El Vecino — Parte 4 - Como lo haces con mamá

 


La madrugada llegó otra vez, silenciosa y gris, filtrándose por la persiana como un fantasma que ya conocía el camino. Johana abrió los ojos y, esta vez, no se sobresaltó. Los ronquidos de Mauro ya eran parte del paisaje, ese sonido grave y profundo que vibraba en la almohada de al lado como el ronroneo de un felino enorme. Se giró despacio y lo miró. Estaba ahí, panza arriba, la boca entreabierta, una mano apoyada sobre su propia panza gorda que subía y bajaba con una cadencia hipnótica. Moreno, canoso, gordito, de cincuenta años. El hombre que la había vuelto loca, que la había hecho gemir como nunca, que la trataba como una perra y al que ella, para su propia sorpresa, obedecía sin chistar. 


"Hoy es más fácil", pensó Johana mientras se sentaba en el borde de la cama. Ya no tenía ese pánico de la mañana anterior, ese miedo a que sus hijas escucharan los ronquidos o descubrieran al hombre desnudo en su cama. Ahora sabía que las chicas dormían arriba, que los pisos eran gruesos, que la música en el living tapaba cualquier ruido. Ahora sabía moverse en puntas de hollín, vestirse rápido sin hacer ruido, salir del cuarto y cerrar la puerta con un clic suave que apenas se oía. 


Se vistió con un jogging gris y una remera negra de mangas largas, se ató el cabello negro en una cola de caballo, y salió al living a poner la música. La misma radio, el mismo volumen bajo, las mismas canciones melódicas de los ochenta. Después fue a la cocina, preparó el desayuno, puso la mesa. Todo igual que el día anterior. Como si fuera una coreografía ensayada. Y mientras calentaba las facturas en el horno, mientras ponía el agua para el mate, una pregunta se instaló en su cabeza como una espina que no podía sacarse. 


"¿Quiere cogerse a mis hijas también?" 


La pregunta llegó sin avisar, y Johana se quedó con la pava en la mano, mirando el vapor que salía del pico. Había notado las miradas de Mauro. La noche anterior, durante la cena, cómo sus ojos negros se posaban en Julieta, en su vestido, en sus pechos grandes que se adivinaban bajo la tela. Cómo se demoraba en Martina, en ese top diminuto y esa pollera cortísima que dejaba ver sus piernas morenas. Johana no era tonta. Había visto cómo Mauro saludaba a sus hijas, cómo las abrazaba un segundo de más, cómo sus manos grandes rozaban una cintura, una espalda baja, un muslo. 


Terminó de preparar el desayuno y, mientras esperaba a que sus hijas bajaran, se paró frente al espejo del pasillo. Se miró. Apretó sus grandes pechos con las dos manos, los levantó un poco, los dejó caer. Se pasó una mano por la cadera, por la nalga redonda y firme. Sus ojos verdes la miraban desde el espejo, intensos, brillantes. 


"No soy suficiente para él", se dijo a sí misma, y la frase le dolió más de lo que esperaba. Porque era verdad. Mauro la deseaba, eso era evidente. Pero también deseaba a sus hijas. Y Johana, en lugar de sentir odio o celos, sintió una punzada caliente en el bajo vientre. "Qué puta que soy", pensó otra vez. Pero ya no se lo decía con vergüenza. Lo decía con una especie de orgullo oscuro, retorcido, que la excitaba más de lo que la avergonzaba. 


Las hijas bajaron, desayunaron, se fueron a la universidad. Todo igual que el día anterior. Julieta con su café con leche, su silencio cómplice, su mirada azul que evitaba encontrarse con la de su madre. Martina con sus auriculares puestos, su top deportivo, su indiferencia de adolescente enojada con el mundo. Johana las despidió en la puerta, las vio subirse al Clío viejo de Julieta, y las miró alejarse hasta que el auto dobló en la esquina. 


