El Vecino — Parte 3 - Cena

 


La madrugada llegó sin permiso, colándose por la rendija de la persiana como un ladrón silencioso. Johana abrió los ojos de golpe, sin saber bien qué la había despertado, y entonces lo escuchó: un ronquido grave, profundo, casi animal, que vibraba en la almohada de al lado. Se giró despacio, con el corazón en la garganta, y vio a Mauro. Estaba ahí, panza arriba, con la boca entreabierta, la panza gorda subiendo y bajando al ritmo de su respiración pesada. El ronquido salía de él como el rugido lejano de una fiera dormida. 


Johana se sobresaltó. Por un segundo no recordó nada, y luego todo le cayó encima como un baldazo de agua helada. La noche anterior. Las embestidas. Los gemidos. La sumisión. "Dios mío", pensó mientras se sentaba en el borde de la cama, con las manos temblorosas. Su mirada se fue al despertador de la mesa de noche y el pánico la golpeó en el estómago. Las seis y media de la mañana. En menos de media hora, sus hijas iban a empezar a moverse en el piso de arriba. Se iban a levantar, se iban a bañar, se iban a vestir, y luego bajarían a la cocina a desayunar antes de irse a la universidad. Y ahí, en el cuarto de la planta baja, Mauro roncaba como un oso en invierno. 


"Tranquila", se dijo a sí misma, llevándose una mano al pecho para calmar los latidos. "Ellas duermen arriba. La casa es vieja, los pisos son gruesos. Seguro no escucharon nada anoche, y ahora menos van a escuchar estos ronquidos". Pero igual se levantó rápido, casi cayéndose al enredarse en las sábanas mojadas. Sus pies descalzos tocaron el piso frío y caminó en puntas de hollín hasta el placard. Abrió la puerta con cuidado, sacó un jogging gris y una remera negra de mangas largas. Se vistió rápido, sin hacer ruido, mientras su mirada se volvía una y otra vez hacia la cama. 


Mauro seguía ahí. El gordito de cincuenta años, moreno, panzón, canoso. El hombre que la había hecho gemir como nunca en su vida. El macho que la trataba como una perra y al que ella, para su propia sorpresa, obedecía sin chistar. Se quedó mirándolo un segundo, y un pensamiento cruzó su mente como un relámpago: "Qué puta que soy. Me vuelve loca como me trata". No era un pensamiento de odio, ni siquiera de vergüenza del todo. Era una constatación, un susurro de la conciencia que se mezclaba con el deseo. Porque mientras lo miraba, mientras veía su boca entreabierta, su panza desnuda asomando bajo la sábana, ya sentía otra vez ese cosquilleo caliente entre las piernas. Otra vez mojada. Otra vez suya. 


Negó con la cabeza, se ató el cabello negro en una cola de caballo rápida, y salió del cuarto. Cerró la puerta con un clic suave, apenas audible, y se apoyó contra la madera un instante. Respiró hondo. "Podés con esto", se dijo. "Solo hay que desayunar, que se vayan, y después vemos". 


Se encaminó a la cocina, pero antes de llegar se detuvo en el living, donde el equipo de música viejo descansaba sobre una cómoda. Lo encendió, bajó el volumen para que no fuera muy alto, y puso una radio de música suave, de esas de temas melódicos de los ochenta. La idea era que la música tapara cualquier ruido que pudiera venir del cuarto de Mauro. Si sus hijas bajaban y escuchaban ronquidos o voces de hombre, iban a empezar a hacerse preguntas que Johana no estaba lista para responder. 


Hecho eso, se metió en la cocina y comenzó a preparar el desayuno. Puso la pava para el mate, sacó las facturas del día anterior, las calentó un poco en el horno. Puso la mesa con los platos, las tazas, la leche, el café. El aroma a medialunas calientes empezó a llenar la cocina, y Johana sintió que, al menos por unos minutos, todo parecía normal. Como si la noche anterior no hubiera existido. Como si su cuerpo no siguiera ardiendo por dentro. 


Los pasos en la escalera sonaron poco después. Johana levantó la vista y vio aparecer a Julieta, todavía con la cara lavada y el cabello rubio revuelto, enganchado en un moño desprolijo. Llevaba puesto un short de algodón gris y una remera holgada de la universidad. Sus ojos azules, aún somnolientos, buscaron a su madre y luego recorrieron la cocina con disimulo. 


—Buen día, má —dijo Julieta, bostezando mientras se sentaba en una de las sillas. 


—Buen día, nena. ¿Dormiste bien? —preguntó Johana, sirviéndole un café con leche humeante. 


—Sí, bien. Bastante profundo esta noche. No escuché nada —respondió Julieta, y Johana sintió un escalofrío. "No escuché nada", había dicho. Pero la forma en que lo dijo, con esa naturalidad demasiado neutra, hizo que a Johana se le erizara la piel. Julieta estaba actuando. Igual que ella. Las dos estaban actuando. 


