Amantes a escondidas — Hijastra y Padrastro - Parte 3

 


Los días que siguieron fueron un infierno de cortesía. 


Alba lloraba en su habitación. Lo hacía en silencio, con la cara hundida en la almohada para que los sollozos no atravesaran las paredes de adobe y llegaran a oídos de su madre. Lloraba de culpa, de esa culpa pegajosa que le subía por la garganta cada vez que recordaba la mesa del comedor, las manos de Luis en sus caderas, la madera crujiendo bajo su espalda. Se miraba al espejo y no se reconocía. "¿Quién sos?", se preguntaba. "¿En qué te convertiste?". La respuesta no llegaba. Solo el reflejo de una muchacha de dieciocho años con los ojos hinchados y una marca violeta en la clavícula que se tapaba con maquillaje antes de cada cena. 


Luis tampoco dormía. Se quedaba despierto hasta la madrugada, escuchando la respiración profunda de Mabel a su lado, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo, y odiándose por lo que había hecho. Amaba a esa mujer. La amaba de verdad, con ese amor sereno y maduro que llega cuando ya no se espera nada de la vida. Y sin embargo, ahí estaba: con las manos oliendo todavía a la piel de la hija, con el recuerdo de los gemidos de Alba resonándole en la nuca como un zumbido de moscas en verano. "Soy una basura", se decía. "Soy el peor hombre del mundo". Pero en el fondo, muy en el fondo, el deseo seguía ahí. Agazapado. Esperando. 


Durante los primeros tres días no se miraron. Alba desayunaba temprano y se iba a la facultad antes de que Luis volviera del viñedo. Él almorzaba en el campo, bajo los álamos, y se quedaba hasta que el sol se ponía sobre la cordillera. Las cenas eran un teatro del absurdo: Mabel hablando animadamente de su trabajo, de las nuevas telas que había encargado para el tapizado de los sillones, de la receta de empanadas que quería probar el fin de semana. Alba respondía con monosílabos. Luis asentía sin escuchar. Los dos evitaban cualquier contacto visual, y si sus manos se rozaban al pasar el pan, se retiraban como si la piel quemara. 


Mabel no notaba nada. Seguía con su rutina, con su ternura de mujer grande, con su forma de apoyarle la cabeza a Luis en el hombro mientras miraban televisión. Y eso era lo peor. La inocencia de ella, su confianza ciega, hacía que la traición pesara el doble. 


Pero al cuarto día, Alba se quedó en casa a la tarde. 


No hubo un plan. No hubo una decisión consciente. Simplemente volvió de la facultad, se preparó un té, y se sentó en la galería a leer un libro de anatomía. Luis llegó del viñedo a las tres, sudado, con la ropa sucia de tierra, y la vio ahí. Sentada en la reposera. Con ese vestidito celeste que le dejaba los hombros al aire. Giró la cabeza hacia él. Sus ojos claros se encontraron con los de Luis. Y en ese cruce de miradas, brevísimo, casi furtivo, estuvo todo. La culpa. El deseo. El recuerdo. La promesa de que algo seguía vivo entre ellos, algo que no se apagaba con llantos ni con insomnios. 


Él bajó la vista primero. Entró a la casa sin saludar. Pero Alba sintió que el corazón le golpeaba en el pecho con una fuerza nueva, y supo —supo con esa certeza que no necesita palabras— que la tregua se había terminado. 


Los días siguientes fueron una lenta agonía de miradas robadas. En los pasillos, durante las cenas, en el jardín. Se espiaban. Se buscaban. Se rehuían y se encontraban. Era un baile invisible que solo ellos dos bailaban, y cada cruce accidental de sus cuerpos en una puerta estrecha, cada roce de dedos al pasar la sal, era una pequeña muerte. El deseo, lejos de apagarse, se había vuelto más denso. Más concentrado. Como un veneno que se decanta y se vuelve letal. 


Hasta que llegó esa tarde. 

 

El baño principal de la casa era amplio, con una bañera antigua de patas de bronce y un espejo ovalado que reflejaba la luz dorada del atardecer. Las baldosas eran blancas, hexagonales, gastadas por los años pero impecables. El vapor del agua caliente lo envolvía todo, empañando los vidrios de la ventana, creando una atmósfera íntima, casi onírica. 