Después volvió a la cocina, preparó la bandeja del desayuno para Mauro, y se la llevó a la habitación. Él ya estaba despierto, sentado en el borde de la cama, restregándose los ojos con los nudillos. 


—Buenos días, putita —dijo, con la voz ronca, y Johana sintió el cosquilleo habitual entre las piernas. 


—Buenos días, Mauro —respondió, y le entregó la bandeja. 


Él desayunó en silencio, se vistió, se fue al trabajo. Antes de salir, se paró frente a ella, la miró a los ojos, y le ordenó con esa voz grave que a Johana le derretía los huesos: 


—No te masturbes sin mi permiso, ¿está claro? 


—Sí, Mauro —respondió ella, y él se fue. 


La puerta se cerró. Johana se quedó sola en la casa, con la orden resonando en su cabeza, con el deseo ardiéndole en la sangre. Agarró el trapo de piso, la escoba, el lavandina. Y se puso a limpiar. Limpió toda la casa de arriba abajo, como una posesión, como una penitencia. Pero mientras fregaba los pisos y sacudía los muebles, la pregunta no la dejaba en paz. 


"¿Quiere cogerse a mis hijas?" 


Se detuvo frente a la foto de Julieta y Martina que estaba en la mesa del living. Las dos sonreían, abrazadas, en un verano de hace un par de años. Julieta con su cabello rubio, sus ojos azules, sus pechos grandes que ya entonces asomaban bajo la remera. Martina con su cabello negro, su piel morena, su cuerpo esbelto y juvenil. Eran hermosas. Eran deseables. Johana lo sabía. Y también sabía que Mauro lo sabía. 


"No soy suficiente", se repitió, y apretó el trapo contra el pecho, sintiendo sus propios pezones endurecerse bajo la tela. "Quiere a mis hijas. Y yo... yo no voy a hacer nada para detenerlo". Porque en el fondo, en ese lugar oscuro y caliente que había descubierto en su interior, la idea de ver a Mauro con sus hijas la excitaba. La llenaba de una vergüenza ardiente que era casi tan placentera como el sexo mismo. 


"Qué puta", pensó. "Qué puta que soy". 


Y siguió limpiando. 


Mientras Johana se debatía entre la culpa y el deseo en la casa vacía, Mauro ya estaba ejecutando la siguiente fase de su plan. Sentado en su oficina, con el sol entrando por el ventanal que daba al estacionamiento de los camiones, sacó su celular y abrió las redes sociales. No era un hombre de esas cosas, no le gustaban las fotos ni los estados ni las historias efímeras. Pero para lo que tenía que hacer, era una herramienta necesaria. 


Buscó a Martina primero. La encontró rápido: su perfil era público, lleno de fotos con amigas, en boliches, en la playa. La chica se mostraba con ese descaro típico de los dieciocho, consciente de su belleza, jugando con la cámara. Mauro envió la solicitud de amistad y esperó. No esperó mucho. 


Martina estaba en el aula de la universidad, medio dormida sobre su carpeta, cuando el celular vibró en su bolsillo. Sacó el teléfono, desbloqueó la pantalla, y vio la notificación: "Mauro Insaurralde te ha enviado una solicitud de amistad". Abrió los ojos como platos. ¿El vecino? ¿El amigo de su padre? ¿El que le había regalado la orden de compra para el shopping? Aceptó la solicitud al instante, sin pensarlo dos veces. "Seguro me quiere regalar más ropa", pensó, con una sonrisa que iluminó su cara seria. Mauro se había convertido en su persona favorita. Era el único que le daba algo sin pedir nada a cambio. O eso creía ella. 


Después, Mauro buscó a Julieta. El perfil de Julieta era privado, con una foto de perfil donde salía ella sola, con un vestido elegante, el cabello rubio suelto sobre los hombros, un escote discreto pero sugerente. Mauro envió la solicitud y se recostó en su silla a esperar. Sabía que no iba a ser inmediato. Julieta era más desconfiada, más orgullosa. Había que darle tiempo. 


