peor de todo: lo había disfrutado. Cada segundo. Cada embestida. Cada palabra soez que él le susurraba al oído.
Se llevó las manos a la cara y respiró hondo. Después fue al baño. Abrió la ducha, dejó que el agua caliente llenara el espacio de vapor. Se desvistió despacio, mirándose al espejo mientras lo hacía. Tenía moretones en las caderas, donde él la había agarrado con fuerza. Y en las nalgas, las marcas rojas de las nalgadas. Se tocó los pechos, todavía sensibles, los pezones aún erectos. Entre las piernas, una molestia sorda, una hinchazón. Había sido bruto. Y a ella le había encantado.
Se metió en la ducha y dejó que el agua le corriera por el cuerpo. Cerró los ojos y, bajo el chorro caliente, volvió a ver la cara de Mauro. La sonrisa de lobo. Los ojos negros clavados en los suyos. La mano en su cuello. "Perrita", le había dicho. Y ella había asentido. Había sido su perrita. Era su perrita.
"No", se dijo con fuerza, abriendo los ojos. "No voy a permitirlo. Fue una vez. Una sola. No va a volver a pasar". Pero mientras se lo decía, sus manos bajaban solas por su vientre, buscando ese lugar que aún ardía. Se detuvo a tiempo. Cerró la canilla, se secó, se puso un corpiño de algodón blanco y una bombacha de tiro alto, sin pensar en la elección, solo en cubrirse. Se envolvió el cabello rubio en una toalla y salió del baño.
En el pasillo, escuchó voces. La de Martina, que acababa de llegar. Y la de su madre, preguntándole algo sobre el día. Julieta se quedó un momento en la puerta de su cuarto, escuchando, sin decidirse a bajar. Todavía no estaba lista para ver a su madre. Todavía no estaba lista para fingir que nada había pasado.
Pero entonces escuchó el nombre de Mauro. Johana decía: "Viene Mauro a cenar. Dijo que tiene algo que anunciar". Y el corazón de Julieta dio un vuelco. "¿Algo que anunciar?", pensó. "¿Qué mierda va a anunciar?".
Bajó las escaleras. No quería, pero sus pies la llevaron igual.
Martina había llegado hacía diez minutos, y la cocina parecía un negocio de ropa. Cuatro bolsas enormes de shopping estaban apoyadas en las sillas, y Martina iba sacando prendas una por una, mostrándoselas a su madre con una sonrisa enorme. Era la primera vez en meses que Johana veía a su hija menor tan contenta. Tenía los ojos marrones brillantes, las mejillas coloradas, las manos temblando de emoción.
—Mirá, má, esto me compré con la orden que me dio Mauro —dijo, levantando un vestido verde esmeralda—. Y esto, mirá, una cartera de marca, la original, no trucha. Y estos zapatos, son los que vi el mes pasado en la vidriera, pero no los podía pagar...
—Está bien, nena, está bien. Después los ves tranquila. Ahora ayudame a poner la mesa —respondió Johana, con una sonrisa cansada.
Martina guardó todo a regañadientes y se fue a su cuarto para cambiarse. Quería ponerse algo especial. Algo que Mauro notara. Porque Mauro le había dado todo eso, y ella quería que él supiera que lo valoraba. Se paró frente al placard, miró las opciones, y eligió la ropa que había comprado esa misma tarde: una blusa blanca ajustada, de cuello alto pero con la tela tan fina que se pegaba a su piel morena marcando cada curva; una falda corta a cuadros, estilo colegiala, que le llegaba a medio muslo; medias largas blancas que le cubrían las piernas hasta abajo de la rodilla; y zapatos oscuros, de taco bajo, elegantes. Se miró al espejo y sonrió. Se veía linda. Se veía inocente y provocadora al mismo tiempo. Se ató el cabello negro con un moño grande, blanco, que le caía sobre la nuca. Perfecto.
Bajó las escaleras haciendo ruido con los tacos, y Johana levantó la vista.
—Ay, nena, te pusiste muy sensual para una cena en casa —dijo, sorprendida.
—Me quería estrenar la ropa nueva, má. ¿Está mal? —respondió Martina, con un dejo de desafío.
—No, no está mal. Estás linda.
