El sol del sábado entraba por la ventana de la cocina como un perezoso amarillo, calentando las baldosas blancas y dibujando sombras alargadas en el piso. La casa estaba en silencio. Un silencio nuevo, distinto al de antes. Ya no era el silencio de la viudez, de la tristeza, de las deudas. Era el silencio de la rendición. El silencio de las mujeres que aún dormían arriba, agotadas por semanas de tensión, de miedo, de deseo.
Johana estaba sentada en la mesa de la cocina, con el mate en la mano, mirando el vapor que se elevaba desde el termo. Llevaba puesto un camisón corto de satén rosa, viejo, desgastado por los años, que se le subía cada vez que cruzaba las piernas. No se había puesto corpiño. Sus pechos grandes se movían libres bajo la tela fina, y ella lo sabía. Ya no le importaba.
Mauro estaba sentado frente a ella, con el torso desnudo y un jogging gris. Su panza gorda descansaba sobre la cintura del pantalón, y el vello gris de su pecho brillaba con la luz de la mañana. Desayunaba despacio, mordiendo una factura, bebiendo mate, mirando a Johana con una tranquilidad que ya era costumbre.
—¿Dormiste bien, putita? —preguntó, con la voz ronca del despertar.
—Sí —respondió Johana, bajando la mirada—. Dormí bien.
Era mentira. Había dormido mal, dando vueltas en la cama, sintiendo el lugar vacío que Mauro había dejado. Porque Mauro había dormido en el cuarto de Julieta. aunque le dolía, también la excitaba. La idea de su hija en los brazos de Mauro, de su hija gimiendo como ella gemía, de su hija siendo suya. Era retorcido. Era enfermo. Era todo lo que ella nunca había imaginado sentir. Y sin embargo, lo sentía.
Mauro terminó su factura, se limpió las manos en el jogging, y la miró fijo.
—Haceme un pete.
No fue una pregunta. No fue una sugerencia. Fue una orden. Dichosa con la misma naturalidad con la que se pide un vaso de agua.
Johana levantó la vista. Sus ojos verdes se encontraron con los negros de él. No dijo nada. No hizo falta. Se levantó de la silla, caminó alrededor de la mesa, y se arrodilló frente a él. El piso de baldosas estaba frío bajo sus rodillas desnudas. El camisón de satén se le subió hasta la cintura, dejando al descubierto sus nalgas morenas y redondas. Mauro las miró un segundo, sonrió, y luego bajó la vista hacia ella.
Johana desabrochó el jogging con manos lentas, seguras. metió la mano, y sacó el miembro de Mauro. Ya estaba duro. Grande. La cabeza roja brillaba con una gota de líquido transparente en la punta. Johana lo miró un momento, con una mezcla de deseo y sumisión que ya conocía bien. Después, sin apuro, acercó los labios y besó la punta.
El beso fue suave, apenas un roce. La lengua asomó después, lamiendo esa gota brillante, saboreándola. Mauro dejó escapar un suspiro y apoyó una mano en la cabeza de Johana, sin apretar, solo posándola ahí. Un gesto de propiedad.
Johana abrió la boca y comenzó a chupar despacio. La cabeza del miembro entró primero, tibia, pesada. Sus labios la rodearon, apretando apenas, mientras su lengua jugaba alrededor haciendo círculos lentos. Mauro movió las caderas hacia adelante, metiendo un poco más, y Johana se lo permitió. Cerró los ojos y se concentró en la tarea. En el sabor salado. En el olor a hombre recién despertado. En el peso de esa carne caliente en su boca.
Pasó la lengua por todo el tronco, de arriba abajo, mientras una mano masajeaba los testículos. Los acarició con suavidad, los apretó apenas, los sintió pesados y llenos. Mauro gimió, un gemido bajo, y su mano apretó el cabello de Johana con más fuerza.
—Así —dijo—. Así me gusta, putita.
Johana volvió a la cabeza. La chupó con más intensidad ahora, moviendo la cabeza arriba y abajo, sintiendo cómo ese miembro se humedecía con su saliva. Mauro metió una mano por el escote del camisón y le agarró un pecho. Grande, moreno, pesado. Lo apretó con fuerza, amasándolo como si fuera masa, mientras ella seguía chupando. El pezón de Johana se endureció entre los dedos de él, y ella gimió con la boca llena.