El celular de Julieta vibró en medio de una clase de literatura. Ella lo miró de reojo, sin que la profesora la viera, y vio la notificación. "Mauro Insaurralde te ha enviado una solicitud de amistad". Sus dedos se quedaron suspendidos sobre la pantalla. Sintió un calor repentino en el pecho, en las mejillas, en la entrepierna. "¿Qué piensa este viejo de mierda?", se dijo a sí misma, con una furia que no sabía bien de dónde venía. "Anoche me tocó la pierna con descaro, adelante de toda mi familia, y hoy me manda una solicitud como si nada". 


Guardó el celular en el bolsillo sin aceptar ni rechazar. Trató de concentrarse en la clase, pero no pudo. Las palabras de la profesora entraban por un oído y se iban por el otro. Su cabeza era un hervidero de imágenes: Mauro en la cama con su madre, Mauro embistiéndola, Mauro con la mano en su pierna, los dedos rozándole la tanga. Y esa solicitud, ahí, en su teléfono, como una invitación silenciosa. "No la voy a aceptar", se prometió. "No voy a darle el gusto". 


Pero a las dos de la tarde, en el recreo, sentada en el patio de la facultad con un café en la mano, abrió el celular, entró a la solicitud, y la aceptó. Con el pulgar tembloroso. "Me muero de ganas de que mire mis fotos", pensó, y el pensamiento la avergonzó tanto que casi guarda el teléfono otra vez. Pero no lo hizo. Se quedó mirando su propio perfil, las fotos que había subido: algunas en la playa, con un bikini que dejaba ver sus pechos grandes y su cintura estrecha; otras con vestidos de fiesta, escotadas, con el cabello rubio cayéndole sobre los hombros; una en particular, la más reciente, donde aparecía con una blusa blanca de botones, los dos primeros desabrochados, mostrando el inicio de sus senos. Había subido esa foto pensando en él, aunque no quisiera admitirlo. Y ahora él la iba a ver. El corazón le latía con fuerza. 


Mauro esperó un par de horas. Sabía que era cuestión de tiempo. Cuando vio que las dos solicitudes habían sido aceptadas, sonrió para sí. Las tenía. Ahora había que mover las fichas. 


Le escribió a Martina primero. Un mensaje simple, directo, sin vueltas: 


—Martina, ¿cómo andás, nena? El sábado que viene no vas a la universidad, ¿no? Yo tampoco voy a la oficina. Podríamos ir a ese shopping que te prometí, si querés. Las dos cosas, el de siempre y el exclusivo. 


Martina respondió a los pocos segundos. Estaba en el bondi, volviendo a su casa, y cuando vio el mensaje, una sonrisa enorme se dibujó en su cara. 


—¡Me encantaría, Mauro! ¿A qué hora pasás a buscarme? 


—A las once te parece. Así almorzamos allá. 


—Perfecto. Gracias, Mauro. Sos un genio. 


Mauro guardó el chat con Martina y abrió el de Julieta. Escribió con cuidado, midiendo cada palabra, cada coma, cada punto: 


—Julieta, hoy debemos vernos. Tenemos que hablar de lo que pasó anoche. 


Julieta estaba llegando a su casa cuando el mensaje llegó. Leyó la primera línea y murmuró para sí, con los dientes apretados: "Me da órdenes este viejo". "¿Lo que pasó? Muy claro lo que pasó", siguió pensando mientras subía los escalones de la entrada. "Me tocó la pierna mientras cenábamos, adelante de mamá, adelante de Martina. Me tocó como si fuera de su propiedad". Estaba enojada. Furiosa, incluso. Pero mientras más se enojaba, más sentía ese cosquilleo caliente entre las piernas. No entendía qué le pasaba. Nunca un hombre la había hecho sentir así. Nunca un hombre la había dominado con una simple mirada. 