Alba acababa de salir de la ducha. El agua todavía resbalaba por su cuerpo en pequeñas gotas brillantes que se aferraban a su piel como diamantes líquidos. Estaba de pie frente al espejo empañado, desnuda, con una toalla blanca en la mano derecha que todavía no se había llevado al cuerpo. 


Se miraba. O intentaba mirarse. El vapor le devolvía una imagen borrosa, un fantasma de curvas y de líneas. Pasó la palma de la mano por el espejo y entonces su reflejo apareció nítido, como una revelación. 


Su pelo rubio, oscurecido por el agua, le caía sobre los hombros y la espalda en mechones goteantes que se le pegaban a la piel como serpientes doradas. Las gotas le corrían por la clavícula, se deslizaban entre sus pechos pequeños y firmes, rodeaban los pezones rosados que el frío del baño había endurecido, y seguían su camino hacia el vientre plano, hacia el ombligo diminuto, hacia el triángulo de vello claro y húmedo que brillaba bajo la luz de la lámpara. 


Levantó la toalla y empezó a secarse. Primero los brazos, con movimientos lentos, casi perezosos. La tela blanca se deslizaba por sus hombros, por sus antebrazos torneados por la danza, por sus muñecas finas. Después el torso: se inclinó hacia adelante y la toalla subió desde su vientre hasta sus pechos, los cubrió apenas, los secó con una suavidad que parecía una caricia. Su propio roce le erizó la piel. Los pezones seguían duros, sensibles, y cuando la tela los rozó, una corriente cálida le bajó por el estómago. 


Se giró de perfil. La luz del atardecer que entraba por la ventana alta le dibujaba el contorno del cuerpo con precisión de estatua: la espalda recta, la cintura fina, las nalgas redondas y firmes que aún tenían pequeñas gotas brillando en la curva inferior. Se pasó la toalla por la espalda, por las caderas, por los muslos largos y estilizados. Cada movimiento era un ritual. Cada centímetro de piel que secaba era una ofrenda involuntaria al espejo, al vapor, al silencio del baño. 


No escuchó la puerta abrirse. 


El pestillo no estaba echado. Nunca lo echaba. ¿Para qué, si siempre estaba sola a esa hora? Pero esa tarde no estaba sola. La puerta de madera crujió apenas, un quejido suave que quedó ahogado por el zumbido del extractor de aire. Y cuando Alba levantó la vista del espejo, vio una figura oscura detrás del vapor. 


Luis. 


Estaba apoyado contra el marco de la puerta, inmóvil. Llevaba puesto solo un bóxer de algodón gris, y el torso desnudo mostraba el pecho robusto, los hombros anchos, el vello canoso que le cubría el esternón y se perdía bajo la cintura del bóxer. Estaba sudado. Todavía tenía tierra de las viñas en las manos. La respiración se le había cortado al verla, y su pecho subía y bajaba con un ritmo alterado. 


Alba no se cubrió. No gritó. No hizo nada de lo que debería haber hecho. Simplemente se quedó ahí, de pie, desnuda frente al espejo, con la toalla colgando de una mano y los ojos claros clavados en el reflejo de él. Sus cuerpos no se hablaban con palabras —ya no sabían cómo—, pero sí con los ojos. Y esos ojos se decían todo lo que las bocas callaban. 


Luis dio un paso adelante. Luego otro. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave, definitivo, que sonó como una sentencia. Ahora estaban los dos encerrados en ese cubo de vapor y baldosas blancas, solos, con el peso de los días de silencio aplastándoles el pecho. 


Él liberó su miembro del bóxer. 


No hubo súplica. No hubo orden. No hubo necesidad de palabras. Sus dedos apartaron la tela gris y su sexo quedó expuesto, ya erecto, ya palpitante. La piel tensa, la punta hinchada y oscura. El vello canoso en la base. Toda esa virilidad madura que Alba ya conocía, que había sentido adentro, que había soñado en sus noches de insomnio y culpa. 


Ella lo miró. Miró ese miembro que le había arrancado gritos sobre la mesa del comedor. Y supo que ya no había vuelta atrás. Que la culpa iba a seguir ahí, royéndola por dentro, pero que el deseo era más fuerte. Más antiguo. Más verdadero. 


