La mañana en el viñedo era fresca, con ese olor a tierra húmeda y uva temprana que a Luis siempre le había parecido el perfume del paraíso. Pero desde hacía dos semanas, el paraíso tenía otro aroma. Uno más dulce, más peligroso. Uno que no debía oler.
Desde aquella noche —esa noche que Alba no mencionó jamás y que él fingió no haber notado—, algo se había quebrado en la dinámica de la casa. No era un quiebre ruidoso, de esos que se anuncian con portazos y gritos. Era un quiebre silencioso, subterráneo, como una fisura en los cimientos que va creciendo sin que nadie la vea hasta que un día el piso se hunde.
Alba ya no era la hija de Mabel. No del todo. Seguía siéndolo en la mesa, durante las cenas, cuando hablaba de sus exámenes de anatomía o de la coreografía que estaba preparando para fin de año. Pero en las miradas, en los silencios, en la forma en que sus dedos rozaban la taza de té cuando él se la alcanzaba, ya no había una niña. Había una mujer. Y Luis lo sabía. Lo sabía con la misma certeza con la que sabía que eso estaba mal.
Mabel trabajaba de tarde. Salía a la una y volvía a las ocho, a tiempo para preparar la cena. Alba había ajustado sus horarios con una precisión casi quirúrgica: danza a la mañana bien temprano, facultad hasta el mediodía, y las tardes libres. Libres para estar en casa. Libres para estar con él.
Al principio Luis se obligaba a salir. Se iba al viñedo, se quedaba hasta tarde entre las hileras de Malbec, hablando con los peones, inventando tareas que no existían. Pero el cuerpo le pedía volver. Las piernas le pesaban como plomo cuando intentaba alejarse. Y entonces, a eso de las tres, cuando el sol empezaba a pegar fuerte sobre el techo de tejas, él ya estaba otra vez en el comedor, con el mate en la mano y la mirada perdida en la puerta del pasillo, esperando. Maldita espera.
Esa tarde, el calor era seco, de esos que anuncian tormenta eléctrica para la noche. Luis estaba sentado a la mesa del comedor, frente a la ventana que daba al lago. Tenía el termo apoyado en el piso, la calabaza en la mano izquierda, y los ojos fijos en el agua quieta. Pero no veía el lago. Veía imágenes. Recuerdos. El cuerpo de Mabel arqueándose bajo el suyo. Y de fondo, como una sombra que se filtraba sin permiso, la sensación de que alguien los miraba. La rendija de la puerta. La respiración contenida en el pasillo oscuro.
"No lo soñaste", se dijo a sí mismo por enésima vez. "Ella estuvo ahí. Vio todo".
Y sin embargo, ninguna palabra. Ningún gesto. Solo miradas más largas. Solo silencios más densos.
El chirrido de las maderas del pasillo lo sacó de su ensimismamiento. Giró la cabeza y lo que vio le secó la boca al instante.
Alba avanzaba hacia el comedor con la lentitud de quien ensaya una coreografía. Llevaba puesta una remera larga, blanca, de algodón fino, que apenas le cubría el nacimiento de los muslos. Debajo, solo una tanga. Una tira mínima de tela oscura que se adivinaba bajo el blanco traslúcido de la remera. Las piernas largas y torneadas por la danza quedaban completamente expuestas, bronceadas, suaves. El pelo rubio suelto le caía sobre los hombros y la espalda, y cuando se detuvo frente a él, la luz de la ventana la envolvió como un halo.
Luis sintió que la garganta se le cerraba. El mate quedó suspendido a medio camino. Sus ojos, traidores, recorrieron el cuerpo de Alba sin pedir permiso: los pies descalzos sobre las baldosas de cerámica, los tobillos finos, las pantorrillas esculpidas, las rodillas perfectas, los muslos que se rozaban apenas al caminar, el borde de la remera que marcaba justo donde empezaban sus nalgas.