Se sentó en el borde de su cama, con el celular en la mano, y se quedó mirando el mensaje. Su orgullo le decía que no respondiera, que lo ignorara, que lo mandara a la mierda. Pero su cuerpo, ese cuerpo traidor que se humedecía con solo pensar en él, le pedía otra cosa. Con un suspiro de derrota, escribió: 


—Sí, debemos hablar. 


La respuesta de Mauro fue inmediata: 


—Te espero en mi oficina. Ahora. 


Julieta quiso escribir "no puedo", "no voy", "buscate a otra". Pero sus dedos escribieron: "Dame la dirección". Mauro se la mandó al instante. Julieta se levantó de la cama, se miró al espejo. Llevaba puesto un jean ajustado de cintura alta que le marcaba las caderas, una remera blanca de mangas largas, sencilla, y zapatillas blancas. Era un atuendo normal, de universitaria, nada provocativo. Pero el jean le ajustaba en el culo redondo, y la remera, aunque no era escotada, se pegaba a sus pechos grandes marcando cada curva. Se miró y supo que estaba sensual. No lo había planeado. O quizás sí, en el fondo más oscuro de su ser, lo había planeado desde que se levantó. 


Salió de su cuarto, bajó las escaleras. Johana estaba en la cocina, preparando algo. 


—Me voy a lo de una amiga un rato, má —mintió Julieta, sin mirarla a los ojos. 


—Está bien, nena. ¿Volvés para la cena? —preguntó Johana. 


—Sí, sí. No tardo. 


Julieta salió, subió a su Clío viejo, y puso la dirección en el GPS. Mientras manejaba, su mente era un torbellino. "¿Qué voy a hacer?", se preguntaba. "¿Qué voy a decirle?". Pero en el fondo sabía que no iba a decirle nada. Iba a escucharlo. Iba a dejarse llevar. Como su madre. Como la puta que estaba descubriendo que era. 


La oficina de Mauro quedaba en una zona industrial, a unos veinte minutos de su casa. Julieta estacionó el auto frente a una nave grande, de paredes de chapa, con un cartel que decía "Transportes Insaurralde" en letras negras. Varios camiones de gran porte estaban estacionados en el playón, y algunos operarios caminaban de un lado a otro cargando planillas. Julieta se bajó del auto y caminó hacia la puerta que decía "Oficinas". Sintió las miradas de los camioneros sobre su cuerpo, sobre su culo marcado por el jean, sobre sus pechos que se movían con cada paso. Estaba acostumbrada a atraer miradas, desde los catorce años los hombres la miraban así. Pero hoy, esas miradas la hacían sentir diferente. Hoy, cada ojo que se posaba en ella le recordaba que se estaba metiendo en la boca del lobo. 


Empujó la puerta de vidrio y entró. La oficina era amplia, bien iluminada, con escritorios, computadoras, una recepcionista rubia de unos treinta años que levantó la vista y la miró con una sonrisa profesional. 


—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla? —preguntó la secretaria. 


—Vengo a ver a Mauro... a ver al señor Insaurralde —dijo Julieta, nerviosa. 


—Ah, sí. ¿Es usted Julieta, verdad? Me dijo que la esperaba. Pase, por aquí. Es la última puerta del fondo. 


Julieta caminó por el pasillo, pasando por oficinas con gente trabajando, hasta que llegó a la última puerta. De madera, maciza, con un letrado plateado que decía "Gerencia". Respiró hondo, tocó con los nudillos, y escuchó la voz grave de Mauro del otro lado. —Adelante.