Julieta tomó su taza con ambas manos y sopló el líquido caliente. Sus ojos se posaron en la puerta que llevaba al cuarto de su madre, la puerta que estaba cerrada. No dijo nada. No preguntó por qué la música estaba puesta tan temprano. No preguntó por qué su madre estaba tan nerviosa, moviendo las manos sin parar, reacomodando las facturas en la bandeja. Julieta ya sabía. Había visto todo la noche anterior. Había visto a Mauro cogiendo a su madre en esa misma cama que ahora quedaba a pocos metros de donde estaban desayunando. Y no había dicho nada. No iba a decir nada. Porque algo dentro de ella, algo oscuro y caliente que recién empezaba a descubrir, no quería que eso se detuviera. 


—¿Vos estás bien, má? —preguntó Julieta, con una dulzura que a Johana le pareció sospechosa. 


—Sí, nena, re bien. Feliz, hasta. Con el laburo nuevo, con la plata... la verdad es que me siento mucho mejor —respondió Johana, sonriendo con esa sonrisa que no llegaba del todo a sus ojos verdes. 


—Me alegra, má. Te merecés estar bien. 


El diálogo murió ahí. No había mucho más que decirse cuando las dos estaban mintiendo. La música seguía sonando en el living, un tema lento de Sandro, y la cocina se llenó de ese silencio incómodo que solo se rompió cuando Martina bajó las escaleras. 


A diferencia de su hermana, Martina no saludó. Entró a la cocina con los auriculares puestos, el teléfono en la mano, la mirada perdida en la pantalla. Llevaba un top deportivo rosado y un short de lycra negro que se pegaba a sus caderas estrechas. Su cabello negro estaba suelto y brillante, cayéndole hasta la cintura. Pasó por al lado de Johana como si fuera una empleada doméstica más que su madre, agarró una factura de la bandeja, se sirvió un vaso de jugo de naranja, y se sentó al lado de Julieta sin decir una palabra. 


—Buen día, Marti —dijo Johana, con ese tono de resignación que ya le conocían todas. 


Martina levantó la vista un segundo, asintió sin sacarse los auriculares, y volvió a mirar el teléfono. 


Julieta y Johana intercambiaron una mirada. La misma de siempre: "qué hacemos con esta piba". Pero ninguna dijo nada. Martina era así, y punto. La muerte de su padre la había endurecido, o quizás siempre había sido así y recién ahora se notaba. Comieron en silencio los tres, la música de fondo, el ruido de las tazas contra los platos. A las siete y cuarto, Julieta se levantó. 


—Nos vamos, má. Hoy tengo un práctico importante. 


—¿Querés que te prepare un mate para el termo? —ofreció Johana. 


—No, no te molestes. Compramos algo en la facu. 


Julieta se acercó a su madre y le dio un beso en la mejilla. Martina se levantó sin apuro, guardó los auriculares en la mochila, y también le dio un beso. Rápido, frío, casi de compromiso. Pero se lo dio. Johana la tomó del brazo un segundo y la miró a los ojos. 


—¿Estás bien, nena? —le preguntó. 


—Sí, má. Todo bien —respondió Martina, y sus ojos marrones se desviaron hacia la puerta cerrada del cuarto. Por un instante, Johana juró que vio algo raro en su mirada, como si supiera o intuyera algo. Pero Martina soltó suavemente su brazo y salió caminando detrás de Julieta. 


La puerta principal se cerró. Johana escuchó el motor del auto de Julieta arrancar y luego alejarse. Se quedó un minuto más en la cocina, escuchando la música, escuchando el silencio. Y entonces, desde el cuarto, los ronquidos de Mauro se hicieron oír otra vez, más fuertes ahora que no había voces que los taparan. 


Respiró hondo y fue hacia el cuarto. Abrió la puerta despacio y entró. Mauro seguía ahí, despatarrado en la cama, la sábana apenas cubriéndole la entrepierna. Su pecho velludo subía y bajaba con cada respiración. La panza, redonda y morena, se veía enorme desde ese ángulo. Johana se quedó parada al borde de la cama, mirándolo, sin saber si despertarlo o dejarlo dormir. Pero antes de que pudiera decidirse, los ojos de Mauro se abrieron. La miró fijo, con esa mirada de lobo que ya le empezaba a conocer, y una sonrisa lenta, casi perezosa, se dibujó en su boca. 


—Buenos días, putita —dijo, con la voz ronca por el sueño. 


Johana sintió el golpe caliente en el bajo vientre. Esa palabra, "putita", dicha así, con ese tono de propiedad, le recorría la espina dorsal como una corriente eléctrica. Tragó saliva. 