Martina se sentó en el living, cruzó las piernas, y esperó. No sabía por qué, pero sentía mariposas en el estómago. La idea de que Mauro viniera a cenar la ponía nerviosa. Y contenta. Como cuando una va a una cita, aunque no fuera una cita. "Solo es el vecino", se dijo. "El que me dio plata para comprarme ropa. Nada más". Pero sabía que era más que eso. Sabía que él la miraba de cierta manera. Y le gustaba.
Julieta bajó las escaleras vestida con un jogging holgado y una remera grande, sin maquillaje, el cabello rubio todavía húmedo. Se veía cansada, y no era solo el cansancio físico. Había algo apagado en sus ojos azules, algo que Johana notó pero no se animó a preguntar.
—Má, ¿necesitás ayuda con algo? —preguntó Julieta, con voz neutra.
—No, nena, ya casi está todo. Pone el vino en la mesa, si querés.
Julieta tomó las seis botellas que Mauro había traído la noche anterior y las fue acomodando sobre el mantel. Contó los cubiertos. Las copas. Todo en orden. Todo falso. Porque debajo de esa normalidad, ella seguía sintiendo las manos de Mauro en su piel. Y ahora él iba a venir. Iba a sentarse en la misma mesa, iba a mirarla con esos ojos negros, y ella iba a tener que fingir que nada había pasado.
"Odio a este viejo", pensó. "Lo odio por hacerme esto. Por hacerme sentir cosas que no quiero sentir". Pero mientras lo pensaba, sus pezones se endurecieron bajo la remera.
Mauro llegó puntual, como siempre. Tocó el timbre una sola vez, seco, seguro. Johana fue a abrir. Llevaba puesto un vestido largo, de esos que no muestran mucho, pero que se pegan a sus curvas como si la hubieran pintado. Mauro la miró de arriba abajo, sonrió, y entró sin esperar invitación.
—Buenas noches, vecina —dijo, y le dio un beso en la mejilla que duró un segundo de más.
—Pasá, Mauro. Ya está todo listo —respondió ella, con la voz temblorosa.
Mauro entró al comedor y las tres mujeres estaban ahí. Johana a un lado de la mesa. Julieta al otro, con los brazos cruzados sobre el pecho. Martina sentada, con las piernas cruzadas, la falda corta dejando ver las medias blancas, el moño en el cabello haciéndola ver como una muñeca. Mauro las saludó a todas con una sonrisa amplia. A Julieta, la miró un segundo más. Solo un segundo. Pero ella sintió que la atravesaba.
—Hola, Martina. Qué linda que estás. Esa ropa te queda muy bien —dijo Mauro, y la chica sonrió, toda orgullosa.
—Gracias, Mauro. La compré hoy con lo que me regalaste.
—Me alegra que te guste. A mí también me gusta. Mucho.
Hubo un silencio incómodo. Mauro se sentó en la cabecera de la mesa, como la noche anterior. Como si ya fuera suya. Nadie dijo nada.
—Bueno, antes de cenar —dijo Mauro, con una calma que helaba la sangre—. Quiero anunciarles algo.
Las tres mujeres lo miraron. Johana, con las manos apretadas sobre el delantal. Julieta, con los labios apretados. Martina, curiosa, inclinándose hacia adelante.
—A partir de hoy, voy a vivir acá.
El silencio fue total. Se escuchaba el ruido de la heladera en la cocina, el zumbido de la luz, la respiración de las cuatro personas en la habitación.
—¿Cómo que vas a vivir acá? —preguntó Johana, con la voz rota.
—Voy a vivir acá —repitió Mauro, como si fuera la cosa más natural del mundo—. Ya está decidido. No voy a dar explicaciones. Solo quería que lo supieran.
Nadie dijo nada. Johana abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. Julieta apretó los puños debajo de la mesa. Martina miró a su madre, esperando que ella dijera algo, que protestara, que lo echara. Pero Johana no dijo nada. Bajo la cabeza, asintió apenas, y se sentó.
Esa fue toda la respuesta. Un gesto mínimo. Una rendición silenciosa.
Mauro sonrió.
—Bueno. Ahora sí, comamos.
La cena fue un acto de hipocresía perfecta. Johana sirvió las empanadas, Mauro abrió una botella de Malbec, Martina comió en silencio, Julieta apenas tocó la comida. Charlaron de cosas banales. Del trabajo de Mauro. De la universidad de las chicas. De nada importante. Pero debajo de la mesa, en ese territorio invisible que solo ellos conocían, Mauro encontró la pierna de Julieta.
