El Vecino — Parte 2 - Te morís de ganas

 


Esa tarde, después de lo ocurrido, Johana no podía encontrar paz. El sol se colaba por las persianas de la cocina mientras ella lavaba los mates en silencio, y su cabeza era un campo de batalla. Por un lado, la culpa le carcomía las entrañas. Había sido infiel. No había pasado ni tres meses desde que Hernán había muerto y ya se había entregado a otro hombre. Y no a cualquiera: a Mauro, el vecino, el que les había tendido una mano cuando más lo necesitaban. "Sos una cualquiera", se repetía a sí misma mientras frotaba el vidrio del mate con una esponja. "Te dejaste llevar como una perra en celo. Hernán debe estar mirándote desde el cielo con vergüenza". 


Pero al mismo tiempo, en el otro platillo de la balanza, estaba la felicidad. Una felicidad sucia, prohibida, que la avergonzaba reconocer. Mauro, antes de irse, le había depositado una cifra que ella jamás imaginó ver en su cuenta. Dólares, muchos dólares. Suficiente para pagar el cuatrimestre entero de la universidad de Julieta y Martina, y para llenar la heladera por lo menos un mes. Dos meses si se administraba bien. Cuando revisó el saldo desde el celular, con los dedos temblando, sintió que el corazón se le iba a salir del pecho. "Con esto puedo respirar", pensó. "Puedo dormir tranquila esta noche sabiendo que las chicas no van a pasar hambre". 


Esas dos fuerzas —la culpa y la gratitud, la vergüenza y la necesidad— luchaban dentro de ella como dos animales encerrados en una jaula. Se secó las manos en el repasador y suspiró. No había tiempo para hacerse la cabeza. En cualquier momento llegaba Julieta. 


Y sí, apenas pasaron veinte minutos cuando la puerta principal se abrió y la voz de su hija mayor llenó el pasillo. 


—¡Má, llegué! —dijo Julieta, dejando caer la mochila en el piso de la entrada. 


—Pasá a la cocina, nena —respondió Johana, forzando una normalidad que no sentía. 


Julieta apareció en el marco de la puerta y Johana no pudo evitar sonreír, a pesar de todo. Su hija mayor era una belleza distinta a la suya. Hernán, el padre, había sido rubio, de ojos azules como el cielo de enero, y Julieta había heredado esos rasgos. Su cabello era rubio claro, casi dorado, largo hasta la mitad de la espalda, con ondas naturales que le daban un aire despreocupado. Sus ojos, de un azul profundo, contrastaban con su piel ligeramente tostada por el sol. Tenía veinte años, un cuerpo esbelto, pero con curvas generosas, caderas anchas como las de su madre y unos pechos grandes, redondos, que se adivinaban perfectos bajo la remera blanca ajustada que llevaba puesta. Heredó lo mejor de ambos mundos: la estructura de Johana y la coloración de Hernán. Era, sin dudas, una mujer que llamaba la atención donde pasaba. 


—¿Todo bien, má? Te veo rara —preguntó Julieta, mientras abría la heladera y sacaba una botella de agua. 


—Sí, nena, todo bien. Más que bien, mirá —dijo Johana, acercándole el celular con el saldo de la cuenta a la cara. 


Julieta dejó la botella en la mesa y agarró el teléfono. Sus ojos azules se abrieron como platos. Abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir. 


—¿Qué... qué es esto, má? ¿De dónde sacaste esta plata? —preguntó, con la voz quebrada entre la sorpresa y la desconfianza. 


Johana ya había preparado la mentira en su cabeza. La ensayó mientras lavaba los mates, palabra por palabra, para que sonara convincente. Miró a su hija a los ojos con la mejor de sus sonrisas y dijo: 


—Conseguí un laburo, nena. Por internet. Edito fotos para una página de afuera, me pagan en dólares. No es nada complicado, y puedo hacerlo desde casa mientras ustedes están en la facultad. 


Julieta la mirá fijo, procesando. Parpadeó un par de veces. 