—Buenos días, Mauro. Las chicas ya se fueron a la facu. Preparé el desayuno, si querés pasar a la cocina... 


Pero no la dejó terminar. Mauro se incorporó con una agilidad inesperada para su tamaño, la agarró de la cintura y la atrajo hacia él. Antes de que Johana pudiera protestar, la besó. No fue un beso de buenos días, ni un beso tierno. Fue un beso profundo, húmedo, con lengua. La lengua de Mauro invadió su boca con autoridad, jugando con la suya, dominándola. Y mientras la besaba, sus manos grandes le apretaron los pechos por encima de la remera. Las apretó con fuerza, con esa fuerza que a Johana le volvía loca, y ella gimió dentro del beso. Sintió cómo sus pezones se endurecían al instante, cómo todo su cuerpo respondía como si tuviera un interruptor que solo Mauro sabía cómo activar. 


El beso duró lo que pareció una eternidad y un segundo al mismo tiempo. Cuando Mauro la soltó, Johana estaba jadeando, con los labios hinchados, los ojos vidriosos de deseo. Había sido cuestión de segundos. Un beso y dos apretones, y ya estaba empapada otra vez. 


Mauro se recostó en la cabecera de la cama, bostezó como si nada, y se rascó la panza con toda la naturalidad del mundo. La miró por encima del hombro, como quien mira a una sirvienta. 


—Preparame el desayuno, putita. Y traémelo acá. 


Johana abrió la boca para decir algo. "¿Quién te creés que sos?" quería gritar. "Esta es mi casa, no la tuya". Pero las palabras no salieron. En lugar de eso, sintió cómo una humedad caliente se esparcía por su tanga. "Dios mío", pensó. "Me excita que me trate así". Se mordió el labio inferior, dio media vuelta y salió del cuarto sin decir una palabra. Fue a la cocina, preparó una bandeja con café con leche, tostadas, manteca y dulce. Y cuando volvió a la habitación, Mauro ya estaba sentado en el borde de la cama, esperándola como un rey en su trono. 


Le entregó la bandeja. Él la tomó sin dar las gracias, apoyó la bandeja sobre sus muslos gordos, y empezó a desayunar en silencio. Johana se quedó parada al lado, mirándolo, sintiéndose ridícula y excitada al mismo tiempo. Quería insultarlo. Quería que se fuera. Quería que la tirara sobre la cama otra vez. Su cabeza era un hervidero de contradicciones. 


Mauro terminó de desayunar, dejó la bandeja a un lado, y se levantó. Buscó sus pantalones en el piso, se los puso despacio, se abrochó el cinturón. Pasó al baño un momento, y cuando volvió, ya estaba vestido de punta en blanco: camisa blanca, pantalón de vestir negro, zapatos lustrados. Parecía otro hombre. El macho que la cogía de noche y el vecino respetable de día. 


—Me voy al laburo —dijo, acercándose a ella—. No es necesario que vaya, los camiones están en la ruta y los choferes saben lo que tienen que hacer. Pero me gusta ir. Me gusta que sepan quién manda. 


Johana asintió, sin saber qué decir. 


Mauro se detuvo frente a ella, a centímetros de su cara. La miró a los ojos con una intensidad que la hizo estremecerse. 


—Putita —dijo, con una voz grave, casi un susurro—. No te vayas a masturbar sin mi permiso. ¿Está claro? 


Johana sintió que el suelo se movía bajo sus pies. La orden era absurda, humillante, ridícula. ¿Quién era él para decirle cuándo podía tocarse o no? Pero al mismo tiempo, sentía que las piernas le flaqueaban. "Obedece", le decía algo dentro de su pecho. "Obedece y vas a ver cómo te premia". 


—Sí, Mauro —respondió, con una voz que apenas era un hilo. 


Él le dio un beso seco en la frente, como quien bendice a una mascota, y se fue. Johana escuchó la puerta de calle cerrarse, escuchó sus pasos alejarse por la vereda, y se quedó parada en el medio del cuarto, completamente sola, con las piernas temblando y la entrepierna ardiendo. 


"No me voy a masturbar", se prometió a sí misma. "Le di mi palabra". Pero ya sabía que el día iba a ser eterno. 


La mañana de Mauro fue productiva. Llegó a su oficina cerca de las nueve, una nave industrial reciclada en la zona oeste de la ciudad, donde una secretaria treintañera lo recibió con un café y una pila de papeles. Mauro tenía una flota de cincuenta camiones que viajaban a larga distancia, llevando mercadería de un extremo al otro del país. Tenía administradores, contadores, choferes de confianza. En teoría, no necesitaba pisar la oficina nunca. Pero le gustaba hacerlo. Le gustaba sentarse en su silla giratoria, frente al ventanal que daba al estacionamiento, y ver cómo los camiones entraban y salían. Le gustaba sentirse importante. Le gustaba que todos supieran que el negocio funcionaba gracias a él. 