Abrió la puerta y entró. La oficina de Mauro era grande, con un escritorio imponente de madera oscura, una silla giratoria de cuero negro, y un ventanal que daba al playón de los camiones. En las paredes, mapas de rutas y fotos de camiones. Y en el centro, sentado en la silla giratoria, estaba Mauro. Tenía la camisa blanca desabrochada en los dos primeros botones, mostrando el vello gris de su pecho y el inicio de su panza gorda. Estaba recostado, con los brazos apoyados en los apoyabrazos, como un rey en su trono. La miró con esos ojos negros de lobo, y una sonrisa lenta se dibujó en sus labios. 


—Hola, Julieta. Pasa, sentate —dijo, señalando una silla frente al escritorio. 


—Prefiero quedarme parada —respondió ella, con un tono más duro del que pretendía. 


—Como quieras. 


Hubo un silencio incómodo. Julieta cruzó los brazos sobre el pecho, una pose defensiva, y lo miró fijo. Mauro no se inmutó. La miró también, sin apuro, recorriéndola de arriba abajo con una calma que a ella le helaba la sangre. 


—Bueno —dijo Julieta, rompiendo el silencio—. ¿De qué querías hablar? 


Mauro se levantó despacio. Era un hombre grande, no alto pero sí ancho, con esa corpulencia de los que comen bien y duermen mejor. Se estiró, bostezó apenas, y caminó hacia la puerta. Julieta lo siguió con la mirada, sin entender. Mauro giró la llave de la cerradura. El ruido seco del pestillo al cerrarse resonó en la oficina como un disparo. 


—¿Qué hacés? —preguntó Julieta, con un hilo de voz. 


—Cerrar la puerta. No quiero que nos interrumpan —respondió Mauro, dando media vuelta y caminando hacia ella. Lentamente. Como un cazador que sabe que su presa ya no puede escapar. 


Julieta retrocedió un paso. Luego otro. Mauro avanzaba a la misma velocidad, manteniendo la distancia. Sus ojos negros no se apartaban de los azules de ella. 


—De tu atracción hacia mí —dijo Mauro, respondiendo a la pregunta que ella había hecho antes. 


Julieta sintió que se le incendiaban las mejillas. Retrocedió otro paso. 


—¿Mi atracción hacia vos? —dijo, con una risa nerviosa que sonó falsa—. Si vos me tocaste la pierna descaradamente anoche. Delante de toda mi familia. 


—Pero se notó que te gustó —respondió Mauro, sin dejar de avanzar—. Sino, no te hubieses quedado quieta. 


—¡Estás hablando pavadas! —exclamó Julieta, retrocediendo otro paso. 


Su espalda chocó contra la pared. Literalmente. No tenía más espacio para retroceder. Quedó atrapada entre la pared fría y el cuerpo de Mauro, que ahora estaba a apenas un metro de distancia. 


—Yo sé que te coges a mi mamá —dijo Julieta, lanzando la frase como un escudo, como un intento desesperado de poner distancia entre ellos. Pero sus palabras no tuvieron el efecto que esperaba. Mauro sonrió. Una sonrisa de lobo, hambrienta, segura. 


—Y también querés que te coja a vos. ¿Verdad? 


—No —respondió Julieta, pero su voz tembló—. Eres el macho de mi mamá. 


Mauro dio el último paso. Ahora estaba tan cerca que Julieta podía sentir el calor de su cuerpo, podía oler su perfume, una mezcla de madera y cuero y algo más, algo animal. Vio cómo sus labios se acercaban, y sin poder evitarlo, humedeció los suyos con la lengua. 


—Eres igual que tu mamá —susurró Mauro, y la besó. 


El beso fue intenso, profundo, avasallante. La lengua de Mauro invadió la boca de Julieta sin pedir permiso, explorando, dominando. Y Julieta, que había puesto las manos en el pecho de Mauro con la intención de empujarlo, no hizo fuerza. Sus dedos se aferraron a la tela de la camisa, pero no para apartarlo, sino para no caerse. Porque las piernas le temblaban. Porque todo su cuerpo se derretía. Porque el beso era tan bueno, tan húmedo, tan dueño, que se olvidó de su madre, de su hermana, de todo. 