—¿Editar fotos? ¿Vos? —preguntó, con una ceja levantada. 


—Sí, yo. Me enseñó Mauro, el vecino. Él sabe de esas cosas. Me dio una mano con el programa y con el contacto. Es un ángel ese hombre, Julieta. De verdad. 


—Ah, ¿Mauro? —el tono de Julieta cambió, se suavizó—. Bueno, si él te ayudó... parece buen tipo. Siempre está ahí cuando lo necesitamos, ¿no? 


—Sí, nena. Siempre. 


Hubo un silencio. Luego Julieta soltó el celular sobre la mesa, se tiró encima de su madre y la abrazó con todas sus fuerzas. Las dos empezaron a llorar al mismo tiempo. Lágrimas de alivio, de esperanza, de ese peso enorme que por fin se aliviaba un poco. Johana acarició el cabello rubio de su hija y cerró los ojos, sintiendo que, al menos por unos minutos, la culpa se disolvía en ese abrazo. 


—Te juro, má, que no sabés lo que sufro viéndote así, siempre preocupada —murmuró Julieta contra su hombro. 


—Ya pasó, nena. Ya pasó. Ahora vamos a salir adelante. Te lo prometo. 


Se separaron, secándose las lágrimas con las manos. Julieta sonrió, una sonrisa genuina, y agarró su botella de agua. 


—Bueno, me voy a mi cuarto a estudiar. Tengo un parcial la semana que viene. ¿Vos estás bien? 


—Sí, andá tranquila. 


Julieta salió de la cocina, subió las escaleras de dos en dos y se encerró en su habitación. Johana se quedó sola, mirando el reflejo del sol en la ventana, preguntándose cuánto tiempo más podría seguir mintiendo. 


Una hora después llegó Martina. Johana la sintió antes de verla: la puerta de calle se abrió de golpe, unos pasos pesados cruzaron el living, y otra puerta, la de su cuarto, se cerró con un portazo seco. Ni un "hola", ni un "llegué", ni un "cómo estás, má". Nada. 


Johana suspiró, apoyando la frente en la palma de su mano. Martina era su hija menor, la rebelde, la que siempre estaba enojada con el mundo. Tenía dieciocho años, recién cumplidos, y llevaba esa rebeldía como una bandera. Su aspecto físico era una mezcla explosiva: había heredado de su madre la piel morena y el cabello negro —largo, lacio, brillante—, pero los ojos no eran verdes como los de Johana sino de un marrón oscuro, casi negro, intensos y desafiantes. Era más alta que Julieta, más delgada también, con un cuerpo esbelto y juvenil, de piernas largas y cintura estrecha. Pero lo que más llamaba la atención era cómo se vestía: con la frescura y la osadía de los dieciocho. Esa tarde, por ejemplo, llevaba puesta un short de jean tan corto que apenas le cubría las nalgas, dejando al descubierto la mayor parte de sus muslos morenos y firmes. Arriba, un top blanco diminuto, sin mangas, que apenas contenía sus pechos pequeños pero perfectos, redondos como dos manzanas, y que dejaba ver una franja de vientre liso y tonificado. Mucha piel al descubierto. Demasiada, para el gusto de Johana. Pero ya había aprendido que decirle algo a Martina sobre su forma de vestir era como hablarle a una pared. 


La chica siempre había sido difícil, pero desde que murió su padre se había vuelto insoportable. Contestaba todo, se encerraba en su cuarto horas, no quería hablar con nadie. Johana sabía que era su forma de procesar el dolor, pero no sabía cómo llegar a ella. Cada intento terminaba en una discusión. Así que esa tarde, como tantas otras, decidió no insistir. "Ya va a bajar a cenar", pensó. "Ya va a tener hambre". Pero en el fondo le dolía, le dolía muchísimo, ver a su hija pequeña alejarse así. 