Pero esa mañana, mientras firmaba papeles y atendía llamados, su cabeza estaba en otra parte. Pensaba en el próximo paso del plan. Sabía que Julieta lo había visto. Sabía que la piba rubia de ojos azules había espiado desde el pasillo, primero confundida, después aterrada, después excitada. Mauro lo sabía porque él mismo había dejado la puerta entreabierta a propósito, y porque tenía una cámara en el pasillo que le había mostrado todo. Julieta se había tocado esa noche. La había visto subir las escaleras apurada, y la había visto, a través de otra cámara escondida en su cuarto, meterse los dedos y correrse en menos de un minuto. "Está lista", pensó Mauro mientras mordía un sándwich de miga en su escritorio. "Solo falta que se convenza a sí misma". 


Después de la oficina, Mauro fue al supermercado. No al chino de la esquina, sino a un hipermercado grande en la zona norte. Llenó el carrito con cosas caras: vinos tintos de bodegas reconocidas, caviar, fiambres importados, quesos de Holanda. Pero también compró algo más. Pasó por la sección de bebidas y cargó seis botellas de un Malbec de etiqueta negra. "Para Johana", pensó con una sonrisa. Y después, casi al final, pasó por una tienda de regalos dentro del mismo hipermercado. Compró un celular último modelo, el más caro de la marca, en una caja impecable. También compró una orden de compra para un shopping de lujo, de esas que valen una fortuna. Y por último, en un local de lencería fina, eligió tres conjuntos para Johana: uno rojo, uno negro y uno blanco, todos de encaje francés, todos diminutos, todos obscenamente sexys. Metió todo en una caja grande de cartón, la cerró con cinta, y la cargó hasta el auto. 


Cuando llegó a su casa, cerca de las tres de la tarde, se sentó frente a la computadora y abrió el programa de las cámaras. Las imágenes llenaron la pantalla gigante en cuadrículas. La cocina vacía. El living vacío. El cuarto de Johana desordenado, con las sábanas aún revueltas de la noche anterior. Pasó a la cámara del cuarto de Julieta. La piba estaba acostada boca arriba, con el celular en la mano, vestida con un short y una remera. Parecía leer algo, pero Mauro sabía que no estaba leyendo. Hizo zoom en su rostro. Sus ojos azules tenían una mirada perdida, soñadora, lejana. "Estás pensando en mí", susurró Mauro frente a la pantalla, y se tocó la entrepierna, que ya empezaba a endurecerse. 


Pasó a la cámara del cuarto de Martina. La chica estaba sentada en el escritorio, con la computadora abierta, pero no estaba estudiando. Mauro pudo ver, desde el ángulo de la cámara escondida detrás de un estante, que estaba en una videollamada con dos amigas. Las tres hablaban, pero por las expresiones de Martina, la conversación no era agradable. Una de las amigas dijo algo que hizo que Martina bajara la cabeza y se mordiera el labio. Mauro no pudo escuchar bien, pero leyó los labios de la amiga: "no vas a venir porque no te invitamos". Martina cerró la laptop de golpe y se quedó mirando la pantalla negra con los ojos llenos de lágrimas. Se llevó las manos a la cara y, por un momento, Mauro vio cómo sus hombros se sacudían en un llanto silencioso. 


"Pobrecita", pensó Mauro, pero en su mente no había compasión. Había oportunidad. Martina era la más frágil, la que necesitaba afecto desesperadamente. Y él iba a darle todo el afecto que quisiera. Y más también. 


Finalmente, pasó a la cámara del living. Ahí estaba Johana, sentada en el sillón, mirando la televisión apagada. Tenía las manos en el regazo, apretadas una contra la otra. Mauro hizo zoom en su cara y sonrió. La cara de Johana estaba encendida, sus mejillas coloradas, sus ojos verdes brillantes y vidriosos. Respiraba hondo, con la boca entreabierta. Mauro sabía esa cara. Era la cara de una mujer que llevaba horas sin poder pensar en otra cosa que no fuera sexo. Era la cara de la abstinencia forzada. No se había masturbado, eso era evidente. Lo había obedecido. "Buena putita", pensó Mauro, y sintió cómo la verga se le ponía dura como una piedra. 


Cerró el programa, apagó la computadora, y empezó a planear la noche. 