—¿Me veo mal? —preguntó Alba. Su voz era inocente, pero la curva de sus labios no. Esa sonrisa chiquita, casi imperceptible, que jugaba en la comisura de su boca, lo desarmaba.
—No —respondió Luis. La voz le salió ronca. Tosió para aclararse la garganta—. Pero... ¿no tenés poca ropa?
—No —Alba ladeó la cabeza, y ese gesto aniñado contrastó de un modo obsceno con la desnudez de sus piernas—. ¿Te molesta?
Luis la miró a los ojos. Esos ojos claros que ya no lo miraban como al novio de mamá. Lo miraban como a un hombre. Como a una presa, quizás. O como a un depredador al que se le ofrece el cuello.
—Para nada —dijo, y fue la primera mentira de la tarde.
Alba se sentó a su lado. La silla quedó demasiado cerca. Su rodilla rozó la de él bajo la mesa, y Luis sintió el contacto como una descarga eléctrica que le subió por el muslo y se le anudó en la entrepierna. Ella estiró el brazo para tomar el mate que él le ofrecía, y la remera se le subió un par de centímetros, mostrando el borde de la tanga oscura contra la piel tostada de su cadera.
Luis desvió la mirada hacia el lago. La volvió a Alba. La desvió otra vez. Sus dedos se aferraban a la calabaza como si fuera un ancla en medio de una tormenta. Cebó otro mate. Se lo pasó. Los dedos de ella rozaron los suyos. Se quedaron ahí un segundo más de lo necesario.
—Está rico hoy —dijo Alba.
—Es la misma yerba de siempre.
—No sé. Hoy me sabe distinto.
Tomó el mate. Sus labios se cerraron sobre la bombilla de alpaca, y Luis se descubrió mirando cómo se fruncían, cómo se humedecían, cómo soltaban el metal con una lentitud insoportable. La bombilla quedó brillante, mojada. Alba se la devolvió y él, sin pensar, apoyó los labios exactamente donde habían estado los de ella.
"¿Qué estás haciendo, Luis? Es una nena. Es la hija de Mabel. La hija de la mujer que amás".
Pero el pensamiento sonó hueco, como un disco rayado que ya no convence a nadie.
—Te gusta lo que ves —dijo Alba. No era una pregunta. Era una constatación. Sus ojos claros lo taladraban, y en ellos había un desafío nuevo, una audacia que no le conocía.
Luis dejó el mate sobre la mesa. Giró el torso hacia ella. La miró de frente, sin esconderse. Si iban a jugar este juego, que fuera con las cartas sobre la mesa. Con sus cuarenta y tres años a cuestas, con sus canas en las sienes, con su cara que nunca había sido linda, solo imponente. La miró y vio que ella no se amedrentaba. Al contrario: se inclinó hacia adelante, apoyó los codos en la mesa, y la remera se le entreabrió apenas, mostrando el nacimiento de los pechos pequeños y firmes.
—No juegues con fuego —dijo Luis, y su voz ya no era la del novio de mamá. Era la del dueño del viñedo, la del hombre que había construido un imperio con pura voluntad. Una voz grave, densa, cargada de advertencia—. Te podés quemar.
Alba sostuvo la mirada. No pestañeó. La respiración se le aceleró un poco, y Luis vio cómo el pecho le subía y bajaba bajo la tela blanca. Los pezones, invisibles hasta entonces, se marcaron de golpe, dos puntas duras que tensaban el algodón.
—La verdad —dijo ella, y su voz salió en un susurro—, me quiero quemar.
Fueron cuatro palabras. Cuatro palabras que cayeron como nafta sobre una brasa. Luis sintió que algo se rompía adentro, un dique de contención que había estado aguantando con uñas y dientes durante meses. El deseo, la culpa, la obsesión, las noches de insomnio, las mañanas evitándola, las tardes buscándola sin admitirlo. Todo eso estalló en un solo segundo de lucidez aterradora.