Fue un roce al principio. Casual, casi inocente. Su mano grande se posó sobre su rodilla, apenas, sin apretar. Julieta se tensó. Quiso apartarla, pero su pierna no se movió. Mauro dejó la mano ahí, quieta, quemándole la piel a través del jogging. Después, lentamente, comenzó a subir. Llegó al muslo. Se detuvo. Julieta sintió que se le secaba la boca. Miró a Mauro, que estaba conversando con Martina sobre la facultad, completamente normal. Su mano, sin embargo, seguía subiendo. Rozó el borde de su bombacha bajo el jogging. Julieta contuvo la respiración.
"Decí algo", se ordenó a sí misma. "Apartala. Decí que pare". Pero no dijo nada. No hizo nada. Solo se quedó quieta, con el corazón latiéndole en la garganta, sintiendo cómo los dedos de Mauro trazaban círculos lentos en su muslo interior. Cada círculo era una descarga eléctrica. Cada roce la acercaba un poco más al borde.
"Me está haciendo esto adelante de mamá", pensó. "Adelante de mi hermana. Y no hago nada. Soy una puta. Una puta que se moja por el macho de su madre".
Mauro retiró la mano justo antes de que fuera demasiado evidente. Tomó su copa de vino, bebió un sorbo, y siguió conversando como si nada. Julieta quedó temblando, mojada, derrotada.
La cena terminó entre platos sucios y copas vacías. Johana se levantó a buscar el postre, pero Martina la detuvo con un gesto brusco.
—No quiero postre, má. La cena estuvo... normal —dijo Martina, con un tono que sonó a desprecio.
Johana se quedó con la bandeja en la mano, sin saber qué responder. Martina la miró con esos ojos marrones llenos de una furia que no estaba del todo justificada.
—Siempre lo mismo, má. Comida recalentada, empanadas de siempre. ¿No podés hacer algo diferente? —siguió Martina, y su voz se fue haciendo más filosa.
Johana abrió la boca para defenderse, pero no le dio tiempo. Mauro se puso de pie de golpe. La silla chirrió contra el piso. Martina levantó la vista, sorprendida, y vio la cara de Mauro. Ya no era el vecino bonachón, el que le regalaba ropa. Ahora era otra cosa. Algo más oscuro.
—A mí no me gusta cómo le hablás a tu madre —dijo Mauro, con una voz grave, tranquila, pero que helaba la sangre.
—Yo no le hablé mal, solo dije...
—No me importa lo que dijiste. No se le habla así a la madre. ¿Entendés?
Martina quiso responder, quiso rebelarse, pero algo en la mirada de Mauro la detuvo. Era una mirada de autoridad absoluta. Sin gritos, sin amenazas. Solo una certeza: él mandaba, y ella obedecía.
—Disculpame —dijo Martina, con la voz baja.
—No es a mí a quien tenés que pedir disculpas —dijo Mauro—. Es a ella. Tu madre. Y también a mí, por hacer un papelón en mi mesa.
Johana y Julieta miraban la escena sin atreverse a intervenir. Martina tenía los ojos brillantes, a punto de llorar. Abrió la boca para decir algo, pero Mauro fue más rápido. Le dio una nalgada. Fue un movimiento seco, rápido, pero contundente. La mano de Mauro golpeó la carne morena de Martina justo donde la falda corta dejaba al descubierto la parte baja de las nalgas. El ruido resonó en el comedor como un latigazo.
Martina dio un salto, se llevó la mano a la nalga, y lo miró con los ojos abiertos como platos. No era dolor lo que sentía, o no solo dolor. Era sorpresa. Era confusión. Era algo más, algo caliente que le subía por el vientre y que no sabía nombrar.
—A la pared —dijo Mauro, señalando la pared del living.
Martina lo miró, buscando cómplice en su madre o en su hermana. Pero Johana miraba para otro lado. Julieta tenía la cara vuelta, las mejillas coloradas. No había ayuda.
—Dije a la pared —repitió Mauro.
Martina caminó hasta la pared del living, despacio, con las piernas temblorosas. Se paró de frente, apoyó las manos en el papel pintado, y se quedó quieta. No entendía qué estaba pasando. No entendía por qué obedecía. Pero lo hacía.