Cerca de las ocho de la noche, Johana estaba en la cocina. Había pasado un día eterno, una tortura de horas muertas en las que no había podido concentrarse en nada. Limpió la casa de arriba abajo, dos veces. Leyó un capítulo de un libro sin entender una sola palabra. Se bañó con agua fría, pero ni eso calmó el fuego que le ardía entre las piernas. Quiso tocarse, por Dios que quiso. Estuvo a punto cien veces. Pero la orden de Mauro resonaba en su cabeza como un eco: "No te vayas a masturbar sin mi permiso". Y ella, para su propia sorpresa, obedeció. No porque tuviera miedo. No porque él fuera violento. Sino porque, en el fondo más oscuro de su ser, le gustaba obedecer. Le gustaba que él tuviera ese control sobre su cuerpo. Era liberador, de alguna forma retorcida, no tener que decidir. Solo cumplir. 


Así que se dedicó a la cena. Sacó carne picada de la heladera, cebolla, morrón, aceitunas, huevos. Pensaba hacer empanadas de carne, como hacía siempre los jueves. Pero antes de empezar a mezclar los ingredientes, el celular vibró sobre la mesada. Era Mauro. 


El mensaje decía: "Voy a ir a cenar. Quiero conocer mejor a tus hijas. Para cenar, hacé empanadas de carne, yo llevo el vino". 


Johana se quedó congelada, con el cuchillo en la mano. Leyó el mensaje tres veces, cuatro. No solo se había invitado solo, sino que le estaba diciendo qué cocinar. Como si fuera su casa. Como si ella fuera su empleada. "¿Quién te creés?", quiso escribir. "Esta noche no puede ser, las chicas están". Pero sus dedos no escribieron eso. Sus dedos escribieron: "Está bien. A qué hora?". 


La respuesta fue inmediata: "A las nueve". 


Johana dejó el celular sobre la mesada, se apoyó con ambas manos en el mármol, y respiró hondo. "Obedece", se dijo a sí misma. "Obedece y todo va a estar bien". Y empezó a picar cebolla. Preparó la masa, el relleno, armó una por una las empanadas con paciencia de monja. Las llevó al horno y, mientras se cocinaban, subió al baño a cambiarse. 


Se miró al espejo. Tenía los ojos brillantes, las mejillas coloradas. Su cuerpo moreno pedía a gritos ser tocado, mirado, poseído. Abrió el placard y buscó algo especial. Encontró un vestido corto, negro, de tirantes finos, que no usaba desde antes de que muriera Hernán. Era escotado, profundo, un escote que casi dejaba ver la totalidad de sus pechos grandes y redondos. El vestido le llegaba a medio muslo, apenas cubriéndole las nalgas. Se lo probó frente al espejo y supo que estaba mostrando demasiado. Pero no se lo sacó. 


Cuando bajó a la cocina, las empanadas ya estaban casi listas. El aroma a carne y cebolla llenaba toda la casa. En ese momento escuchó la puerta, las voces de sus hijas. Julieta y Martina pasaron a la cocina y, cuando vieron a su madre vestida así, se quedaron paralizadas. 


—¿Má... qué es eso que tenés puesto? —preguntó Julieta, con los ojos azules abiertos como platos. 


—Es un vestido, nena. ¿Nunca viste uno? —respondió Johana, tratando de sonar natural. 


—Pero, ¿a qué viene? Vas a cenar acá, no a un boliche —dijo Martina, y por primera vez en días, en su voz no había desprecio, solo curiosidad. 


Johana se alisó el vestido con las manos, nerviosa. 


—Me quería sentir linda, nada más. Últimamente ando siempre en jogging y remera, y me cansé. ¿Está mal querer arreglarse un poco? 


Julieta y Martina intercambiaron una mirada. Algo no cerraba, pero ninguna supo qué decir. Entonces Johana, como si fuera la cosa más natural del mundo, agregó: 


—Ah, y viene Mauro a cenar. Así que pónganse presentables, por favor. 


El corazón de Julieta dio un salto. Sintió un calor recorrerle el pecho, las mejillas, la entrepierna. "Viene Mauro", se repitió a sí misma. "El que se coge a mamá. El que vi cogiendo a mamá. Viene acá, a casa. A cenar con nosotras". Sin decir una palabra, dio media vuelta y subió las escaleras corriendo. Entró a su cuarto, abrió el placard, y empezó a buscar. Revolvió vestidos, polleras, remeras, hasta que encontró lo que quería: un vestido corto, más corto que el de su madre, de un rosa empolvado que le quedaba perfecto con su piel blanca y su cabello rubio. El escote era generoso, mostrando el inicio de sus pechos grandes y firmes. El vestido se pegaba a sus caderas y se abría apenas en el muslo. Se lo puso, se miró en el espejo, y se preguntó a sí misma: "¿Por qué me estoy vistiendo así para él?" No supo responderse. Pero no se lo sacó. 


Martina, abajo, no se había movido. Miró a su madre con una mezcla de extrañeza y diversión. 