Ese gemido vibró en el miembro de Mauro y lo hizo estremecerse.
—Mirarme —ordenó.
Johana abrió los ojos. Lo miró desde abajo, con los labios hinchados alrededor de su miembro, las mejillas hundidas por la succión, los ojos verdes brillantes y vidriosos. Mauro la miró fijo mientras ella seguía chupando, despacio, profundo, metiéndosela hasta el fondo de la garganta. Sintió cómo la cabeza rozaba la pared de su garganta, cómo ella tragaba saliva para acomodarlo mejor, y eso lo llevó al borde.
—Me voy a venir —dijo, con la voz ronca—. Trágate todo.
Johana asintió con la cabeza, sin dejar de chupar. Mauro apretó su pecho con más fuerza, casi clavándole las uñas, y con un gemido grave, se vino. El chorro caliente llenó la boca de Johana. Ella sintió el sabor espeso, salado, intenso, y tragó. Tragó todo. Sin dejar de mirarlo a los ojos. Sin dejar de chupar, succionando hasta la última gota, lamiendo la cabeza limpia como si fuera un caramelo.
Cuando terminó, se limpió los labios con el dorso de la mano y sonrió. Una sonrisa sumisa, feliz, de perra bien entrenada.
—Bien —dijo Mauro, acariciándole el cabello—. Ahora andá a cambiarte. Tengo planes con Martina.
Johana se puso de pie. Sus piernas temblaban un poco. El camisón de satén estaba arrugado, subido hasta la cintura, y entre sus piernas sentía una humedad que no había podido evitar. Se ajustó la tela, se alisó el cabello, y caminó hacia la puerta de la cocina.
—Mauro —dijo, deteniéndose en el marco—. No la lastimes. Por favor.
—Nunca lastimo lo que es mío —respondió él, y la frase sonó a promesa y a amenaza al mismo tiempo.
Johana asintió y se fue.
Arriba, Martina se despertó con el sol en la cara. Abrió los ojos despacio, estiró los brazos por encima de la cabeza, y se quedó un momento mirando el techo. Su cuarto olía a ella, a su perfume barato, a la ropa nueva que aún no había guardado. Tenía las bolsas del shopping apiladas en una esquina, esperando ser vaciadas.
"Es sábado", pensó. "No hay facultad. Puedo dormir hasta tarde". Pero algo la sacó de la cama. Una energía nueva. Una curiosidad.
Se levantó, se puso un short de jean y un top blanco sin mangas, y bajó las escaleras descalza. En la cocina, encontró a Mauro solo, tomando mate, con el torso desnudo y el jogging gris. El sol le marcaba las sombras de la panza gorda, el pecho velludo, los brazos fuertes. Martina se detuvo en la puerta, apoyó un hombro en el marco, y sonrió.
—Buen día —dijo, con una voz más suave de lo que pretendía.
—Buen día, muñeca —respondió Mauro, levantando la vista—. Dormíste bien?
—Sí. ¿Y vos?
—Mejor que bien. Haceme un mate, nena.
Martina entró, agarró la pava, y se sentó frente a él. Cebó el mate con movimientos lentos, aprendidos de mirar a su madre toda la vida. Mauro la observaba en silencio, con esa mirada que a ella le ponía la piel de gallina. No era una mirada de viejo verde. Era una mirada de dueño. Y a Martina, para su propia sorpresa, le gustaba.
—¿Vamos al shopping hoy? —preguntó Martina, mientras le alcanzaba el mate.
—Sí. A eso iba. Vestite linda. Pero no te apures, tenemos todo el día.
Martina sonrió. Una sonrisa amplia, genuina, que le iluminó la cara. Hacía meses que no se sentía así. Hacía meses que alguien no la miraba como si fuera importante.
—¿Te gustó la ropa que me compré la otra vez? —preguntó, jugando con el borde del top.
—Me encantó. Pero hoy vamos a comprar más. Y no solo ropa de calle.
Martina inclinó la cabeza, curiosa.
—¿Qué más?
Mauro la miró a los ojos. No dijo nada. Solo sonrió, y esa sonrisa le respondió todo. Martina sintió un calor extraño en el bajo vientre, una humedad que no entendía del todo. Se levantó de la silla con un movimiento brusco.
