La casa de Luis se había convertido en un tablero de ajedrez donde cada movimiento estaba calculado, cada pieza se desplazaba con la precisión de un ballet ensayado en silencio. Mabel seguía su rutina sin advertir nada: salía a la una, volvía a las ocho, preparaba la cena, hacía el amor con Luis por las noches —porque sí, seguían haciéndolo, y eso agregaba otra capa de complejidad a todo— y se dormía abrazada a él con la confianza ciega de quien se siente amada. Y Luis la amaba. Eso era lo peor. La amaba de verdad, con un amor que no había menguado, que quizás incluso se había vuelto más intenso desde que la culpa lo carcomía. Pero también deseaba a Alba. La deseaba con una voracidad que no conocía, con un hambre que no se saciaba con nada.
Y Alba, por su parte, había aprendido a compartimentar su vida como si fueran cajones separados. En uno guardaba a la hija aplicada, la universitaria de primer año, la bailarina clásica que se deslizaba por el living en puntas de pie. En otro guardaba a la amante de Luis. Eran dos personas distintas que habitaban el mismo cuerpo, y la frontera entre ambas se volvía cada día más difusa.
Ya no lloraba. Las lágrimas de culpa de las primeras semanas se habían secado, reemplazadas por una aceptación turbia, casi resignada. "Esto es lo que hay", se decía. "Esto es lo que soy". Y cuando se miraba al espejo, ya no veía a una niña buena. Veía a una mujer que se acostaba con el novio de su madre y no podía —no quería— dejar de hacerlo.
Las tardes a solas se habían vuelto un ritual. Luis volvía del viñedo a las tres, se duchaba, y después la buscaba por la casa. A veces ella estaba en el living, estirando los músculos sobre una colchoneta, vestida con mallas de danza que le marcaban cada curva. Otras veces estaba en la cocina, preparándose un té, y él llegaba por detrás y le apoyaba las manos en la cintura sin decir nada. Otras, como esa tarde, ella estaba en su cuarto.
El cuarto de Alba era un universo propio dentro de la casa. Paredes pintadas de un celeste suave, una cama de una plaza con sábanas blancas, un escritorio lleno de apuntes de anatomía y una barra de ballet portátil apoyada contra el ropero. En la pared, fotos de compañías de danza, recortes de revistas, una lámina del cuerpo humano con todos los músculos señalados. Olía a sahumerios de sándalo y a shampoo de manzana.
Esa tarde, Alba estaba recostada en la cama, de espaldas sobre las sábanas revueltas, con la cabeza apoyada sobre dos almohadones. Llevaba puesto un conjunto de ropa interior color marfil, casi beige, que contrastaba suavemente con su piel tostada. El corpiño era de encaje, sin relleno, y sus pechos pequeños llenaban las copas con una naturalidad que volvía loco a Luis. La bombacha era mínima, una tanga del mismo encaje que se perdía entre sus nalgas y dejaba al descubierto casi toda la cadera. Tenía las piernas extendidas y los pies descalzos, uno cruzado sobre el otro, y el pelo rubio desparramado sobre la almohada como un abanico de seda.
La puerta del cuarto estaba entreabierta. No hacía falta cerrarla. Mabel estaba en la ciudad, a cuarenta kilómetros de ahí, atendiendo su trabajo. Estaban solos. Eran los dueños de la tarde.
Luis apareció en el umbral y se quedó un instante mirándola. Conocía ese cuerpo de memoria: cada lunar, cada pliegue, cada centímetro de piel que había besado y mordido en las últimas semanas. Pero cada vez que la veía así, semidesnuda y vulnerable, algo en su pecho se encogía. No era solo deseo. Era algo más oscuro, más complejo. Un sentimiento que no se atrevía a nombrar.
—Tenemos que hablar —dijo.
Su voz sonó grave, cansada. Alba giró la cabeza hacia él sin sobresaltarse. Lo había sentido llegar. Siempre lo sentía: había desarrollado un sexto sentido para detectar su presencia, el sonido de sus pasos sobre las baldosas, el olor de su jabón, la forma en que el aire de la casa cambiaba cuando él entraba.
—Sí —respondió ella, incorporándose apenas, apoyándose en los codos—. Debemos.