Devolvió el beso. Con la misma intensidad, con la misma desesperación. Abrió la boca, dejó que la lengua de él jugara con la suya, y gimió. Un gemido bajo, apenas audible, que se perdió en la boca de Mauro. 


Él, sintiendo que ella se entregaba, llevó las manos a su remera blanca. La agarró por abajo, despacio, y comenzó a subirla. La tela subió, dejando al descubierto el vientre liso y plano de Julieta, su piel blanca, su ombligo pequeño. Subió un poco más, y los pechos grandes de Julieta quedaron al descubierto, enmarcados por un corpiño de encaje blanco, sencillo pero hermoso. Mauro separó sus labios de los de ella apenas un instante, solo para mirar. Suspiró, con los ojos inyectados de pasión, y luego volvió a besarla mientras sus manos le quitaban la remera por completo. La prenda blanca cayó al piso. 


Julieta quedó en corpiño y jean, apoyada contra la pared, con los labios hinchados y los ojos cerrados. No podía creer lo que estaba pasando. No podía creer que se lo estuviera permitiendo. Pero su cuerpo no quería que parara. Su cuerpo quería más. 


Mauro desabrochó el corpiño por detrás con una mano, con una habilidad que hablaba de mucha práctica. La prenda cayó, y los pechos de Julieta se liberaron. Eran grandes, redondos, firmes, con los pezones rosados ya erectos, duros como piedritas. Mauro los miró con devoción, con hambre, y luego bajó la cabeza. Sin soltar el cuello de Julieta —una mano grande envuelta en la nuca, un gesto de propiedad que a ella se le antojó eléctrico— pasó su lengua por uno de esos pezones. Lo lamió despacio, en círculos, mientras sus dedos jugaban con el otro. Julieta gimió. Fue un gemido agudo, sorprendido, que se escapó de su garganta sin permiso. 


—Callate, perrita —murmuró Mauro contra su piel, y ella obedeció. 


Él siguió lamiendo sus pechos, chupándolos, mordiéndolos suavemente. Pasó de uno al otro, sin apuro, disfrutando cada centímetro de esa piel joven y tersa. Luego bajó, con la lengua, por el centro de su pecho, por su vientre plano, lamiendo el camino hacia abajo. Llegó al botón del jean. Lo desabrochó con los dientes, mientras sus manos bajaban el cierre. Julieta sintió cómo el jean se aflojaba, cómo Mauro se lo bajaba a los tirones, junto con la tanga de algodón blanco que llevaba debajo. Las dos prendas cayeron a sus pies, y Julieta quedó completamente desnuda. 


Desnuda contra la pared de la oficina de su amante. Porque ya no podía llamarlo de otra manera. Mauro era su amante ahora. O lo sería en segundos. 


Él se puso de pie y la miró. La recorrió con la mirada como quien recorre un paisaje que ha soñado durante años. Su cabello rubio claro, desprolijo ya, cayéndole sobre los hombros. Sus ojos azules, vidriosos de deseo. Sus pechos grandes, rosados por los mordiscos. Su cintura estrecha, sus caderas anchas, el triángulo de vello rubio entre sus piernas, ya húmedo, brillante. 


—Pedímelo —dijo Mauro, con la voz ronca—. Pedíme que te coja. 


Julieta abrió la boca. Las palabras salieron solas, entre jadeos, en un susurro que era casi una súplica: 


—Cogeme... cogeme como lo hacés con mamá. 


Mauro sonrió. La agarró por los muslos, la levantó como si pesara nada, y ella automáticamente enganchó sus piernas alrededor de su cintura. La apoyó contra la pared, la sostuvo con una mano mientras con la otra se bajaba el pantalón apenas lo necesario. Su miembro erecto, enorme, rojo, se liberó. Mauro lo guió hacia la entrada de Julieta, rozó su glande contra su humedad, y entonces, sin más preámbulos, la penetró. 