—Me voy a cambiar —dijo, y salió de la cocina casi corriendo.
Arriba, frente al placard, se quedó mirando la ropa nueva. La blusa blanca ajustada, la falda corta a cuadros, las medias largas, los zapatos oscuros. El moño para el cabello. Eso había usado la última vez, y a Mauro le había gustado. Pero hoy quería algo diferente. Algo que él no hubiera visto.
Se probó un vestido azul marino, corto, escotado en la espalda. Se miró al espejo. Le quedaba bien. Muy bien. Mostraba sus piernas largas y morenas, sus hombros desnudos, el inicio de sus pequeños pechos redondos. Se calzó unas sandalias de taco bajo, se ató el cabello negro en una cola alta, y bajó las escaleras con el corazón latiéndole fuerte.
Mauro la esperaba en la puerta, con las llaves del auto en la mano. La miró de arriba abajo, despacio, y asintió.
—Esa muñeca sí que es linda —dijo.
Martina sonrió, bajó la mirada, y lo siguió al auto.
El auto de Mauro era una camioneta negra, grande, con olor a cuero y a dinero. Martina se subió al asiento del acompañante, se ajustó el cinturón, y miró por la ventana mientras Mauro manejaba. La ciudad pasaba detrás del vidrio como una película en cámara lenta.
—¿Estás contenta, muñeca? —preguntó Mauro, sin apartar la vista del camino.
—Sí. Muy contenta —respondió ella, y era verdad. Pero había algo más. Algo que le pesaba en el pecho desde hacía semanas, desde antes de que Mauro apareciera en su vida. Algo que no se animaba a decirle a nadie.
Mauro puso una mano sobre su pierna. Sobre el muslo desnudo, donde el vestido azul terminaba. La mano era grande, caliente, pesada. Martina sintió cómo se le erizaba la piel, cómo se le aceleraba el corazón.
—¿Qué te pasa, nena? —preguntó Mauro, con una voz que sonaba a preocupación, pero que en el fondo era otra cosa—. Estás rara. ¿Pasó algo?
Martina bajó la mirada. Jugó con el borde del vestido, nerviosa.
—Mis amigas... las del colegio, las de la facultad... me tratan mal —dijo, con la voz quebrada—. No sé por qué. Siempre fui buena con ellas. Les prestaba plata, las invitaba a comer, las escuchaba cuando tenían problemas. Pero después se ríen de mí a mis espaldas. Una vez las escuché. Dijeron que me aguantan porque pago todo.
El silencio se llenó de la confesión. Martina sentía las lágrimas apretando detrás de los ojos, pero no quería llorar. No quería parecer débil.
Mauro apretó su pierna con más fuerza. La mano subió un poco, apenas un centímetro, rozando el borde de la bombacha.
—No son tus amigas, muñeca —dijo Mauro, con una calma que sonaba a certeza absoluta—. Las amigas de verdad no te usan. Las amigas de verdad te cuidan. Te quieren. Ellas te envidian.
—¿Envidiar? ¿Por qué me envidiarían? —preguntó Martina, levantando la vista.
—Porque sos la más linda, muñeca. Porque tenés un corazón puro. Y eso, en esta vida, duele. Duele porque los demás no lo tienen. Pero no dejes que te lastimen. Vos sos más que ellas. Mucho más.
Las lágrimas que Martina había estado conteniendo se desbordaron. Rodaron silenciosas por sus mejillas morenas, mojándole el cuello, manchándole el vestido azul. Mauro estacionó la camioneta en la costa de un camino de tierra, antes de llegar al shopping. Apagó el motor, se giró hacia ella, y con la punta de los dedos le secó una lágrima.
—No llores, muñeca —susurró—. Las lágrimas te quedan lindas, pero no me gusta verte triste.
Martina lo miró. Sus ojos marrones, brillantes de llanto, se encontraron con los negros de él. Y entonces Mauro la besó.
No fue un beso suave. No fue un beso paternal. Fue un beso de hombre a mujer, con lengua, con intención, con hambre. Martina cerró los ojos y se dejó besar. Su boca se abrió para recibirlo, su lengua encontró la de él, y por un momento se olvidó de todo. De sus amigas falsas, de su padre muerto, de su madre confundida, de su hermana rara. Solo existía la boca de Mauro, caliente, húmeda, dueña.