Mauro se sentó de nuevo en la cabecera de la mesa, tomó su copa de vino, y bebió lentamente.
—Quince minutos —dijo, sin mirarla—. Ahí quieta, pensando en cómo se le habla a la madre.
Martina no dijo nada. Solo se quedó mirando la pared, con el moño blanco en el cabello, la blusa ajustada, la falda corta, las medias largas. Y mientras pasaban los minutos, sintió algo que no esperaba. Una humedad caliente entre las piernas. Una excitación que la avergonzaba.
"Qué me pasa", pensó. "Me acaban de pegar y me gusta".
Julieta no pudo más. Se levantó de la mesa con un movimiento brusco.
—Tengo sueño. Me voy a acostar —dijo, sin mirar a nadie.
—Buenas noches, nena —dijo Johana, con voz cansada.
Julieta subió las escaleras, entró a su cuarto, cerró la puerta. Pero no se acostó. Fue al baño, se lavó la cara, se cepilló los dientes. Se miró al espejo. Sus ojos azules estaban vidriosos, las mejillas coloradas, el cabello rubio aún húmedo. Se veía hermosa y destrozada al mismo tiempo. "Mentira que tengo sueño", pensó. "Me fui porque no soportaba verlo. Porque cada vez que lo miro se me para el corazón y se me moja la concha al mismo tiempo. Lo odio. Lo odio".
Pero mientras se decía eso, sus manos temblaban al secarse la cara con la toalla. Y en el fondo, en ese lugar que no quería reconocer, sabía que no había subido solo por hartazgo. Había subido porque necesitaba estar sola. Porque necesitaba pensar. O quizás, porque necesitaba que él fuera a buscarla.
Se quitó el jogging y la remera, se quedó solo con el corpiño de algodón blanco y la bombacha de tiro alto. Se metió en la cama, apagó la luz de la mesa de noche, y se quedó mirando el techo a oscuras. La respiración agitada. El corazón latiéndole fuerte. Las piernas apretadas, porque entre ellas el calor era insoportable.
"No me voy a tocar", se dijo. "No le voy a dar ese gusto. No voy a pensar en él".
Pero pensaba en él. En cada respiración, en cada latido, en cada centímetro de su piel que aún ardía por sus manos.
Abajo, Mauro miró su reloj. Quince minutos exactos.
—Ya podés irte a tu cuarto, Martina —dijo, sin girarse a mirarla.
Martina se separó de la pared. Tenía los brazos cansados, las piernas dormidas. Se giró hacia Mauro y hacia su madre, que seguía sentada en la mesa, inmóvil.
—Buenas noches, Mauro —dijo Martina, con una voz dulce, sumisa, que no era la suya. Y luego, mirando a su madre—. Buenas noches, má.
Johana asintió, sorprendida por el tono de su hija. Martina subió las escaleras despacio, tocándose la nalga donde Mauro la había golpeado. Aún le ardía. Y ese ardor, mezclado con la humedad que sentía entre las piernas, la dejó más confundida que nunca.
Mauro esperó a que escuchara el ruido de la puerta de Martina cerrándose. Después se levantó, caminó hasta la silla de Johana, y se arrodilló frente a ella. La miró a los ojos.
—Hoy me cogí a Julieta —dijo, sin vueltas.
Johana sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Las lágrimas le asomaron a los ojos verdes, pero no cayó ninguna. Era una tristeza seca, una certeza que ya sabía, que había intuido desde hacía días.
—En mi oficina —siguió Mauro, con la misma calma—. Se entregó sola. Vino porque quiso. Gritó mi nombre cuando se vino. Le gustó. Tanto como a vos.
—¿Por qué me decís esto? —preguntó Johana, con un hilo de voz.
—Porque quiero que sepas. Y porque quiero que sepas también que voy a seguir cogiéndomela. Las dos van a ser mías. Vos mi putita. Ella mi perrita. Y Martina, cuando llegue el momento, también va a ser mía.
Johana cerró los ojos. Dos lágrimas rodaron lentamente por sus mejillas morenas. Mauro las secó con el pulgar.
—No voy a pelear —dijo Johana, con una voz que ya no era de madre, sino de algo más sumiso, más roto—. Solo... solo cuidá a mis hijas. No las lastimes.