Luis entró al cuarto y cerró la puerta detrás de sí. El clic del pestillo sonó como un disparo amortiguado. Se quedó de pie, la espalda apoyada contra la madera, los brazos cruzados sobre el pecho. Llevaba una camisa de trabajo, arremangada hasta los codos, y un pantalón de gabardina manchado de tierra en las rodillas. El pelo oscuro, salpicado de canas, estaba revuelto por el viento del viñedo.
—Esto no puede seguir así —dijo él, y la frase le costó. Las palabras le raspaban la garganta como piedras—. Sin hablar. Sin ponerle nombre a nada. Como dos animales.
—¿Y qué nombre querés ponerle? —Alba se sentó del todo, abrazándose las rodillas contra el pecho. En esa postura parecía más chica, más frágil. Una nena jugando a ser mujer.
—No sé —Luis se pasó una mano por la cara—. Pero sé que no quiero perder a tu madre.
El nombre de Mabel cayó entre ellos como una piedra en un estanque. Las ondas se expandieron en silencio. Alba bajó la mirada hacia sus propias manos, que jugueteaban con el borde de la sábana.
—Yo tampoco —dijo en voz baja—. Jamás quisiera hacerla sufrir. Es lo último que quiero en el mundo.
—Entonces, ¿qué hacemos? —Luis se apartó de la puerta y dio dos pasos hacia la cama. Se detuvo a medio camino, como si hubiera un límite invisible que no se atrevía a cruzar—. Porque dejarte no puedo. Lo intenté. No me sale.
Alba levantó la cabeza. Sus ojos claros, esos ojos que lo habían mirado desde el otro lado de la mesa durante meses, brillaban con una mezcla de tristeza y alivio.
—A mí tampoco —confesó—. Cada vez que te veo, Luis... no sé. Es más fuerte que yo. Más fuerte que la culpa. Más fuerte que todo.
—Tu madre es importante para mí.
—Y para mí. Es todo lo que tengo.
—Entonces, ¿cómo hacemos? —Luis se sentó en el borde de la cama, dejando un espacio prudente entre los dos. Su mano grande se posó sobre la sábana, cerca de la rodilla de ella, pero sin tocarla—. Porque esto... esto no va a parar. Lo sabemos los dos.
Alba estiró su mano y la apoyó sobre la de él. Sus dedos finos, de uñas cortas pintadas de transparente, se entrelazaron con los dedos gruesos y callosos de Luis.
—Si no podemos parar —dijo ella—, entonces que nadie lo sepa nunca. Que mamá nunca se entere. Si la cuidamos entre los dos, si no le damos motivos para sospechar... puede funcionar. ¿No?
Luis la miró. En los ojos de Alba había una determinación nueva, una madurez que no le conocía. Ya no era la chica que lloraba en su cuarto después de espiarlo por la rendija. Era una mujer que estaba negociando los términos de su propia transgresión.
—Es egoísta —dijo él.
—Sí.
—Es terrible.
—También.
—Y sin embargo...
—Sin embargo —completó ella—, no quiero dejarte. No todavía. No sé si pueda nunca.
Luis se inclinó hacia ella. Su mano libre subió hasta la mejilla de Alba y le acarició el pómulo con el pulgar. El contacto era tibio, eléctrico, y a ella se le erizó la piel del brazo.
—Mabel nunca debe saberlo —dijo él—. Nunca. Antes muerto que hacerle eso.
—Antes muerta —repitió Alba.
Y entonces se besaron.
Fue un beso distinto a los anteriores. No tenía la urgencia animal del comedor, ni la desesperación muda del baño. Era un beso lento, profundo, casi ceremonial. Un beso que sellaba un pacto. Las lenguas se encontraron con suavidad, los labios se mordieron apenas, y cuando se separaron, los dos tenían los ojos vidriosos y la respiración alterada.
Alba lo miró desde abajo de sus pestañas. Tenía las mejillas encendidas y los labios hinchados. La mano de Luis seguía en su mejilla, y ella apoyó la suya sobre la de él, reteniéndola ahí.
—Quiero pedirte algo —dijo, y su voz salió en un susurro.
—Lo que sea.
—Quiero que entres donde nadie entró.
Luis frunció el ceño. Tardó un segundo en entender. Cuando lo hizo, sintió que el deseo le golpeaba el bajo vientre como un puñetazo.
—¿Estás segura? —preguntó, y su voz se había vuelto más ronca, más densa—. Eso... eso es distinto. No es como lo otro.