Cuando separaron los labios, Martina estaba agitada, con los pezones duros bajo el vestido, con una humedad caliente entre las piernas que la avergonzaba y la excitaba al mismo tiempo.
—Vamos —dijo Mauro, arrancando la camioneta—. Tenemos mucho que comprar.
El shopping estaba lleno de gente, pero Martina no veía a nadie. Solo veía a Mauro. Lo seguía por los pasillos iluminados, mirando las vidrieras, dejando que él eligiera las tiendas. Mauro entraba a los locales de ropa como si fuera dueño de todo. Señalaba, pedía, ordenaba. Y Martina probaba.
El primer vestido era corto, rojo, de tela líquida que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Martina salió del probador y se paró frente a Mauro con los brazos abiertos.
—¿Te gusta? —preguntó.
—Girate —ordenó Mauro.
Martina giró, lenta, como una modelo en una pasarela. El vestido se le subía apenas, dejando ver la parte baja de sus nalgas. Mauro la miró de atrás, sonrió, y asintió.
—Llevátelo.
Fueron pasando de tienda en tienda. Vestidos cada vez más cortos, faldas que apenas cubrían lo necesario, polleras tableadas que se levantaban con el mínimo movimiento. Y después, ropa interior. Mauro eligió todo. Conjuntos de encaje negro, rojo, blanco. Tangas diminutas, corpiños sin relleno que apenas sostenían. Lencería provocativa, de esas que se usan para que te las saquen.
Martina probaba cada prenda y salía a mostrársela. Mauro la miraba con esos ojos negros de lobo, a veces asintiendo, a veces negando, a veces sonriendo. Ella posaba para él como si fuera su modelo, girando, arqueando la espalda, jugando con el cabello. Disfrutaba cada segundo. Cada mirada de él sobre su cuerpo. Cada vez que él decía "ese" y ella sabía que se lo llevaba.
En una de las tiendas de lencería, Martina se probó un conjunto de encaje blanco: el corpiño era diminuto, apenas dos triángulos de tela sobre sus pechos pequeños, y la tanga era un hilo que se perdía entre sus nalgas. Salió del probador y se paró frente a Mauro. La dependienta, una mujer de unos cuarenta años, los miró con una mezcla de incomodidad y morbo, pero no dijo nada. Mauro ni la registraba.
—Así me gusta —dijo Mauro, recorriéndola con la mirada—. Parecés una muñeca de porcelana. Pero una muñeca que sabe lo que quiere.
Martina sonrió. No sabía bien lo que quería. Pero en ese momento, quería que Mauro la siguiera mirando así.
Almorzaron en un restaurante italiano, en una mesa al fondo, apartada del ruido. Mauro pidió vino tinto, y Martina también, aunque era la primera vez que tomaba vino al mediodía. Las copas chocaban, el tinto manchaba sus labios, y Mauro la miraba por encima de la mesa como un depredador que observa a su presa.
—Comé tranquila —decía Mauro—. No tengas vergüenza.
Martina comía, pero no podía dejar de mirarlo. Cada gesto de él, cada movimiento de sus manos grandes, cada vez que él humedecía sus labios con la lengua, le enviaban un mensaje directo a su entrepierna. No entendía qué le pasaba. Nunca se había sentido así con nadie.
—¿Por qué me tratás tan bien, Mauro? —preguntó Martina, en un momento de silencio.
—Porque te merecés que te traten bien —respondió él, sencillo—. Y porque sos mía.
La frase cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Martina sintió un vuelco en el estómago. No dijo nada. Solo bajó la mirada y siguió comiendo. Pero las palabras de Mauro resonaban en su cabeza una y otra vez. "Sos mía". Y ella, en lugar de sentirse ofendida o asustada, sintió una paz extraña. Una paz de rendición.
Después del almuerzo, Mauro la llevó a otra tienda. Compró más. Y más. Y más. Las bolsas se acumulaban en el asiento de atrás de la camioneta como trofeos de guerra. Pero Martina notó que Mauro no se apuraba. Maneja despacio, tomó el camino más largo, se desvió por calles que no llevaban a ningún lado.
—¿Nos perdimos? —preguntó Martina, mirando por la ventana.