—Nunca las lastimaría —dijo Mauro, y era verdad, a su manera retorcida—. Las voy a hacer felices. A las tres. Más felices de lo que nunca fueron. Pero para eso, ustedes tienen que obedecer. ¿Está claro?
—Sí, Mauro —respondió Johana, y la frase sonó a juramento.
Mauro se puso de pie. La besó en la frente, despacio, y después se encaminó a las escaleras.
—¿Dónde vas? —preguntó Johana, aunque ya sabía la respuesta.
—A dormir con mi perrita —dijo Mauro, y subió los escalones sin mirar atrás.
Johana se quedó sola en el comedor, con los platos sucios, las copas vacías, las empanadas a medio comer. Y mientras escuchaba los pasos de Mauro alejarse por el pasillo de arriba, supo que su vida ya no le pertenecía. Nunca más.
Mauro caminó por el pasillo del segundo piso en penumbras. Las puertas de los cuartos de Martina y Julieta estaban cerradas. Sabía cuál era cuál porque las cámaras le habían mostrado cada rincón de esa casa cientos de veces. Se detuvo frente a la puerta de Julieta. No tocó. Giró la manija despacio, sin hacer ruido, y entró.
La habitación estaba a oscuras, apenas iluminada por la luz tenue de la luna que se filtraba por la persiana. Julieta estaba en la cama, boca arriba, con los brazos a los costados, la respiración agitada. No dormía. Lo sabía porque la vio tensarse cuando él entró. Cerró la puerta con un clic suave y trabó la llave.
—¿Qué hacés acá? —preguntó Julieta, con una voz que quiso ser enojada pero le salió temblorosa.
—Vine a dormir con mi perrita —respondió Mauro, caminando hacia la cama.
—No soy tu perrita. Eso fue una sola vez. Ya te dije que no se va a repetir.
—Lo mismo dijiste cuando te tocaba la pierna bajo la mesa, y sin embargo, hace un rato, cuando te toqué el muslo, no me apartaste. Te quedaste quieta. Te mojaste. ¿O me vas a decir que no?
Julieta no respondió. Mauro se sentó en el borde de la cama. Ella sintió el peso de su cuerpo hundir el colchón. Estaba tan cerca que podía olerlo: ese perfume de madera y cuero, mezclado con el vino de la cena.
—Vos también lo querés —dijo Mauro, con una voz baja, grave, que le recorría la espalda como una caricia—. Por más que digas que no. Por más que te enojes. Tu cuerpo me necesita. Me necesitás a mí. A nadie más.
—No es verdad —dijo Julieta, pero su voz era apenas un susurro.
Mauro se inclinó sobre ella. Apoyó una mano en la cama, al lado de su cabeza, y la otra la posó en su cadera, sobre la bombacha de algodón. Julieta sintió el calor de su palma a través de la tela fina. Contuvo la respiración.
—Decime que no querés —dijo Mauro, acercando su boca a la de ella, a milímetros—. Decímelo mirándome a los ojos. Y me voy.
Julieta lo miró. En la penumbra, los ojos negros de Mauro brillaban como carbones. Su cara estaba tan cerca que ella podía sentir su aliento, cálido, mezclado con el vino. Quiso decir "no quiero". Quiso decirlo con todas sus fuerzas. Pero las palabras se le atoraron en la garganta.
—No puedo —susurró, y no supo si se refería a que no podía decirlo o a que no podía quererlo.
Mauro la besó. Fue un beso lento, profundo, que no pidió permiso. Su lengua encontró la de ella y la acarició despacio, como si tuviera toda la noche. Julieta gimió contra su boca. Sus manos subieron solas, buscando su nuca, enredándose en sus cabellos canosos. Se entregó. Otra vez. Como la primera.
Mauro separó los labios apenas un instante para murmurar:
—Sacate el corpiño.
Julieta obedeció. Se incorporó lo suficiente para desabrochar el corpiño de algodón por detrás. La prenda cayó a un lado de la cama. Mauro miró sus pechos grandes, blancos, los pezones ya duros, y los acarició con las yemas de los dedos. Primero despacio, luego con más fuerza, apretándolos, estirando los pezones. Julieta arqueó la espalda, ofreciéndose.
—Así me gusta —dijo Mauro, con la voz ronca—. Sin vueltas. Sin mentiras.