—Ya sé —Alba le sostuvo la mirada. No había duda en sus ojos claros—. Por eso quiero. Quiero que seas el primero. Quiero que sea con vos.
—Alba...
—Llevame —pidió ella—. Llevame donde nadie me llevó.
Luis la besó de nuevo, y esta vez el beso sí tuvo urgencia. Sus manos se deslizaron por la espalda de Alba hasta encontrar el cierre del corpiño. Lo abrió con un solo movimiento, experto, y la prenda de encaje marfil cayó sobre la cama, dejando al descubierto sus pechos. Eran chicos, firmes, con pezones rosados que ya estaban duros, esperando. La boca de Luis bajó por su cuello, por su clavícula, y se cerró sobre uno de ellos mientras sus dedos pellizcaban el otro con suavidad.
Alba gimió. Su cabeza cayó hacia atrás y su pelo rubio rozó las sábanas. Mientras él le besaba los pechos, sus manos buscaron los botones de la camisa de Luis. Los fue desabrochando uno a uno, con torpeza, porque él no dejaba de moverse sobre ella, porque su boca no se despegaba de su piel. La camisa cayó al suelo. Después vino el pantalón de gabardina, que se deslizó por las piernas musculosas de Luis y quedó hecho un bulto en el piso. El bóxer fue lo último.
Luis se apartó apenas para mirarla. Ahora estaban los dos desnudos frente a frente, sentados en la cama revuelta, con la luz de la tarde filtrándose por la persiana y dibujando rayas doradas sobre sus cuerpos. Él extendió las manos y le quitó la tanga con una lentitud reverencial. El encaje marfil se deslizó por sus piernas, por sus tobillos, y quedó colgado de un dedo antes de caer al suelo.
—Sos hermoso —dijo Alba.
—Eso tendría que decirlo yo.
—No. Sos hermoso. De verdad. Todo vos.
Luis sintió que algo se le movía adentro. Algo que no era solo deseo. La empujó suavemente hacia atrás, hasta que la espalda de Alba quedó apoyada sobre las sábanas, y se colocó sobre ella. La besó. La besó largamente, profundamente, mientras una de sus manos bajaba por su vientre y sus dedos encontraban esa humedad tibia que ya conocía, esa humedad que era para él, solo para él.
—Dame vuelta —pidió ella contra sus labios—. En cuatro.
Luis la ayudó a girarse. Alba quedó sobre las manos y las rodillas, la espalda arqueada, las nalgas levantadas hacia él como una ofrenda. La luz de la persiana le rayaba la espalda, marcando las vértebras, los omóplatos, la curva perfecta de su cintura. Luis se colocó detrás, las manos apoyadas en sus caderas, y se quedó un instante admirándola así, vulnerable y poderosa al mismo tiempo.
—Estás temblando —dijo él.
—Es porque quiero. Quiero mucho.
Luis humedeció sus dedos con la humedad de ella y los llevó hacia atrás, hacia esa entrada prohibida, virgen. Alba se tensó un instante, pero se obligó a relajarse. Los dedos de él masajearon la zona con suavidad, lubricando, preparando. Primero uno, después dos. Movimientos lentos, circulares, que arrancaban pequeños suspiros de su garganta.
—¿Estás bien? —preguntó él.
—Sí. Más. Metémelos más.
Él obedeció. Sus dedos se hundieron apenas en esa estrechez caliente, y Alba gimió, un gemido mezcla de dolor y placer. Era una sensación extraña, invasiva, pero también profundamente íntima. Era como si Luis estuviera accediendo a un lugar que nadie más había visto, un santuario secreto de su cuerpo.
Cuando él consideró que estaba lista, retiró los dedos y colocó la punta de su miembro en la entrada. Alba sintió la presión y cerró los ojos.
—Despacio —pidió ella—. Despacio, por favor.
—Todo el tiempo que necesites —dijo él.
Y empezó a entrar.
La primera embestida fue mínima, apenas unos centímetros. Alba apretó las sábanas con los puños y soltó un quejido ahogado. La sensación era abrumadora: una plenitud casi dolorosa que se expandía por todo su bajo vientre. Luis se movía con una lentitud exasperante, dándole tiempo a que se adaptara, acariciándole la espalda con una mano mientras la otra le sostenía la cadera.
—Seguí —dijo ella—. Seguí, ya está.