Lo que Johana no sabía era que toda esa escena —el llanto con Julieta, la mentira del trabajo, la tristeza por Martina— había sido vista y escuchada por Mauro. Desde su casa, sentado frente a una pantalla gigante llena de cuadrículas, Mauro observaba cada rincón de la casa de Johana con la tranquilidad de un espectador mirando su novela favorita. Había instalado las cámaras y los micrófonos hacía meses, con la excusa de arreglar una pérdida de agua y revisar las instalaciones eléctricas. Pequeñas lentecitas escondidas en los marcos de los cuadros, en los enchufes, en los detectores de humo. Micrófonos de alta sensibilidad detrás de las cortinas. Nunca nadie sospechó nada. Y ahora, él tenía acceso absoluto a la intimidad de esas tres mujeres. 


—Son necesarias para cuidarlas —se repetía a sí mismo cada vez que sentía un leve pinchazo de conciencia. Y en parte era verdad. Gracias a esas cámaras, Mauro sabía cosas que ni la propia madre sabía sobre sus hijas. 


Sabía, por ejemplo, que a pesar de que Julieta parecía una chica independiente y centrada, en las noches, cuando creía que nadie la escuchaba, se conectaba a aplicaciones de citas y hablaba con hombres mucho mayores que ella. No por amor, no por diversión. Julieta buscaba a alguien que le pudiera dar un futuro mejor. Un hombre con plata, con casa propia, con auto. Un hombre que la sacara de ese barrio humilde y la llevara a vivir a un departamento en Palermo o a una casa en un country. Mauro había leído todos sus chats, había escuchado todas sus conversaciones. Y sabía que, hasta ahora, ninguno de los tipos con los que hablaba le había servido. Eran pendejos de su edad que solo querían coger un rato y desaparecer, o tipos grandes que la trataban como un objeto. Julieta estaba harta de no encontrar lo que buscaba. 


Sabía también que Martina, la más joven, era rebelde solo en su casa. Porque el teléfono de Martina estaba intervenido desde hacía meses (Mauro había aprovechado una tarde que la chica dejó el celular cargando en la cocina para instalarle un spyware), y lo que veía ahí le rompía el corazón. Las amigas que Martina creía tener la trataban como el fondo del barril. Se reían de ella a sus espaldas, la invitaban a salir solo para tener a alguien que pagara las entradas o los tragos, y cuando no la necesitaban, la ignoraban por completo. Los mensajes de texto que Martina no veía eran crueles: "No le digamos que la juntada es en otro lado", "Mirá cómo se viste esa, parece una trola", "La aguantamos porque nos paga el remis". Martina se enojaba con su madre, con su hermana, con el mundo, porque descargaba afuera la bronca que le generaba esa falsa amistad. Pero adentro, en la intimidad de su cuarto, Mauro la había visto llorar desconsolada, abrazada a la almohada, repitiendo "¿por qué no me quieren?". 


Mauro tomaba nota de todo. Era un cazador paciente, meticuloso. Sabía que esa noche, después de lo que había pasado con Johana, era el momento de avanzar un casillero más. No quería apurar las cosas, pero tampoco quería darles tiempo a pensar. Las mujeres, cuando piensan demasiado, se llenan de dudas. Y las dudas matan la sumisión. 


Esperó. Esperó paciente, como el lobo que acecha desde la sombra. 


La noche cayó sobre el barrio como un manto pesado. Johana preparó la cena: unas milanesas con puré, la comida que siempre hacía cuando no tenía ganas de pensar. Las tres mujeres comieron en la mesa de la cocina, pero fue una cena silenciosa. Martina apenas probó bocado, mirando el celular todo el tiempo. Julieta intentó sacar charla, pero al ver que nadie le seguía el hilo, se rindió. Johana estaba en otro planeta, con la cabeza llena de imágenes de Mauro, de sus manos, de su voz ronca diciéndole "tu cuerpo sí necesita un hombre". Se sentía otra vez húmeda, otra vez caliente. Se odió un poco por eso. 


Después de cenar, cada una se fue a su cuarto. Johana se demoró en la cocina, lavando los platos, ordenando todo, ganando tiempo. Cuando por fin se sintió lista, apagó las luces y caminó hacia su habitación. Antes de entrar, se detuvo frente al espejo del pasillo y se miró. 