—No —respondió Mauro, con una sonrisa—. Vamos a un lugar especial.
La camioneta tomó una salida hacia la ruta, luego un desvío de tierra, y finalmente un cartel luminoso anunció lo que Martina no había querido ver: un motel. Las lucecitas rojas del cartel parpadeaban en la tarde gris. El corazón de Martina se le subió a la garganta.
—Mauro... —dijo, con un hilo de voz.
—No tengas miedo, muñeca —dijo él, estacionando la camioneta en una cochera privada, techada, con una puerta automática que se cerró detrás de ellos—. Acá nadie te va a hacer daño.
Martina quería decir algo, quería preguntar por qué, quería pedirle que diera la vuelta. Pero las palabras no salían. En lugar de eso, sus manos temblaban sobre el regazo, y entre sus piernas, ese calor insoportable crecía y crecía.
Bajaron de la camioneta. La habitación del motel era pequeña pero limpia. Una cama redonda con sábanas de satén rojo, una luz tenue en la pared, una cortina que tapaba la ventana que daba al fondo. Olía a limpio, a jabón barato, a algo más. Martina se quedó parada en el medio de la habitación, con las bolsas de compras colgando de sus manos, sin saber qué hacer.
Mauro le sacó las bolsas suavemente, las dejó en una silla, y se paró frente a ella.
—Sabés por qué vinimos acá, ¿no? —preguntó.
Martina asintió. No podía hablar.
Mauro levantó una mano y le acarició la mejilla. Después bajó por su cuello, por sus hombros, hasta el borde del vestido azul. Le bajó los tirantes, despacio, dejando al descubierto sus hombros morenos. Martina cerró los ojos. Sentía la respiración de Mauro cerca, sentía el calor de su cuerpo, sentía el miedo y el deseo mezclados en un cóctel que le ardía en la sangre.
—Abrí los ojos, muñeca —dijo Mauro—. Quiero que me mires.
Martina abrió los ojos. Mauro la miraba con una intensidad que la desarmaba. Siguió bajando el vestido, despacio, centímetro a centímetro, hasta que la tela azul cayó a sus pies. Martina quedó en corpiño y tanga. Un conjunto de algodón blanco, sencillo, casi inocente.
—Sos hermosa —dijo Mauro, y era verdad.
Le desabrochó el corpiño por detrás, lo dejó caer. Sus pechos pequeños, redondos, morenos, se liberaron. Los pezones ya estaban duros, oscuros, apuntando hacia él. Mauro los miró un momento, y luego bajó la cabeza.
Su lengua encontró el pezón izquierdo. Lo lamió despacio, en círculos suaves, mientras su mano jugaba con el derecho. Martina sintió una descarga eléctrica que le recorrió la espalda y se concentró en su entrepierna. Gimió bajito, sin querer, y sus manos se aferraron a los hombros de Mauro.
Él siguió lamiendo, chupando, mordiendo suavemente. Pasó de un pezón al otro, sin apuro, disfrutando cada gemido que ella apenas susurraba. Después bajó, con la lengua, por el centro de su pecho, por su vientre liso, hasta llegar al borde de la tanga blanca.
—Vamos a sacarte esto —murmuró, y deslizó la tanga por sus piernas.
Martina quedó completamente desnuda. Desnuda frente a Mauro, en el medio de una habitación de motel, con el corazón latiéndole tan fuerte que creía que se le iba a salir del pecho.
—Acostate —ordenó Mauro, con una voz grave.
Martina obedeció. Se acostó en la cama redonda, sobre las sábanas de satén rojo. Mauro se desvistió rápido, sin vueltas: la camisa, el pantalón, la bragueta. Su miembro erecto saltó libre, grande, rojo. Martina lo miró y sintió miedo. Pero también curiosidad. También deseo.
Mauro se acostó a su lado, apoyó un codo en la cama, y comenzó a recorrer su cuerpo con la lengua. Desde el cuello, bajando por los pechos, por el vientre, por las caderas. Lamió la parte interna de sus muslos, despacio, haciendo que ella se retorciera de placer. Llegó a su entrepierna, y ella contuvo la respiración. Pero él no la lamió ahí. Pasó de largo, bajó por sus piernas, llegó a sus pies, y subió otra vez. Era una tortura. Una delicia.