Entró despacio. Julieta sintió cómo su interior se abría para recibirlo, cómo cada centímetro de ese miembro la llenaba de una forma que ningún hombre la había llenado antes. Era grueso, era largo, era perfecto. Cuando estuvo completamente adentro, cuando sus testículos tocaron el cuerpo de Julieta, ella soltó un gemido largo y ahogado. Estaba llena. Completamente llena. 


Mauro comenzó a moverse. Al principio, despacio, disfrutando cada centímetro, sacando casi todo el miembro y volviéndolo a meter con un golpe seco. Julieta se aferraba a su cuello, a sus hombros, a su panza gorda, a cualquier cosa que la anclara a la realidad. Porque lo que estaba sintiendo era demasiado intenso. Las embestidas se fueron haciendo más rápidas, más profundas. Julieta sentía cómo la pared golpeteaba contra su espalda al ritmo de los empujones de Mauro. 


—Más despacio... por favor, más despacio —pidió ella, con la voz rota. 


Pero mientras decía eso, sus caderas se movían solas, buscando más, queriendo más. Sus palabras pedían una cosa, pero su cuerpo pedía la contraria. Mauro lo notó, lo sintió en la forma en que ella apretaba las piernas alrededor de su cintura, en la forma en que sus dedos se clavaban en su espalda. 


—Tu boca dice despacio, pero tu concha me pide más duro —dijo Mauro, con una sonrisa—. Sos igual que tu mamá. Te mojás más que ella. 


Esas palabras, lejos de ofenderla, la encendieron todavía más. Julieta sintió cómo se humedecía aún más, cómo todo su cuerpo se preparaba para algo grande. Mauro la bajó de la pared, la giró sin sacársela, y la puso de espaldas. Julieta quedó con las manos apoyadas en la pared, el culo redondo y blanco ofrecido, la espalda arqueada. Mauro la agarró de las caderas y volvió a entrar. Esta vez más fuerte, más rápido. Y mientras la embestía, comenzó a nalguearla. 


Cada nalgada acompañaba una embestida. El ruido de la mano de Mauro contra la carne blanda de Julieta resonaba en la oficina mezclado con los gemidos de ella y los gruñidos de él. A Julieta nunca la habían tratado así. Nunca la habían dominado de esa forma. Nunca la habían hecho sentir tan mujer, tan hembra, tan puta. El orgasmo creció dentro de ella como una ola gigante, imparable, y cuando finalmente explotó, gritó. 


Fue un grito largo, agudo, desgarrador, que salió de lo más profundo de su ser. Un grito que ella no sabía que podía gritar. "¡Aaaah, Mauro, aaah...!", se escuchó decir, mientras su cuerpo se sacudía en espasmos violentos y sus manos resbalaban por la pared. 


Mauro sintió cómo se apretaba alrededor de él, cómo ese orgasmo la hacía vibrar entera, y eso lo llevó al borde. Agarró su cintura con más fuerza, la inmovilizó, y con unas embestidas bestiales, sintió que llegaba. 


—Te voy a llenar de leche, perrita —gruñó. 


Y no tuvo que esperar. Un segundo después, un chorro caliente, espeso, inundó el interior de Julieta. Ella sintió ese calor y eso la hizo temblar otra vez. 


Mauro se quedó quieto un momento, jadeando, con el miembro aún adentro. Luego se retiró, despacio, y se dejó caer sentado sobre su escritorio de madera oscura. Estaba desnudo de la cintura para abajo, la camisa abierta, la panza gorda brillando de sudor. Miraba a Julieta, que seguía apoyada contra la pared, recuperando el aliento, con las piernas temblorosas. 