Dejó caer la toalla al piso. Se giró hacia él. Dio dos pasos descalza sobre las baldosas frías, y sin apartar los ojos de los de Luis —esos ojos oscuros que la devoraban— se arrodilló frente a él. 

 

El piso del baño estaba húmedo y frío contra sus rodillas, pero Alba no lo sintió. Su mundo se había reducido a esos centímetros de piel tensa que tenía delante de la cara. Lo tomó con una mano, despacio, tanteando. Su palma apenas alcanzaba a rodearlo por completo. La piel era suave pero el interior era duro como una rama de algarrobo, y latía. Latía contra sus dedos como un corazón separado del cuerpo de Luis. 


Él soltó un suspiro apenas audible. Sus manos, al costado del cuerpo, se abrieron y se cerraron en puños flojos. No la tocó. No se atrevió. Se quedó inmóvil, de pie, mirando hacia abajo, viendo cómo esa criatura rubia y diminuta acercaba su boca a su miembro. 


El primer contacto fue solo un beso. Un beso casto, casi infantil, en la punta. Los labios de Alba se posaron sobre la piel tensa con una delicadeza que contrastaba de un modo obsceno con la situación. Después vinieron más besos. Pequeños, húmedos, repartidos por todo el tronco, desde la base hasta el glande. Besos que dejaban un rastro brillante de saliva. Besos que subían y bajaban con una lentitud exasperante. 


Luis apretó los dientes. Su respiración se volvió un fuelle, el pecho le subía y bajaba con violencia mientras los dedos de sus pies se curvaban contra las baldosas. Alba abrió la boca. 


Lo tomó entero. 


O intentó tomarlo entero. Era demasiado grande para su boca pequeña, y solo pudo abarcar la mitad antes de que la arcada la hiciera retroceder. Pero no se rindió. Sus labios se estiraron, se adaptaron, y empezó un movimiento rítmico de vaivén. La lengua trabajaba contra la cara inferior del miembro, lamiendo esa vena gruesa que palpitaba bajo la piel, saboreando el gusto salado, íntimo, de él. 


Luis gimió. Un gemido grave, gutural, que salió de lo más hondo de su pecho. Su mano derecha se levantó por fin y se posó sobre la cabeza de Alba, no para empujar, sino para acariciarle el pelo mojado. Los dedos se enredaron en los mechones rubios con una ternura inesperada, casi paternal, que contrastaba con la crudeza de la escena. 


Ella subió y bajó la cabeza con un ritmo cada vez más seguro. La boca se deslizaba por el miembro de Luis con una avidez que la sorprendió a ella misma. Le gustaba. Le gustaba sentirlo así, duro, palpitante, vivo entre sus labios. Le gustaba el sonido húmedo que hacía al entrar y salir. Le gustaba el leve sabor a piel y a algo más profundo que se le quedaba en la lengua. Levantó la mirada sin soltarlo, y sus ojos claros —esos ojos que parecían de porcelana— se encontraron con los de él. Fue una mirada breve, intensa, cargada de un morbo que ninguno de los dos se hubiera atrevido a poner en palabras. 


"Esto está mal", pensó ella. "Esto es lo peor que hice en mi vida". Pero no paró. Al contrario: aceleró el ritmo. Su mano derecha subió a la base del miembro, apretó, masajeó, mientras su boca se concentraba en la punta, en esa zona más sensible que hacía temblar a Luis cada vez que la lengua la rozaba. 


Él ya no podía quedarse quieto. Sus caderas empezaron a moverse solas, acompañando el vaivén de la boca de Alba. Los dedos en su pelo se tensaron. La respiración se le entrecortaba. Estaba al borde, y Alba lo sabía, lo sentía en el temblor de sus muslos, en la forma en que su vientre se contraía. Pero ella no quería que terminara todavía. Redujo la velocidad, se apartó apenas, dejó que un hilo de saliva conectara sus labios con la punta del miembro. 


—No... —murmuró él, casi sin voz—. No pares. 