—Mauro... —susurró Martina, sin saber qué pedir.
—¿Qué querés, muñeca? —preguntó él, con la voz ronca.
—No sé... no sé...
—Vos sabés. Decilo.
Martina cerró los ojos. Las palabras salieron solas, en un susurro tembloroso:
—Soy virgen.
El silencio se hizo profundo. Mauro levantó la cabeza y la miró. Sus ojos negros se abrieron apenas, en un gesto de sorpresa que no era del todo fingido. Sabía que Martina era virgen. Las cámaras, los micrófonos, las conversaciones intervenidas se lo habían dicho. Pero escucharlo de su boca, en ese momento, en esa habitación, era otra cosa.
—No voy a lastimarte —dijo Mauro, con una calma absoluta—. Te lo prometo.
Se puso sobre ella, apoyó su peso en los antebrazos, y la besó. Otro beso profundo, húmedo, que la sumergió en un mar de sensaciones. Mientras la besaba, guió su miembro hacia la entrada de ella. Rozó apenas, mojándolo con su humedad. Martina estaba empapada. Más de lo que nunca había estado.
—¿Lista? —preguntó Mauro, separando sus labios.
—Sí —susurró ella.
Entró. Despacio. Centímetro a centímetro. Martina sintió cómo su cuerpo se abría para recibirlo, cómo una presión extraña se convertía en un dolor agudo, y luego el dolor pasaba y quedaba solo la sensación de estar llena. Completamente llena.
—¿Duele? —preguntó Mauro, deteniéndose.
—Un poco —respondió Martina, con los ojos llorosos—. Pero no pares.
Mauro siguió entrando, hasta que estuvo completamente adentro. Se quedó quieto un momento, dejando que ella se acostumbrara a su tamaño. Martina sentía cada latido de él dentro de ella. Era una sensación abrumadora, nueva, intensa.
Él comenzó a moverse. Despacio al principio, movimientos suaves, cortos. Martina arqueó la espalda, buscando más, y él se lo dio. Subió las piernas de ella a sus hombros, cambiando el ángulo, penetrándola más profundo. Martina gimió. Era un gemido bajo, sorprendido, que se escapó de su garganta sin permiso.
Mauro la besó mientras seguía moviéndose. Mordía sus labios, su lengua, mientras sus caderas hacían círculos lentos. Después bajó la cabeza y mordió sus pezones. Suavemente primero, después con más fuerza. Martina sintió cómo el placer crecía dentro de ella, cómo se acumulaba en una ola que no sabía si quería detener o dejar que la arrasara.
Y entonces llegó. El orgasmo la golpeó como un tren, sacudiéndola entera, haciendo que sus piernas temblaran y sus manos se aferraran a la espalda de Mauro.
—¡Mauro! —gritó, sin poder contenerse—. ¡Mauro, aaah!
Él no paró. Siguió moviéndose, ahora más rápido, más fuerte. Los testículos le golpeaban el cuerpo al ritmo de las embestidas, y el ruido de piel contra piel llenaba la habitación. Martina estaba perdida. No sabía dónde terminaba ella y dónde empezaba él.
—Date vuelta —ordenó Mauro, y ella obedeció sin pensar.
Quedó en cuatro patas, mirando la cabecera de la cama. Mauro la agarró de las caderas y la penetró desde atrás. Martina enterró la cara en la almohada y gimió. Mauro la nalgueó. Una vez. Otra. Otra más. Las nalgadas ardían, pero se mezclaban con el placer de otra manera que la volvía loca.
—¿Quién sos? —preguntó Mauro, sin dejar de embestir.
—Tuya —respondió Martina, con la voz rota.
—¿De quién?
—Tuya, Mauro. Soy tuya.
El segundo orgasmo llegó más rápido que el primero. Martina tembló entera, gimiendo contra la almohada, apretando las sábanas con los puños. Mauro sintió cómo se apretaba alrededor de él, y eso lo llevó al borde. Con tres embestidas más, profundas, brutales, se vino adentro.
El chorro caliente inundó a Martina, y ella sintió cómo ese calor se esparcía por su interior, llenándola, marcándola. Mauro se quedó quieto un momento, jadeando, apoyado sobre su espalda. Luego se retiró, despacio, y se dejó caer a su lado.