Bajó la cabeza y lamió uno de sus pezones. Lo rodeó con la lengua una, dos, tres veces, mientras su mano jugaba con el otro. Julieta se mordió el labio para no gemir. No quería que él supiera cuánto lo disfrutaba, pero su cuerpo lo delataba: los pezones se endurecían más, la respiración se aceleraba, las caderas comenzaban a moverse solas, buscando algo.
Mauro siguió bajando con la lengua, por el centro de su pecho, por su vientre, hasta llegar al borde de la bombacha. Metió los dedos por dentro de la tela y la bajó lentamente. Julieta levantó las caderas para ayudarlo, sin pensarlo. La bombacha cayó al piso, y ella quedó completamente desnuda bajo él.
Mauro se incorporó apenas para desvestirse. Primero la camisa, los botones uno a uno, mostrando su pecho velludo y su panza gorda. Después el cinturón, el pantalón, la bragueta. Su miembro erecto saltó libre, enorme, rojo, con la cabeza brillante. Julieta lo miró y sintió que se le secaba la boca. Lo había tenido adentro hacía apenas horas, pero ya lo extrañaba.
Mauro volvió a inclinarse sobre ella, pero no la penetró. En lugar de eso, apoyó todo su peso sobre su cuerpo, la inmovilizó, y la besó otra vez. La lengua de él jugaba con la de ella mientras su miembro rozaba su entrepierna, entrando y saliendo apenas, mojándose con su humedad, pero sin penetrar. Era una tortura. Una delicia.
—Pedilo —dijo Mauro, separando sus labios—. Pedímelo como lo pediste esta tarde.
—Cogeme —susurró Julieta.
—Más fuerte.
—¡Cogeme, Mauro! —gritó ella, y la voz le salió ronca, desesperada.
Mauro la penetró. De una sola embestida, entero, hasta el fondo. Julieta gritó, pero no de dolor. Era un grito de placer, de alivio, de "por fin". Mauro comenzó a moverse, despacio al principio, después más rápido, más fuerte. El colchón crujía bajo el peso de los dos, la cabecera golpeaba la pared, y Julieta se aferraba a los brazos gordos de Mauro como si fuera su único ancla en el mundo.
—Así —gemía ella—. Así, así, no pares.
Mauro la miró a los ojos. Sus pupilas negras estaban dilatadas, inyectadas de pasión.
—¿Seguís diciendo que no querés? —preguntó, sin dejar de embestir.
—No... no quiero... —respondió Julieta, pero mientras lo decía, sus caderas subían al encuentro de las de él, pidiendo más.
—Tu boca dice una cosa, pero tu concha me aprieta como si quisiera comerme vivo —dijo Mauro, con una sonrisa—. Mentirosa.
Julieta cerró los ojos. No podía mirarlo. Porque si lo miraba, se perdía. Si lo miraba, se olvidaba de que era el amante de su madre, de que estaba mal, de que todo esto era una traición. Y lo único que quería en ese momento era perderse.
Afuera, en el pasillo, Johana caminaba en puntas de hollín. Había subido las escaleras sin hacer ruido, empujada por una fuerza que no entendía. Los gemidos de Julieta llegaban desde el cuarto, claros, inconfundibles. "Ay, Mauro, ay, así", escuchaba. Y el ruido de la cama. Y la voz grave de él, dando órdenes.
Se asomó por la rendija de la puerta. La puerta no estaba del todo cerrada: Mauro la había dejado así a propósito, como hacía siempre. Johana apoyó la frente en el marco y miró.
Vio a su hija desnuda, el cabello rubio desparramado sobre la almohada, las piernas abiertas, los pechos grandes rebotando al ritmo de las embestidas de Mauro. Y vio a Mauro encima de ella, gordito, moreno, canoso, embistiéndola con una fuerza que a Johana le hacía temblar las piernas. Era la misma imagen que ella había visto desde su propia cama, pero ahora la protagonista era su hija.
"No soy suficiente para él", pensó otra vez. Pero el pensamiento no le dolió como antes. Ahora, ver a Mauro con Julieta la excitaba. La llenaba de una vergüenza ardiente que le mojaba la bombacha. Se llevó una mano a la boca para no gemir. No quería que la descubrieran. Quería mirar un poco más.