Se había puesto su mejor camisón. No era caro, pero era bonito: un camisón de satén negro, corto, que le llegaba hasta la mitad del muslo. El escote era pronunciado, mostrando el inicio generoso de sus pechos morenos. Era de tirantes finos, y la tela se pegaba a sus curvas como una segunda piel, marcando sus caderas anchas y la forma redonda de sus nalgas. Se había soltado el cabello negro, que le caía en ondas sobre los hombros desnudos. Se había perfumado, también. Y se odió por eso también. "Te estás arreglando para él", pensó con desprecio. "Sos una viuda reciente y te estás emperifollando para que el vecino te coja". Pero no pudo evitarlo. Su cuerpo mandaba, y su cuerpo quería más. 


Se metió en la cama, apagó la luz de la mesa de noche y se quedó mirando el techo a oscuras. El silencio era absoluto. Cerró los ojos y trató de dormir, pero no pudo. El recuerdo de Mauro embistiéndola era demasiado vívido. Sentía las manos de él apretándole las tetas, sentía su peso, sentía ese miembro duro que la había llenado como nadie antes. Sin darse cuenta, una mano comenzó a bajar por su vientre, deslizándose bajo el camisón de satén, buscando esa humedad que ya estaba ahí, esperando. 


Pero antes de que sus dedos llegaran a destino, el celular vibró sobre la mesa de noche. 


Johana lo agarró con el corazón latiéndole fuerte. Era Mauro. 


El mensaje decía: "Vecina, abrime la puerta de tu casa". 


Johana tragó saliva. Sus dedos temblaron al responder: "¿Para qué?". 


La respuesta llegó al instante. "Porque tu macho te necesita". 


Johana sintió un vuelco en el estómago. La indignación, la vergüenza, el deseo, todo se mezcló en un cóctel que le nubló el juicio. La primera reacción fue insultarlo. "¿Qué se cree este viejo gordo?", pensó. "¿Que soy su puta? ¿Que puede venir cuando se le cante el culo?". Ya tenía los dedos sobre el teclado para escribirle algo hiriente, algo que lo pusiera en su lugar, algo como "andate a la mierda, Mauro". Pero no lo escribió. 


Porque mientras analizaba la situación, mientras se debatía entre el orgullo y la necesidad, su cuerpo ya había tomado la decisión por ella. Sintió cómo sus piernas se movían solas, cómo sus pies descalzos tocaban el piso frío de la habitación, cómo se levantaba de la cama sin pensarlo. Caminó hacia la puerta de su cuarto, cruzó el pasillo en penumbras, llegó a la puerta de entrada y, sin hacer ruido, giró la llave y la dejó sin seguro. Abrió la puerta apenas unos centímetros, solo para que no estuviera cerrada con llave, y volvió a su habitación. 


"La puerta está abierta", le escribió. 


Mauro no respondió. Al minuto exacto, Johana escuchó el crujido de la puerta de calle al abrirse, y unos segundos después, el ruido sordo de la llave girando en la cerradura. Mauro había entrado y había cerrado con llave. Ahora estaban los dos solos, encerrados, en la casa. 


El corazón de Johana latía tan fuerte que parecía un tambor. Los pasos pesados de Mauro se acercaron por el pasillo. No caminaba con sigilo, caminaba como quien está en su propia casa. Seguro, dueño. Cuando llegó a la puerta del cuarto, Johana ya estaba sentada en el borde de la cama, con las manos sudorosas sobre las rodillas. 


Mauro entró y no perdió tiempo. Traía el pantalón de vestir ya desabrochado, y su miembro erecto sobresalía por la bragueta, gordo, largo, con la cabeza brillante y roja. Sin mediar palabra, se acercó a Johana, la agarró del cabello con una mano y le acercó la verga a la cara. Le rozó los labios con el glande, empapándolos de ese líquido claro y pegajoso que ya le chorreaba. La miró desde arriba, con esos ojos negros de lobo, y le preguntó con la voz ronca: 


—¿Te morís de ganas de comerme la verga? 