La habitación quedó en silencio. Solo se escuchaban las respiraciones agitadas de los dos. Martina estaba boca abajo, con los ojos cerrados, el cuerpo moreno brillando de sudor. Mauro la miró: su cabello negro desparramado sobre la almohada roja, su espalda desnuda, las marcas de sus manos en sus caderas, las nalgadas rojas en sus nalgas. Se veía hermosa. Rota. Suya.
—Muñeca —dijo Mauro, acariciándole la espalda—. Sos una muñeca perfecta. Mi muñeca. Desde ahora, te voy a llamar así.
Martina abrió los ojos. Lo miró por encima del hombro y sonrió. Una sonrisa cansada, feliz, entregada.
—Tu muñeca —repitió, como si estuviera probando las palabras—. Me gusta.
Mauro la atrajo hacia él y la abrazó. Martina apoyó la cabeza en su pecho velludo, escuchó los latidos de su corazón, y cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no se sentía sola.
Llegaron a la casa cuando el sol ya se estaba poniendo. Martina entró con los brazos llenos de bolsas, la cara encendida, el cabello desprolijo, una felicidad extraña brillando en sus ojos marrones. Johana la vio cruzar el living y supo. No necesitaba que le dijeran nada. Una madre siempre sabe.
—¿Todo bien, nena? —preguntó Johana, con una voz quebrada.
—Todo bien, má. Mauro fue un amor. Me compró todo esto —respondió Martina, y subió las escaleras sin mirar atrás.
Pero Johana la miró. Vio cómo caminaba, distinto. Más mujer. Menos nena. Y supo.
Mauro entró detrás, con las últimas bolsas. La miró, sonrió, y le dijo en voz baja, apenas un susurro:
—Tu hija ya no es virgen.
Johana cerró los ojos. Sintió el golpe en el pecho, el dolor, la excitación, la vergüenza. Todo mezclado.
—Sos un hijo de puta —dijo, sin odio.
—Sí —respondió Mauro—. Pero soy su hijo de puta. De las tres.
Y subió las escaleras, dejando a Johana sola en el living, con las cortinas abiertas y la noche entrando por la ventana.
La noche cayó pesada sobre la casa. Martina se había encerrado en su cuarto. Julieta también. Mauro y Johana estaban en la cama de ella, en la planta baja, con las sábanas revueltas y los cuerpos entrelazados. Ya habían cogido dos veces. Johana estaba rendida, agotada, pero Mauro no la dejaba dormir.
—¿Estás contento? —preguntó Johana, con la voz arrastrada por el sueño.
—Sí —respondió Mauro, mirando el techo—. Martina es mía ahora. Pero todavía no estoy seguro.
—¿De qué?
—De que sea completamente mía. Tampoco Julieta lo es del todo. Las dos tienen todavía algo de resistencia. Algo que se les escapa.
Johana se incorporó sobre un codo y lo miró. Sus ojos verdes brillaban en la penumbra.
—¿Qué vas a hacer?
Mauro sonrió. Esa sonrisa de lobo que Johana ya conocía.
—Mañana voy a terminar lo que empecé. Tengo un plan. Un plan para que las dos sean mías para siempre. Pero ahora no quiero pensar en eso. Ahora quiero cogerte a vos.
—Estoy cansada —dijo Johana, pero ya estaba abriendo las piernas.
Mauro se puso sobre ella. La besó en la boca, en el cuello, en los pechos. Y mientras la penetraba, despacio, Johana cerró los ojos y se dejó llevar. Afuera, la noche seguía cayendo. Adentro, las sábanas seguían ardiendo.
Y en el cuarto de arriba, Julieta miraba el techo sin poder dormir. Escuchaba los gemidos de su madre a través del piso, y se tocaba. Lenta, casi sin ganas, pero se tocaba. Porque ya no podía evitarlo. Y en el cuarto de al lado, Martina dormía vestida con el conjunto de encaje blanco que Mauro le había comprado, abrazada a una almohada, soñando con manos grandes que la recorrían entera.
Mañana iba a ser otro día. Mauro lo había dicho. Mañana, todo iba a cambiar.
Pero esa noche, las tres mujeres eran suyas.
Y él sonreía en la oscuridad.
Continuara...

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