El cuerpo de Julieta era un poema. Su cabello rubio claro estaba despeinado, enmarañado, cayéndole sobre la cara. Sus pechos grandes subían y bajaban al ritmo de su respiración agitada, los pezones aún duros, aún rosados por los mordiscos. Su piel blanca estaba enrojecida en las caderas, donde Mauro la había agarrado con fuerza, y en las nalgas, donde las nalgadas habían dejado marcas. Entre sus piernas, el vello rubio estaba húmedo, brillante, y un hilo blanco comenzaba a escurrir por su muslo. La leche de Mauro. Saliendo de ella. 


"Soy una puta sin corazón", pensó Julieta mientras la realidad comenzaba a caer sobre ella como un balde de agua fría. "Como me voy a dejar coger por el macho de mamá". Se enderezó, con un esfuerzo enorme, y empezó a buscar su ropa por el piso. La remera, el corpiño, el jean, la tanga. Se vistió rápido, con movimientos bruscos, sin mirar a Mauro. Él la seguía con la mirada, apoyado en el escritorio, con una sonrisa que le helaba la sangre. 


Cuando terminó de vestirse, se giró hacia él. Trató de poner la cara más seria que pudo, aunque sus mejillas aún ardían y sus labios aún estaban hinchados por los besos. 


—Esto fue un error —dijo, con la voz más firme de la que se sentía capaz—. Y no se va a volver a repetir. 


Mauro se rió. Una risa baja, gutural, que sonó más a gruñido que a carcajada. 


—Perrita —dijo, con una calma que a Julieta le heló la sangre—. Nos vemos esta noche en tu casa. 


Julieta sintió que la furia le subía por el pecho. Abrió la boca para insultarlo, para decirle que no iba a pasar, que se fuera a la mierda, que no era su perra ni su nada. Pero las palabras no salieron. En lugar de eso, giró sobre sus talones, caminó hacia la puerta, la destrabó con manos temblorosas, y salió. Caminó por el pasillo de la oficina con la cabeza gacha, evitando la mirada de la secretaria, evitando la mirada de todos. Salió al estacionamiento, subió a su Clío viejo, y se sentó detrás del volante sin arrancar el auto. Apoyó la frente contra el volante y respiró hondo. 


Su cabello rubio claro estaba un desastre. Se lo alisó con los dedos, pero seguía desprolijo, con ondas que no eran las de siempre. Se miró en el espejo retrovisor: las mejillas coloradas, los labios hinchados, los ojos brillantes. Parecía recién cogida. Porque lo estaba. 


"¿Qué hice?", se preguntó. "¿Qué mierda hice?". 


Arrancó el auto y manejó a casa en silencio, con el corazón latiéndole en la garganta. 


Mientras tanto, en la oficina, Mauro se había puesto de pie. Se subió el pantalón, se ajustó el cinturón, se abrochó la camisa. Volvió a su silla giratoria, tomó el celular, y le escribió a Johana: 


—Esta noche prepará una cena especial. Tengo algo que anunciar. 


El mensaje llegó a Johana mientras ella terminaba de limpiar la cocina. Leyó el texto y sintió un escalofrío. "¿Qué tendrá que anunciar?", pensó. Y en el fondo de su ser, supo la respuesta. Pero no quiso pensar en eso. Solo asintió, como si Mauro pudiera verla, y se puso a pensar en el menú. 


Mauro guardó el celular, apagó la computadora, y se recostó en su silla. Olía a Julieta. A su perfume barato, a su sudor, a su sexo. Cerró los ojos y sonrió. Julieta estaba domada. Le había costado menos de lo que pensaba. Ahora solo faltaba Martina. La más joven, la más rebelde, la más frágil. La que se creía dura pero se derretía con una palabra amable. El sábado iban a ir de compras. Y Mauro sabía exactamente lo que iba a hacer. 


Abrió los ojos, miró el techo de su oficina, y suspiró. El plan avanzaba. Las tres mujeres, poco a poco, estaban cayendo en su red. Y ninguna de ellas sabía todavía el infierno y el paraíso que les esperaba.

 


Continuara... 

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