Se abalanzó sobre ella como un animal. La silla cayó hacia atrás con un estruendo. Sus manos encontraron la cintura de Alba, la levantaron en vilo, la sentaron sobre la mesa del comedor. Ella dejó escapar un gritito ahogado, más de sorpresa que de miedo, y sus piernas se abrieron instintivamente para recibirlo. La remera blanca se arrugó entre los dedos de Luis, que subieron por los muslos desnudos, por las caderas suaves, hasta encontrar el borde de la tanga. Una tira miserable, un hilo dental que cedió con un solo tirón. La tela se rompió con un chasquido y Alba jadeó, los ojos muy abiertos, las manos aferradas a los hombros de él.
—¿Esto es lo que querías? —gruñó Luis contra su oído, mientras sus dedos bajaban el cierre del pantalón con torpeza, con urgencia.
—Sí —respondió ella, y la palabra salió como un gemido.
Luis se liberó del pantalón. Su miembro, duro y grueso, quedó expuesto al aire caliente del comedor. Alba bajó la mirada y sus ojos claros se nublaron con algo parecido al vértigo. La mano de él se posó en su nuca, le echó la cabeza hacia atrás, y la boca de Luis se estrelló contra la suya. No fue un beso tierno. Fue un beso hambriento, desesperado, lleno de dientes y de lenguas y de meses de represión acumulada. Le mordió el labio inferior. Se lo chupó. Su lengua entró en la boca de Alba y encontró la de ella, que la recibió con una sumisión ansiosa, con un gemido que vibró en la garganta de ambos.
La penetró de una sola embestida.
Alba gritó. Un grito real, agudo, que rebotó contra las paredes del comedor y se fue a morir al lago. Luis sintió que su carne se abría paso a través de una resistencia estrecha, caliente, empapada y sin embargo casi virginal. Ella era más chica que Mabel, más apretada, y el placer de sentirla alrededor de su miembro fue tan intenso que por un segundo temió venirse ahí mismo. Pero no lo hizo. Se quedó quieto, enterrado hasta el fondo, dándole tiempo a ella para que se acostumbrara a esa invasión repentina.
—Dios... —gimió Alba, la cabeza echada hacia atrás, la garganta expuesta—. Es... es el más grande que sentí en mi vida.
Esas palabras fueron como gasolina. Luis empezó a moverse. Al principio despacio, midiendo el ritmo, sintiendo cómo las paredes internas de Alba se ajustaban a su miembro como un guante vivo. Pero la mesura duró poco. La bestia que llevaba dentro despertó por completo, y las embestidas se volvieron más rápidas, más profundas, más brutales.
La mesa crujía bajo el peso de los dos cuerpos. El termo rodó por el piso con un golpe metálico, y el mate quedó volcado sobre la madera, derramando un charco verde que nadie se molestó en limpiar. Luis agarraba las caderas de Alba con ambas manos, los dedos clavados en la piel suave que tanto había mirado sin atreverse a tocar. Ahora la tocaba. Ahora la tenía. Y era mejor que cualquier fantasía.
—Miráme —le ordenó, con la voz ronca.
Alba obedeció. Levantó los ojos claros y se encontró con los de él, oscuros, devoradores. Sostener la mirada mientras la penetraba le daba a todo una intimidad nueva, casi insoportable. Ella no se escondía. No cerraba los ojos como Mabel. Lo miraba de frente, la boca entreabierta, los labios hinchados por el beso, las mejillas encendidas de rubor y de calor.
—Así... —susurró ella—. Así, no pares.
Luis no paró. Al contrario. La tomó de la cintura y la acercó más al borde de la mesa, y el ángulo de penetración cambió, se hizo más hondo, más directo. Alba soltó un gemido gutural, ronco, y sus piernas se enroscaron alrededor de la cintura de él, los tobillos cruzados sobre sus nalgas, atrayéndolo más adentro. La remera blanca se le había subido hasta las costillas y dejaba al descubierto su vientre plano, su ombligo pequeño, sus pechos que temblaban con cada envión, apenas contenidos, los pezones rozando la tela y marcándose obscenamente.