Johana no respondió con palabras. No podía. La respuesta ya estaba en sus labios, que se abrieron solos, que bajaron hasta besar la punta de ese miembro. Primero fue un besito tímido, apenas un roce de labios sobre el glande caliente. Luego otro. Después, sin poder contenerse, sacó la lengua y recorrió toda la cabeza, saboreando ese sabor salado y macho que la volvía loca. Mauro soltó un gemido grave, profundo, y apretó más fuerte el puñado de cabello negro. 


—Así me gusta, perra —murmuró. 


Johana siguió lamiendo, recorriendo con la lengua todo el tronco, desde la base hasta la punta, en lentas y húmedas pasadas. Después abrió bien la boca y se lo tragó. Lo sintió llegar hasta el fondo de su garganta, y por un momento pensó que se iba a atragantar, pero no le importó. Quería más. Quería todo. Comenzó a mover la cabeza arriba y abajo, chupando con fuerza, con un hambre que llevaba meses acumulándose. Los sonidos eran obscenos: succiones húmedas, gemidos ahogados, el "cloc cloc" de su boca alrededor de la verga de Mauro. 


Él, de pie, gemía como una fiera. Le soltó el cabello y se dejó hacer, disfrutando del espectáculo de esa mujer de treinta y cinco años, morena, hermosa, con su camisón de satén negro arrugado hasta la cintura, arrodillada en el piso chupándosela con una devoción que lo sorprendió. Johana le lamió los testículos también, los metió en la boca uno por uno, los acarició con la lengua mientras su mano seguía bombeando la verga. Después volvió a la cabeza, la rodeó con sus labios, y se la volvió a tragar entera, hasta la base, hasta que su nariz chocó contra el vello púbico canoso de Mauro. Se quedó así unos segundos, con los ojos llorosos, escuchando los jadeos de él. 


Mauro, mareado de placer, sintió que se iba a venir. La apartó de un tirón del cabello, con brusquedad, y la arrojó sobre la cama boca abajo. 


—No te voy a acabar adentro de esa boca, zorra. Quiero coger —gruñó. 


Mientras todo esto ocurría, Johana no se dio cuenta de que Mauro había dejado la puerta del cuarto entreabierta. Él lo había hecho a propósito. Una rendija de luz del pasillo se colaba por el marco, suficiente para que alguien que pasara por ahí pudiera ver lo que sucedía adentro. Mauro sabía que las chicas ya estaban en sus cuartos, pero también sabía que una de ellas, a esa hora, siempre bajaba a la cocina a buscar agua antes de dormir. Julieta. Todas las noches, entre las doce y la una, Julieta se levantaba, bajaba las escaleras en puntas de pie, y se servía un vaso de agua de la jarra que siempre dejaban en la mesada. Mauro lo había visto a través de las cámaras cientos de veces. Así que dejó la puerta abierta a propósito, esperando. 


Y funcionó. 


Julieta, efectivamente, sintió sed. Miró el celular: eran las doce y cuarto. Dejó el libro de estudio sobre su escritorio, se levantó de la cama con un short de algodón y una remera vieja, y salió de su habitación en penumbras. Bajó las escaleras con cuidado, para no hacer ruido y no despertar a nadie. Pero cuando llegó al pie de la escalera, vio una luz tenue que venía del cuarto de su madre. Y la puerta, entreabierta. Eso era extraño. Johana siempre dormía con la puerta cerrada, desde que murió su padre. "Raro", pensó Julieta, y en lugar de ir directo a la cocina, desvió apenas la mirada hacia la rendija. 


Y lo que vio la dejó petrificada. 