Él entró un poco más. La estrechez era distinta, más intensa, y el placer que sintió al penetrarla así le arrancó un gruñido. Las manos de Alba se aferraban a las sábanas, los nudillos blancos, mientras su cuerpo se abría para recibirlo. Poco a poco, el dolor inicial fue mutando en algo más profundo, más complejo. Una sensación de entrega absoluta. De posesión.
—Ahora —murmuró ella—. Ya. Movete.
Luis empezó a moverse. Las embestidas eran lentas al principio, medidas, un vaivén pausado que le permitía sentir cada centímetro de ese interior virgen apretándolo. Sus manos en las caderas de Alba la guiaban, la sostenían. El contraste entre la fuerza de sus manos y la suavidad de sus movimientos era hipnótico. Alba gemía con cada envión, un gemido ronco, gutural, que no se parecía a ninguno de los que había soltado antes.
—Te gusta —dijo él, y no era una pregunta.
—Sí... Dios, sí... es distinto. Es... me siento llena. Llena de vos.
El pelo rubio de Alba se balanceaba hacia adelante y hacia atrás con cada embestida. Su espalda brillaba con una fina capa de sudor, y los músculos de sus omóplatos danzaban bajo la piel cada vez que se arqueaba para recibirlo mejor. Luis se inclinó sobre ella y le besó la columna, desde la nuca hasta la cintura, dejando un rastro de saliva que se enfrió enseguida con el aire de la habitación. Sus dientes mordisquearon suavemente la piel sobre sus nalgas, y Alba soltó un gritito ahogado.
—Más fuerte —pidió ella—. Ya. Más fuerte.
Las embestidas se aceleraron. La cama empezó a crujir con un ritmo constante, y el cabezal golpeaba contra la pared de adobe, un golpe sordo que marcaba el compás. Luis ya no podía contenerse: la estrechez, los gemidos de Alba, la visión de su cuerpo arqueado y sus nalgas rebotando contra su vientre, todo era demasiado. Sus manos apretaban las caderas de ella con una fuerza que probablemente dejaría marcas, pero a Alba no parecía importarle. Al contrario: empujaba hacia atrás, buscándolo, pidiendo más con cada movimiento de su cuerpo.
—Date vuelta —ordenó Luis de repente, y su voz sonó como un ladrido—. Quiero verte.
Se separó de ella apenas un segundo y la ayudó a girarse. Alba quedó boca arriba, las piernas abiertas, los ojos brillantes y las mejillas encendidas. Sin que él se lo pidiera, ella levantó las piernas y apoyó los pies sobre los hombros de Luis. La posición era profundamente obscena, casi pornográfica, y sin embargo había una ternura extraña en la forma en que sus miradas se encontraron antes de que él volviera a entrar.
La penetró de nuevo en esa posición. La estrechez del ano recibió su miembro con una resistencia deliciosa, y Luis gimió al sentir cómo las paredes internas de Alba se ajustaban a él. Sus manos se apoyaron sobre los muslos de ella, los acariciaron, los apretaron. Los pies de Alba, sobre sus hombros, se curvaban cada vez que él embestía, los dedos crispándose en el aire.
—Miráme —dijo ella.
Luis la miró. Sostener el contacto visual mientras la penetraba de esa manera, en esa posición, era casi más íntimo que el acto mismo. Los ojos claros de Alba lo miraban con una devoción que le revolvía el estómago. No era solo deseo. Era adoración. Era la mirada de alguien que se ha entregado por completo.
—Soy tuya —dijo ella, como si le leyera el pensamiento—. Desde hoy, soy completamente tuya.
Luis sintió que el pecho le explotaba. Se inclinó hacia adelante, doblando a Alba casi por la mitad, y la besó con furia mientras sus caderas seguían moviéndose. Las piernas de ella quedaron aplastadas entre los dos cuerpos, los pies todavía sobre sus hombros, y la penetración se volvió más profunda, más intensa. El sudor de Luis le caía sobre el pecho y se mezclaba con el de ella. La cama crujía cada vez más fuerte. Los gemidos de ambos ya no tenían ningún control: eran gritos ahogados, jadeos, palabras rotas que ninguno terminaba.
—Estás... tan... —intentó decir él.
—Voy a... Luis... voy a...
Él metió una mano entre los dos y encontró el clítoris de Alba. Lo frotó con dos dedos, con movimientos circulares, mientras seguía penetrándola desde atrás. Ella enloqueció. Su cabeza se movía de un lado al otro sobre la almohada, el pelo rubio pegado a la frente sudorosa, la boca abierta en un grito mudo. Sus caderas se movían solas, buscando más, pidiendo más.