—Bueno, má. Si viene Mauro, me voy a cambiar también —dijo, y subió las escaleras. Martina no se vistió con un vestido. Se puso un top blanco de encaje, diminuto, que dejaba ver su cintura estrecha y su vientre liso. Y abajo, una pollera tableada cortísima, casi una vincha alrededor de la cintura, que dejaba ver sus piernas largas y morenas. Se miró en el espejo y sonrió. Sabía que estaba hermosa. Sabía que provocaba. Y aunque no entendía bien por qué, quería que Mauro la viera así. 


A las nueve en punto llamaron a la puerta. Johana fue a abrir, con el corazón en la garganta. Ahí estaba Mauro, vestido con una camisa clara y pantalones de vestir, y una caja enorme bajo el brazo. Sonrió al verla, y sus ojos negros recorrieron el vestido corto de arriba abajo, deteniéndose en el escote, en las piernas, en las caderas. 


—Qué linda que estás, vecina —dijo, con una voz que solo ella pudo escuchar. 


—Pasá, Mauro. Todo está listo —respondió ella, apartándose para que entrara. 


Mauro cruzó el umbral y se encontró con Julieta, que bajaba las escaleras en ese momento. El vestido rosa le quedaba como un guante, mostrando todo lo que tenía que mostrar. Mauro la miró con disimulo y sonrió. 


—Hola, Julieta. Cómo estás, nena. Cada día más grande —dijo, y la abrazó. El abrazo fue breve, correcto, pero sus manos grandes rozaron la espalda baja de Julieta, justo donde terminaba el vestido, un roce que duró apenas un segundo más de lo necesario. Julieta sintió la caricia como una quemadura. 


—Hola, Mauro. Bien, ¿y vos? —respondió ella, con una voz que le salió más ronca de lo que quería. 


—Bien, bien. Todo bien por suerte. 


Después llegó Martina, bajando las escaleras con la pollera cortísima y el top de encaje. Mauro la miró y por un instante su máscara de vecino respetable casi se le cae. La piba era un espectáculo. Con su cabello negro suelto, sus ojos marrones profundos, su piel morena y joven, su cuerpo esbelto pero curvilíneo. Vestía con esa inocencia provocativa de las chicas de dieciocho: el top dejaba ver apenas el inicio de sus senos pequeños y redondos, la pollera tableada se levantaba con cada movimiento, mostrando la parte baja de sus nalgas. Era sensual sin saberlo, o sabiéndolo demasiado. Mauro no podía dejar de mirarla. 


—Hola, Martina. Qué linda que estás, nena —dijo, y la abrazó también. Pero con Martina fue diferente. El abrazo fue más largo, y su mano se posó en la cintura descubierta de la chica, donde el top dejaba la piel al aire. La sintió temblar apenas. 


—Gracias, Mauro —dijo Martina, y por primera vez en mucho tiempo, sus ojos marrones no estaban llenos de bronca, sino de algo parecido a la gratitud. 


Mauro se separó de ella y levantó la caja enorme que había dejado en el piso. 


—Traje regalos —dijo, con una sonrisa amplia, y las tres mujeres abrieron los ojos con curiosidad. 


Abrió la caja y empezó a repartir. Primero fue para Julieta: una caja chica, blanca, con el logo de la mejor marca de celulares del mercado. Julieta la abrió con manos temblorosas y sacó un teléfono último modelo, el más caro, el que ella había visto en los comerciales pero jamás soñó con tener. 


—Mauro... esto es demasiado —atinó a decir, con la voz rota. 


—No es nada, nena. Te lo merecés —respondió él, y mientras le entregaba la caja, sus dedos rozaron los de ella. Un roce eléctrico. Julieta sintió que se le mojaba la tanga al instante. 


Para Martina fue una tarjeta. Una orden de compra en el shopping más caro de la ciudad. Martina la miró sin creer lo que veía. Era una cifra enorme, suficiente para comprarse diez veces toda la ropa que había soñado. 


—¿Esto es para mí? —preguntó, con los ojos brillantes. 


—Todo para vos, nena. Para que te compres lo que quieras. Y si querés, algún día te acompaño a uno más exclusivo, de los que no están en la guía. Yo conozco lugares —dijo Mauro, y Martina asintió con una sonrisa que le iluminó la cara entera. 


—Me encantaría —respondió ella, y Mauro supo que el anzuelo había picado. 


Por último, Mauro sacó las seis botellas de Malbec y se las entregó a Johana. Pero cuando ella las tomó, él inclinó la caja y señaló el fondo. 


—Ahí abajo hay algo más para vos —susurró, apenas audible. 


Johana metió la mano y tocó encaje. Lencería. Tres conjuntos, rojo, negro y blanco, de una delicadeza y sensualidad que la dejaron sin aliento. Su cara se encendió como un semáforo. Con un movimiento rápido, cerró la caja, la levantó y la llevó corriendo a su cuarto. No quería, no podía, que sus hijas vieran eso. Cuando volvió a la cocina, las mejillas le ardían. 