Adentro, Mauro cambió de posición. Puso a Julieta en cuatro patas, la agarró de las caderas, y la volvió a penetrar desde atrás. Julieta enterró la cara en la almohada para ahogar los gritos, pero igual se escuchaban, sordos, desgarradores. Mauro la nalgueó. Una vez. Otra. Otra más. Al ritmo de las embestidas. Y Julieta, en lugar de quejarse, arqueó más la espalda, ofreciéndole más.
—Sos una perrita igual que tu madre —dijo Mauro, con la voz entrecortada por el esfuerzo—. Las dos iguales. Las dos putas.
Johana, desde el pasillo, escuchó esas palabras y en lugar de ofenderse, sintió un orgullo oscuro. "Somos sus putas", pensó. "Las dos. Las tres, pronto". Y la idea la hizo estremecerse de pies a cabeza.
Julieta llegó al orgasmo con un gemido largo, ahogado en la almohada. Su cuerpo se sacudió en espasmos violentos, las piernas le temblaron, y Mauro sintió cómo se apretaba alrededor de él. Esperó unos segundos, dejando que el orgasmo de ella pasara, y después siguió embistiendo. Más fuerte. Más rápido. Hasta que él mismo sintió que llegaba.
—Voy a llenarte de leche, perrita —gruñó—. Toda. Toda adentro.
Julieta no dijo nada. Solo apretó las sábanas con los puños y esperó. Mauro se vino con un rugido grave, enterrado hasta el fondo, y se quedó quieto, jadeando, apoyado sobre la espalda de ella.
Johana, desde el pasillo, se apartó de la puerta. Tenía las piernas temblorosas, la bombacha empapada, el corazón latiéndole en la garganta. Volvió a bajar las escaleras en puntas de hollín, se sentó en la mesa llena de platos sucios, y se quedó mirando la nada. Sabía que Mauro no iba a bajar. Sabía que esa noche iba a dormir en el cuarto de Julieta. Sabía que a partir de ahora, ella ya no era la única.
Y en lugar de sentir celos, sintió una paz extraña. Una paz de rendición. De haber dejado de pelear.
Arriba, Mauro se retiró de Julieta y se dejó caer a su lado en la cama. Ambos jadeaban, sudorosos, pegajosos, agotados. Julieta no podía moverse. Tenía los ojos cerrados, la respiración entrecortada, el cuerpo brillando de sudor. Mauro la miró de costado, le acarició el cabello rubio, y ella no lo apartó.
—Voy a dormir acá —dijo Mauro. No era una pregunta.
Julieta abrió los ojos. Quiso decir que no, que se fuera, que ese era su cuarto y su cama. Pero las palabras no salieron. En lugar de eso, se giró hacia la pared y se acurrucó, dándole la espalda. Mauro se acercó, la abrazó por detrás, apoyó su panza gorda contra la espalda de ella, y cerró los ojos.
—Buenas noches, perrita —murmuró.
Julieta no respondió. Pero no se apartó. Y mientras sentía el calor de su cuerpo contra el suyo, mientras sentía su respiración tranquila acariciándole la nuca, pensó en todo y en nada al mismo tiempo.
"Lo odio", se dijo. "Lo odio por hacerme esto. Por hacerme sentir que lo necesito. Por hacerme suya contra mi voluntad".
Pero mientras lo pensaba, su mano buscó la de él, que descansaba sobre su vientre, y entrelazó sus dedos con los suyos. Y se quedó dormida así, odiándolo, deseándolo, siendo suya.
Mauro, antes de dormirse, sonrió en la oscuridad. Sabía que Julieta aún no estaba del todo domada. Todavía había resistencia en ella, todavía había orgullo, todavía había esas frases de "no quiero" que su cuerpo desmentía. Pero estaba cerca. Muy cerca. Un par de noches más, y sería completamente suya.
Entonces, podría concentrarse en Martina.
La más joven. La más rebelde. La que se había quedado contra la pared, con el moño en el cabello y la falda a cuadros, sintiendo una humedad que no entendía. Martina iba a ser la más difícil, quizás. O quizás la más fácil. Porque los que se creen fuertes son los que más rápido se quiebran cuando encuentran a alguien más fuerte.
Mauro cerró los ojos, imaginando la cara de Martina cuando él la había nalgueado. La sorpresa. La confusión. Ese brillo húmedo que le había aparecido en los ojos marrones.
"Pronto", pensó. "Muy pronto".
Y se durmió con una sonrisa en los labios.
Continuara...

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