—Ahora —dijo Luis—. Conmigo.
El orgasmo los arrasó a los dos al mismo tiempo. Alba sintió que el placer le subía desde los pies, desde las manos aferradas a las sábanas, desde ese lugar prohibido que Luis ocupaba por completo. Gritó. Gritó como no había gritado nunca, un alarido que se tragó la almohada y que por suerte no atravesó las paredes. Luis gruñó contra su cuello, las caderas rígidas, derramándose adentro de ella en espasmos que parecían no terminar nunca.
Se quedaron así un rato largo. Los pies de Alba resbalaron de los hombros de Luis y cayeron flojos sobre la cama. Él se desplomó sobre ella, su peso aplastándola contra el colchón, y ella lo recibió con los brazos abiertos, acariciándole la espalda sudada. Las respiraciones fueron recuperando de a poco un ritmo normal. Las sábanas eran un desastre de sudor y fluidos, pero a ninguno le importó.
—Ahora sí —susurró Alba contra la oreja de Luis—. Ahora soy completamente tuya.
Luis rodó hacia un costado y la abrazó. Ella apoyó la cabeza en su pecho, justo sobre el vello canoso que tanto le gustaba, y se quedaron así, en silencio, mientras el sol de la tarde empezaba a declinar y las rayas doradas de la persiana se iban desvaneciendo de a poco.
No había más palabras. No hacían falta.
Epílogo
Desde esa tarde en que Alba le entregó el culo a Luis lo que nunca le había entregado a nadie, algo cambió para siempre entre ellos. La culpa no desapareció del todo —era una sombra que los seguía a todas partes, una mancha que no se iba con agua ni con jabón—, pero aprendieron a convivir con ella. A domesticarla. A encerrarla en un rincón de sus conciencias mientras sus cuerpos se encontraban una y otra vez, en cada rincón de la casa, en cada hora robada.
Se volvieron los amantes perfectos. Cómplices en el silencio, socios en el crimen dulce de desearse. Nunca volvieron a hablar del tema. No necesitaban hacerlo: sus cuerpos se entendían mejor que sus bocas, y las palabras, después de todo, solo servían para complicar lo que era simple. Se deseaban. Se tenían. Se cuidaban mutuamente de no lastimar a Mabel, porque Mabel era sagrada. Mabel era la reina de ese tablero de ajedrez, y mientras ella estuviera a salvo, todo lo demás estaba permitido.
Los años pasaron. Alba terminó la universidad, dejó la danza —una lesión en el tobillo, dijeron los médicos— y conoció a un muchacho bueno, un ingeniero agrónomo que nada tenía que ver con Luis. Se casaron en el viñedo, bajo los álamos, y Mabel lloró de emoción durante toda la ceremonia. Luis, de traje oscuro, brindó por los novios y le dio un abrazo de suegro postizo, correcto, afectuoso, impecable. Nadie notó que sus dedos se apretaron un segundo más de lo necesario en la cintura de la novia. Nadie notó que los ojos de Alba brillaron de un modo distinto cuando él le dio el beso de felicitación en la mejilla.
Tuvieron tres hijos. Tres varones rubios y revoltosos que corrían por el viñedo como Alba había corrido años atrás. El marido era feliz. Mabel era feliz. Luis era feliz, a su manera. Y Alba... Alba nunca pudo dejar de verlo. Cada vez que volvía a la casa del lago, con los chicos y el marido, sus ojos buscaban a Luis entre los viñedos, y cuando lo encontraban, algo en su pecho se encendía. Siempre. Inexorablemente.
Nunca supo quién era el padre verdadero de sus hijos. Nunca quiso saberlo. En el fondo, sospechaba que los tres —los tres varones rubios— se parecían demasiado a un hombre que no era su marido. Pero eso era un secreto que se llevaría a la tumba. Uno más. Uno entre tantos.
Porque hay amores que no se dicen. Que no se gritan. Que apenas se susurran en la oscuridad de una habitación, con los cuerpos entrelazados y el miedo a ser descubiertos latiendo como un tercer amante entre las sábanas.
Y ese amor, el de Alba y Luis, fue el más prohibido de todos. El más intenso. El que nunca, nunca terminó.
FIN.
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