Las chicas agradecieron a Mauro con abrazos. Julieta, tímida, casi avergonzada. Martina, efusiva, contenta por primera vez en semanas. Mauro las recibió a todas, midiendo cada abrazo, cada roce, cada sonrisa. Las tres estaban en su mano. Las tres, sin saberlo del todo, ya le pertenecían. 


La cena fue un espectáculo en sí mismo. Mauro se sentó en la cabecera de la mesa, sin que nadie se lo ofreciera, simplemente ocupó el lugar como si fuera suyo por derecho. Y ninguna de las tres dijo nada. Johana se sentó a su izquierda. Julieta, a su derecha. Martina, al lado de Julieta. Las cuatro copas de vino brillaban bajo la luz cálida de la lámpara de la cocina. 


Charlaron de cosas banales. De la universidad, de los camiones de Mauro, del calor que estaba haciendo esos días. Pero debajo de las palabras, algo eléctrico vibraba en el aire. Julieta no podía dejar de mirar el perfil de Mauro: la mandíbula fuerte, las canas en las sienes, las manos grandes reposando sobre la mesa. Se preguntaba una y otra vez: "¿Me excita un viejo? ¿Soy tan puta como mamá?". Y la respuesta, ardiente y húmeda entre sus piernas, era un sí rotundo. 


Martina, por su parte, comía en silencio, pero sonreía cada vez que Mauro la miraba. Él le había dicho que la acompañaría a comprar ropa. A ella, que sus amigas la trataban mal, que su madre no le daba plata, que se sentía invisible. Un hombre mayor, con plata, que la miraba como si fuera la única mujer en la habitación. Le gustaba esa sensación. No sabía que era peligrosa, solo sabía que era buena. 


Johana, mientras tanto, estaba concentrada en no delatar su propia excitación. Había pasado todo el día sin tocarse, y su cuerpo era un volcán a punto de estallar. Cualquier roce, cualquier mirada, la hacía estremecer. Y entonces, en medio de la cena, sintió algo en su muslo. La mano de Mauro. Grande, caliente, pesada. Johana abrió los ojos y lo miró de reojo. Él no la miró a ella. Seguía conversando con Julieta sobre su carrera, completamente normal. Pero su mano había bajado por debajo de la mesa y había encontrado su pierna. 


Mauro tomó la mano de Johana y la guió hasta su entrepierna. Johana sintió la tela del pantalón y, debajo, la dureza. Mauro ya la tenía erecta, enorme. Johana supo lo que tenía que hacer. Con movimientos lentos, invisibles para sus hijas, desabrochó el botón del pantalón, bajó el cierre, y metió la mano. Sus dedos encontraron el miembro caliente, duro, y comenzaron a acariciarlo. Arriba y abajo, despacio, mientras con la otra mano llevaba comida a la boca y asentía como si estuviera escuchando la conversación. El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho. 


Y entonces, Mauro se animó a más. 


Su mano izquierda, que había estado quieta sobre la mesa, bajó lentamente hasta apoyarse en la pierna de Julieta. Ella sintió el peso de esa mano y su cuerpo entero se tensó. "Me está tocando", pensó. "Me está tocando adelante de mamá". Quería apartarla, quería insultarlo, pero su pierna no se movió. Mauro comenzó a acariciarle el muslo, despacio, con la palma abierta, subiendo y bajando. Cada vez más arriba. Llegó al borde del vestido rosa. Julieta contuvo la respiración. Su mirada se encontró con la de Mauro, y él le sonrió. Una sonrisa de lobo. Una sonrisa que decía "sé que te gusta". Y tenía razón. 


Los dedos de Mauro subieron un poco más, rozaron el borde de la tanga de Julieta por debajo del vestido. Ella sintió cómo se humedecía al instante, cómo un gemido se le escapaba de la garganta y lo disimulaba con un sorbo de vino. "¿Soy tan puta como mamá?", se preguntó otra vez. La respuesta era sí. Y le gustaba. 


Mientras tanto, abajo de la mesa, la mano de Johana no paraba. Masturbaba a Mauro con un ritmo constante, mojando el glande con el líquido que ya empezaba a chorrear, deslizando la piel con la precisión de quien conoce cada centímetro de ese miembro. Mauro apretó con más fuerza la pierna de Julieta, casi clavándole los dedos en la carne, y fue su señal de que estaba por terminar. 


Las últimas empanadas desaparecieron de los platos. Martina se levantó de golpe, sin sospechar nada. 


—Muy rica la cena, má —dijo, bostezando—. Pero me voy a dormir. Estoy re cansada. 


Se giró hacia Mauro y le sonrió, una sonrisa genuina, luminosa. 


—Gracias por el regalo, Mauro. En serio. Pronto iremos de compras juntos, ¿no? 