Luis bajó la cabeza y mordió su cuello. Alba arqueó la espalda y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Los dientes de él recorrieron la piel salada, bajaron hasta la clavícula, chuparon, dejaron una marca. Después, con una mano, le subió la remera hasta el cuello y liberó sus pechos. Eran chicos, firmes, con pezones rosados y duros como piedrecitas. La boca de Luis se cerró sobre uno de ellos y Alba gimió, las manos enredándose en el pelo oscuro de él, apretándolo contra su pecho.
—Más fuerte —pidió ella, y él obedeció.
La lengua de Luis trabajaba sobre el pezón, lo lamía, lo mordía con suavidad, lo soltaba y volvía a tomarlo. Mientras tanto, sus caderas no aflojaban el ritmo. Era un vaivén constante, hipnótico, el sonido húmedo de la carne encontrándose llenaba el comedor. La madera de la mesa protestaba con un quejido rítmico que acompañaba cada embestida. Afuera, los pájaros seguían cantando, ajenos a todo.
—Date vuelta —murmuró Luis contra su piel.
La separó de la mesa, la giró en el aire como si pesara nada —y pesaba nada, era una bailarina, un pajarito— y la puso de espaldas contra su pecho. Alba apoyó las manos sobre la mesa y arqueó la columna, ofreciéndole la vista de sus nalgas perfectas, redondas, separadas apenas por el surco que la tanga rota ya no cubría. Luis admiró esa imagen un instante: la muchacha doblada sobre la mesa del comedor, las piernas abiertas, el sexo brillante de humedad, el cuerpo tenso de expectativa.
Entró de nuevo. Una sola estocada desde atrás que la hizo gritar más fuerte que antes. Sus manos se aferraron al borde de la mesa mientras las de Luis se clavaban en sus caderas con fuerza, guiando el movimiento, marcando el ritmo. Ahora las embestidas eran diferentes: más profundas, más animales. El sonido que hacían sus cuerpos al chocar era obsceno, un chasquido húmedo que se repetía una y otra vez.
—¿Te gusta? —le preguntó Luis al oído, inclinándose sobre su espalda.
—Sí... —la voz de Alba salió quebrada, temblorosa—. Me encanta. Me vuelve loca.
Él le tomó el pelo rubio con una mano y tiró suavemente hacia atrás, obligándola a arquearse más. La besó en la nuca, en la columna, en los omóplatos que asomaban bajo la piel tensa. Su lengua trazó un camino de saliva desde la base del cuello hasta la cintura, y Alba se estremecía con cada lamida, los músculos de su espalda danzando bajo la piel.
Las nalgas de ella rebotaban contra el vientre de Luis con un ritmo que se volvía cada vez más frenético. El sudor perlaba la frente de él, le corría por las sienes, le caía sobre la espalda de Alba mezclándose con el de ella. La mesa se movía, raspaba el piso con un chirrido agudo. Los objetos tambaleaban: la azucarera, el posamates de algarrobo, la pava eléctrica que por suerte estaba desenchufada.
Luis bajó una mano del vientre de Alba y buscó entre sus piernas. Sus dedos encontraron el clítoris hinchado, resbaladizo de humedad, y empezaron a frotarlo en círculos mientras seguía penetrándola. Alba enloqueció. Empezó a gemir sin control, la cabeza colgando, el pelo rozando la mesa revuelta. Sus caderas se movían solas, buscando más, pidiendo más.
—Por favor —rogó, sin saber qué pedía.
—Pedímelo bien —dijo él, y su voz era una mezcla de ruego y de orden.
—Por favor, Luis. Más fuerte. Hacémelo más fuerte.