Ahí, en la cama de su madre, estaba Mauro. El vecino gordito y moreno de cincuenta años. Y estaba desnudo, con su enorme verga erecta, parado al borde de la cama. Y su madre, su propia madre, estaba en cuatro patas, de espaldas a él, con el camisón de satén negro arrugado alrededor de la cintura, completamente desnuda de la cintura para abajo. Su culo redondo, moreno, brillaba con una fina capa de transpiración. Y Mauro, sin decir una sola palabra, la agarró de las caderas y la penetró de un solo golpe. 


Julieta se tapó la boca con ambas manos para no gritar. Sus ojos azules se abrieron como platos. Sintió que el suelo se movía bajo sus pies. "Es Mauro", se dijo a sí misma, el pensamiento resonando en su cabeza como una campanada. "¿Qué hace Mauro en la cama de mamá? ¿Se lo cogía antes de que papá hubiese muerto? No, no puede ser... ¿Mamá siendo infiel? ¿Con él? ¿Con ese viejo?". 


Las preguntas se atropellaban una tras otra, pero ninguna encontraba respuesta porque sus ojos no podían apartarse de la escena. Estaba hipnotizada. Vio cómo Mauro comenzaba a embestir a su madre con una violencia que jamás había imaginado. Cada embestida era profunda, brutal, de esas que sacuden todo el cuerpo. Johana, la mujer siempre tranquila, siempre medida, estaba ahí gimiendo bajito, mordiéndose los labios para no hacer ruido. Julieta veía cómo las manos de su madre aferraban las sábanas con desesperación, cómo sus pechos grandes, esos pechos que ella había visto cuando era chica y se bañaba con ella, se movían hacia adelante y hacia atrás con cada golpe de cadera de Mauro. Penduleaban, rebotaban, se agitaban como dos frutas maduras sacudidas por el viento. Era una imagen obscena, bellísima, aterradora. 


Julieta sintió algo que no esperaba. Un cosquilleo caliente entre sus propias piernas. "No", pensó. "No puede ser. Es mi madre. No puedo estar excitada viendo a mi madre cogiendo". Pero su cuerpo no le hizo caso. Sus pechos grandes se endurecieron bajo la remera. Su tanga de algodón se humedeció de golpe, como si alguien hubiera volcado agua caliente sobre su entrepierna. Se llevó una mano al sexo, casi sin darse cuenta, y presionó. Sintió cómo sus dedos temblaban. "¿Por qué a mí nunca me han cogido así?", se preguntó, con una mezcla de vergüenza y envidia. Nunca. Todos los chicos con los que había estado eran torpes, rápidos, egoístas. Se venían en cinco minutos y se dormían. Pero Mauro llevaba ya varios minutos embistiendo a su madre sin piedad, y Johana no pedía que parara, al contrario: gemía, se retorcía, arqueaba la espalda ofreciéndole más. 


Adentro, en la habitación, Mauro empezó a hablar con una voz que era pura autoridad. 


—Decí que te gusta —gruñó, mientras sus caderas seguían golpeando las nalgas de Johana. 


—Me... me encanta —respondió Johana con la voz entrecortada, apenas un hilo. 


—¿Te gusta cómo te coge tu macho? 


—¡Sí, sí! ¡Me encanta cómo me cogés, Mauro! —gimió ella, sin pudor ya, perdiendo el miedo a que las chicas la escucharan. 


—¿Quién te da de comer, perra? 


—Vos. 


—¿Y quién te llena la concha como a vos te gusta? 


—¡Vos, vos, sólo vos! —respondió Johana, ya casi gritando, totalmente entregada. 


Julieta, desde el pasillo, sentía cómo su propia mano se movía frenética dentro de su short. Se estaba tocando sin poder evitarlo, frotando el algodón mojado contra su clítoris duro, mordiéndose el labio inferior para no gemir. Miraba a su madre, la cara de su madre, esa cara de puro placer que nunca le había visto, y algo dentro de ella se rompía y se reconstruía al mismo tiempo. Era demasiado. Estaba a punto de explotar. Podía sentir el orgasmo acercándose como un tren a toda velocidad. 