—Cuando vos quieras, nena. Solo avisame —respondió él, y la vio alejarse con ese top diminuto y esa pollera que se levantaba con cada paso. Tragó saliva. Martina subió las escaleras y desapareció. 


Julieta también se levantó, con un movimiento brusco que rompió el contacto de la mano de Mauro. Estaba colorada, agitada, mojada. 


—Yo también me voy. Tengo que estudiar —dijo, casi sin mirar a nadie—. Buenas noches, Mauro. Gracias por la cena. 


—Buenas noches, Julieta. Que descanses. 


Julieta subió las escaleras rápido, entró a su cuarto, cerró la puerta con llave, se sacó la tanga de un tirón, se tiró en la cama y se masturbó como una loca. Se vino en menos de un minuto, imaginando la mano de Mauro no en su pierna, sino entre sus piernas. Imaginándosela adentro. Cuando el orgasmo la sacudió, mordió la almohada para no gritar. 


Abajo, Johana y Mauro estaban solos. Mauro se levantó de la silla, se paró frente a ella, y sin mediar palabra la levantó en vilo. Johana sintió sus manos grandes agarrándole las nalgas por debajo del vestido corto. La subió encima de la mesa, entre los platos sucios y las copas de vino. Le abrió las piernas de golpe. 


—Tus hijas son hermosas como vos —dijo, con la voz ronca—. ¿Serán igual de putitas? 


Johana no supo qué responder. Abrió la boca para decir algo, cualquier cosa, pero Mauro no le dio tiempo. Con una mano se bajó el pantalón apenas lo suficiente, sacó su miembro aún erecto y húmedo por la masturbación que ella misma le había dado, y la penetró de un solo golpe. 


Johana gritó. Fue un grito ahogado, tapado por su propia mano, porque sus hijas estaban arriba y no podían escuchar. Pero el cuerpo le pedía gritar, pedía aullar de placer. Mauro la embistió con una fuerza salvaje, sin piedad, moviendo la mesa que crujía bajo el peso de los dos. Los platos tintineaban, las copas amenazaban con caerse. 


—¡Mauro, Mauro...! —gemía ella, arqueando la espalda, ofreciéndole los pechos que casi se salían del vestido. 


Él se los agarró con las dos manos, los apretó con furia, y siguió embistiendo. Johana estaba en el séptimo cielo. Después de un día entero sin tocarse, después de horas de abstinencia forzada, cada embestida la acercaba al orgasmo como un cohete hacia el cielo. Llegó rápido, con un gemido largo y ahogado, temblando entera, apretando las piernas alrededor de la cintura de Mauro. 


Él no paró. Siguió dándole, duro, hasta que él mismo sintió que se venía. Y entonces, con una última embestida brutal, se vació dentro de ella. 


Se quedaron así, jadeando, pegajosos de sudor, el vestido negro de Johana subido hasta la cintura, la mesa hecha un desastre. Mauro apoyó la frente contra la de ella y le susurró: 


—Te espero en nuestro cuarto. 


Johana se quedó sin palabras. "¿Nuestro cuarto?", pensó. "Ya soy de él". No era una pregunta. Era una certeza. 


Mauro se acomodó el pantalón, le dio un beso en la frente, y se fue caminando hacia la habitación de la planta baja. Johana se quedó en la mesa unos minutos, recuperando el aliento, mirando el techo. Luego se bajó, con las piernas temblorosas, y limpió toda la cocina. Lavó los platos, guardó la comida, limpió la mesa. Todo en silencio. Todo sumisa. Cuando terminó, fue al baño, se lavó la cara, se miró al espejo. La mujer que la miraba tenía los ojos verdes brillantes, los labios hinchados, el cabello despeinado. Era la misma de siempre, pero ya no era la misma. 


Salió del baño y caminó hacia la habitación. La puerta estaba abierta. Mauro la esperaba desnudo, recostado en la cama, con la verga ya erecta otra vez. Sonrió al verla entrar. 


—Ven, putita. Aún no termina la noche. 


Johana cerró la puerta detrás de sí y se quitó el vestido. Se quedó desnuda frente a él, morena, hermosa, ofrecida. Mauro la llamó con un dedo, y ella fue. Esa noche, hicieron el amor dos veces más. Dos veces más ella gimió, dos veces más él la poseyó. Y afuera, en el pasillo, Julieta volvió a espiar. Vio todo otra vez. Y otra vez se fue a su cuarto a terminarse con los dedos. 


Mauro se quedó a dormir. Y Johana, en algún momento entre las sábanas mojadas y los brazos del gordito de cincuenta años, dejó de preguntarse si estaba bien o mal. Solo sintió que, por primera vez en meses, no estaba sola. Y eso, pensó mientras cerraba los ojos, era suficiente. 


Continuara... 

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