Ella no paró. Volvió a tomarlo, ahora con más calma, saboreándolo. La lengua describía círculos lentos alrededor del glande, los labios se cerraban y se abrían como los de un pez fuera del agua. Chupaba. Lamía. Mordisqueaba con suavidad el frenillo, esa zona que hacía que Luis soltara gemidos roncos y apretara los puños. Una de sus manos abandonó el pelo de Alba y fue a apoyarse contra la pared de azulejos, los dedos resbalando sobre la superficie empañada. 


Cuando ella lo sintió demasiado tenso, cuando supo que una chupada más lo haría estallar, se apartó. Se puso de pie con esa elasticidad felina de bailarina clásica. Quedaron frente a frente, desnudos, jadeantes. Sin palabras. 


Luis la tomó de la cintura y la levantó. La espalda de Alba se apoyó contra la pared fría y sus piernas se enroscaron automáticamente alrededor de las caderas de él. La posición era incómoda —los azulejos raspaban, el agua del piso los hacía resbalar—, pero ninguno de los dos estaba en condiciones de quejarse. La punta del miembro de Luis buscó la entrada de ella y la encontró empapada, lista, hambrienta. 


Entró de una sola estocada. 


Alba arqueó la espalda contra la pared y soltó un gemido que vibró en todo el baño. Estar así, suspendida en el aire, sostenida solo por los brazos fuertes de Luis y sus propias piernas enroscadas, le daba una sensación de vulnerabilidad absoluta. Él la penetraba desde abajo, con embestidas profundas que la hacían rebotar contra los azulejos. El sonido de sus cuerpos chocando se mezclaba con el zumbido del extractor, con el goteo de la ducha, con los jadeos de ambos. 


—Más —dijo ella, y fue la primera palabra que pronuncio en todo el encuentro. 


Luis obedeció. La sujetó con más fuerza, las manos en sus nalgas apretándolas, separándolas, guiando el movimiento. Las embestidas eran salvajes, primitivas, un castigo y una bendición al mismo tiempo. Cada golpe arrancaba un gemido distinto de la garganta de Alba: a veces agudo, a veces ronco, a veces un simple suspiro entrecortado. Sus pechos saltaban contra el pecho de Luis, los pezones duros rozando el vello canoso, enviando pequeñas descargas eléctricas a su vientre. 


Él la besó. Por primera vez en todo el encuentro, la besó en la boca. Fue un beso desesperado, torpe, lleno de lenguas que se buscaban y dientes que chocaban. Mientras la besaba, no dejaba de moverse adentro de ella. Era un ritmo constante, hipnótico, que hacía que el mundo exterior desapareciera. 


Luis la bajó de la pared sin soltarla. La giró en el aire —otra vez esa facilidad para manipularla como si fuera de papel— y la puso de espaldas contra su pecho, mirando los dos hacia el espejo empañado. La imagen era borrosa, pero se alcanzaba a ver: el cuerpo maduro de él abrazando el cuerpo joven de ella, los pechos de Alba aplastados contra el vidrio frío, sus manos apoyadas en la superficie empañada mientras él volvía a entrar desde atrás. 


—Mirá —le ordenó con la voz ronca—. Mirá lo que hacemos. 


Ella miró. Vio sus propios ojos desorbitados por el placer, su boca abierta, sus mejillas encendidas. Vio a Luis detrás suyo, la mandíbula apretada, los músculos del cuello tensos. Vio cómo él embestía y cómo su propio cuerpo recibía cada golpe con un estremecimiento. Y lejos de sentir culpa, sintió fascinación. "Somos hermosos", pensó. "Esto es hermoso, aunque esté mal". 


Las embestidas se aceleraron. Luis ya no podía contenerse, y Alba tampoco quería que se contuviera. Sus dedos resbalaron por el espejo empañado dejando marcas, dibujos efímeros. Los gemidos de ambos se volvieron gritos ahogados, mordidos contra los labios para no alertar a nadie —por suerte la casa estaba vacía, por suerte Mabel no volvía hasta las ocho—. El sudor de Luis le corría por la frente y caía sobre la espalda de Alba, mezclándose con las gotas de agua que todavía le quedaban en la piel. 


Él la tomó del pelo, suavemente, inclinándole la cabeza hacia atrás. Le besó el cuello. Le mordió el lóbulo de la oreja. Su cadera no aflojaba, seguía ese movimiento incansable, bestial, que ella ya conocía pero que todavía la sorprendía con su intensidad. Alba sentía que el placer le subía por las piernas, le explotaba en el vientre, le nublaba la vista. Estaba cerca. Muy cerca. 