Pero el miedo la paralizó. "Si me descubren, si mamá me ve acá espiando, se muere de vergüenza". Con un esfuerzo sobrehumano, Julieta retiró la mano, se enderezó y, de puntillas, subió las escaleras de vuelta a su cuarto. Cerró la puerta detrás de sí con un leve clic. Se apoyó contra la madera, respirando agitada. Sus dedos aún temblaban. Sin pensarlo dos veces, se bajó el short y la tanga mojada de un tirón, se dejó caer en la cama, abrió las piernas y metió dos dedos dentro de sí. El orgasmo la alcanzó en menos de diez segundos. Un orgasmo seco, violento, que la hizo arquear la espalda y morder la almohada para no gritar. Se corrió pensando en Mauro, en la verga de Mauro, en cómo cogía a su madre. Y eso la llenó de vergüenza. 


Pero no pudo evitarlo. 


Abajo, en el cuarto de Johana, la cosa seguía. Johana llegó al orgasmo con un gemido ahogado, temblando entera, derrumbándose sobre la cama. Pero Mauro no había terminado. La agarró de los cabellos y la puso de rodillas, de espaldas a él, y volvió a entrar. Seguía duro, seguía insaciable. 


—Suplícame que te llene de leche —le ordenó con la voz ronca. 


—Llename... por favor... llename de leche —susurró Johana, casi inconsciente por el placer. 


Mauro la nalgueó con fuerza. La nalgada sonó en el cuarto como un latigazo, y la carne morena de Johana se marcó con una mancha roja. 


—¡Pedilo bien, perra! 


Johana gimió, entre el dolor y el placer, y obedeció. 


—Por favor, Mauro, mi macho... llename de leche... quiero tu leche adentro... hacéme tuya... 


—Buena perra —dijo él, y con tres embestidas finales, brutales, se vino dentro de ella. Largo, espeso, caliente. Johana sintió cómo ese líquido la inundaba por dentro y eso la hizo temblar de nuevo. 


Se quedaron los dos acostados, jadeando, pegajosos de sudor. El camisón de satén negro estaba hecho una bolita en un rincón del piso, lleno de arrugas y manchas. Johana no podía moverse. Sentía la leche de Mauro escurriéndole por los muslos, empapando las sábanas. Cerró los ojos y se dejó llevar por la respiración pesada de él, que se había recostado a su lado. 


Pasaron quince minutos. Veinte. Johana ya casi se dormía, rendida, saciada, cuando sintió que la mano de Mauro volvía a bajar por su vientre, y que algo duro le rozaba la nalga. Abrió los ojos, sorprendida. 


—¿Otra vez? —preguntó en un susurro. 


Mauro no respondió. Ya estaba sobre ella otra vez, abriéndole las piernas, metiéndosela de nuevo. Y Johana, la fogosa Johana, la sumisa Johana, le abrió las piernas sin chistar. Porque quería más. Porque necesitaba más. Porque ahora, después de todo, sabía que sin eso no podía vivir. 


Esa noche, Mauro se quedó a dormir. Johana lo sintió a su lado, roncando suavemente, y no se animó a pedirle que se fuera. Algo dentro de ella le decía que eso no iba a ser una sola noche. Algo dentro de ella le decía que, a partir de ahora, esa cama ya no le pertenecía. La cama que había compartido con Hernán, su difunto marido, ahora tenía otro dueño. Mauro se había instalado como quien pone una bandera en un territorio conquistado. 


Johana cerró los ojos y, por un momento, se sintió en paz. No sabía lo que se venía. No sabía que Mauro no solo quería la cama, sino la casa entera. Quería las órdenes, el control, la sumisión de las tres. Quería a Julieta, con sus pechos grandes y su mirada azul buscando un hombre proveedor. Quería a Martina, con su rebeldía de mentira y su cuerpo joven que pedía a gritos ser domado. 


Todo eso estaba por venir. Esa noche, mientras Mauro dormía a su lado, Johana solo atinó a susurrar, en la oscuridad: 


—Qué hice. 


Y el silencio fue la única respuesta.

 


Continuara... 

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