Él le dio lo que pedía. Las embestidas se volvieron casi violentas, un castigo dulce que ella recibía con la espalda arqueada y los ojos apretados. Los dedos de Luis sobre su clítoris no aflojaban, seguían ese movimiento circular que la llevaba al borde, que la dejaba ahí suspendida, temblando. El pecho de él aplastado contra su espalda, el vello canoso rozando su piel suave, la respiración caliente en su oreja.
—Estás temblando —murmuró Luis, y había asombro en su voz. Asombro de tenerla así, de sentirla así.
—Voy a... voy a...
—No todavía —ordenó él—. Conmigo.
La sujetó por las caderas con más fuerza y cambió el ritmo: ahora eran embestidas cortas, profundas, que golpeaban justo en ese punto que la hacía ver estrellas. Alba ya no pensaba. Ya no existía la culpa, ni Mabel, ni la casa, ni el lago. Solo existía ese hombre adentro suyo, esas manos que la manipulaban como a una marioneta de placer, esa respiración animal en su nuca.
El orgasmo les llegó casi al mismo tiempo. Luis sintió que el cuerpo de Alba se convulsionaba alrededor de su miembro, que sus paredes internas lo apretaban en espasmos rítmicos, y eso fue suficiente para que él también se derramara, gruñendo contra su hombro, los dientes clavados en la piel de ella, las manos aferradas a sus caderas como si temiera que desapareciera. Alba gritó el nombre de él —"Luis, Luis, Luis"— como una letanía, las uñas arañando la madera de la mesa, las piernas temblándole sin control. El orgasmo la sacudió en oleadas, una tras otra, mientras él seguía moviéndose adentro, estirando el placer hasta hacerlo casi insoportable.
Después, el silencio.
Solo se escuchaban las respiraciones agitadas de ambos, entrecortadas, tratando de volver a un ritmo normal. Luis seguía adentro de ella, apoyado sobre su espalda, los ojos cerrados, el sudor enfriándose sobre su frente. Alba tenía la mejilla contra la mesa, los brazos flojos a los costados, y una sonrisa pequeña, apenas visible, curvaba sus labios hinchados.
—Alba... —empezó Luis, sin saber qué decir.
Y entonces sonó.
El ruido de una llave entrando en la cerradura de la puerta principal. El clic metálico del pestillo corriéndose. El crujido de la madera al abrirse.
Los dos se separaron como si un rayo los hubiera partido. Alba rodó por la mesa, agarró la remera arrugada y la tanga rota —lo que quedaba de ella— y salió corriendo por el pasillo. Descalza. Desnuda. El corazón golpeándole en el pecho como un tambor de guerra.
Luis se subió el pantalón en tres movimientos torpes. Se pasó una mano por el pelo revuelto. Respiró hondo una, dos veces. El charco de yerba seguía sobre la mesa, y la silla caída en el piso era un testimonio mudo de lo que acababa de pasar. La levantó. Se alisó la camisa.
Mabel apareció en la puerta del comedor con dos bolsas de compras en las manos y una sonrisa cansada pero genuina. Traía puesto un vestido floreado que le marcaba la cintura ancha, los pechos generosos. Un mechón canoso le caía sobre los ojos oscuros.
—Hola, amor —dijo Luis, y su voz sonó casi normal. Casi.
—Hola, querido —Mabel dejó las bolsas sobre la mesada de la cocina y se acercó a darle un beso en la mejilla—. ¿Todo bien? Te noto raro.
—Cansado —respondió él—. Mucho sol.
—Siempre lo mismo con vos —ella sonrió, sin sospechar nada, y le dio una palmadita en el pecho—. Voy a guardar las cosas y preparo la cena. ¿Alba está en su cuarto?
—Sí —dijo Luis—. Está en su cuarto.
Mabel se fue a la cocina tarareando una cumbia vieja, ajena por completo al olor a sexo que todavía flotaba en el comedor, a la yerba derramada, al sudor frío que le corría por la espalda a su hombre.
Luis se quedó de pie junto a la mesa. Cerró los ojos. Y, por primera vez en años, no supo quién era.
Continuara...

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