—Ahora —susurró Luis contra su oído—. Ahora, conmigo. 


Ella no necesitó más. El orgasmo la atravesó como un rayo, un espasmo que le arrancó un grito y le hizo clavar las uñas en el espejo. Las piernas le temblaron, se aflojaron, pero Luis la sostuvo. Siguió moviéndose adentro suyo mientras ella se deshacía, estirando su placer, llevándolo más allá de lo soportable. Y entonces, con un último envión, él también se derramó, gruñendo contra su hombro, los dedos clavados en sus caderas, el cuerpo tenso como un arco a punto de quebrarse. 


Se quedaron así un minuto. Dos. Tres. Los cuerpos pegoteados por el sudor y el vapor, las respiraciones agitadas tratando de encontrar un ritmo normal. Alba tenía la mejilla apoyada contra el vidrio frío del espejo, y el contraste con su piel ardiente era casi doloroso. Luis seguía adentro de ella, pero ya blando, y la presión era más un consuelo que una invasión. 


Ninguno dijo nada. No sabían qué decir. No había palabras para lo que acababan de hacer. Para lo que estaban haciendo desde hacía semanas. En lugar de hablar, Luis le acarició el pelo mojado con una ternura que a Alba le hizo doler el pecho. Y ella, en respuesta, apoyó una mano sobre la de él y la apretó. 


Después vino el resto de la tarde. 


Sin hablar, sin mirarse siquiera, salieron del baño. Pero no se separaron. No esta vez. El deseo era demasiado grande, demasiado nuevo, demasiado voraz para conformarse con un solo round. Se amaron en el pasillo, contra la pared de adobe que daba al jardín. Se amaron en el living, sobre la alfombra de lana que Mabel había comprado en la feria de artesanos. Se amaron en la cocina, ella sentada sobre la mesada de granito, él de pie entre sus piernas, los dos rodeados por el olor a especias y café. 


Fue un recorrido silencioso por toda la casa. Un mapa de placer y de culpa que iban trazando con los cuerpos. No se decían nada, pero sus pieles hablaban. Cada caricia decía "te deseo". Cada mordisco decía "esto está mal". Cada gemido ahogado decía "no puedo parar". Y cuando finalmente, exhaustos, se metieron juntos en la ducha —otra vez, como si el agua pudiera limpiar lo que acababan de hacer—, el reloj de la cocina marcaba las siete y media de la tarde. 


Se vistieron en silencio. Alba se puso un vestido limpio, se recogió el pelo mojado en una trenza. Luis se calzó un pantalón de lino y una camisa blanca. Bajaron al comedor. Prepararon mate. Se sentaron juntos en la galería, mirando el lago dorado por el sol del atardecer, la calabaza pasando de mano en mano con una naturalidad que desmentía todo lo ocurrido. 


Cuando Mabel llegó, a las ocho y diez, los encontró así: sentados lado a lado, recién bañados, tomando mates y charlando de cualquier pavada. La escena era tan doméstica, tan inocente, que a la mujer se le iluminó la cara. 


—Ay, pero mirenlos —dijo, dejando las bolsas en el piso y llevándose una mano al pecho—. ¡Qué lindo que se lleven bien! Me tenían preocupada, estaban tan raros estos días. 


Luis sonrió. Una sonrisa profesional, ensayada en años de negocios difíciles. 


—Era cuestión de conocernos mejor —dijo, y le alcanzó un mate. 


Alba bajó la vista hacia la bombilla que tenía en la mano. La misma bombilla que había tenido en la boca de Luis hacía un rato. Sintió un escalofrío. Pero cuando levantó los ojos hacia su madre, también sonrió. 


—Sí, mamá. Luis es... un tipazo. 


Mabel se acercó, les dio un beso a cada uno en la mejilla —a Luis en los labios, brevísimo, casto—, y entró a la casa tarareando la misma cumbia de siempre. Ajena. Confiada. Feliz. 


Alba y Luis se quedaron en la galería. El lago ya era una mancha oscura bajo el cielo violeta. El mate se había enfriado. 


Ninguno dijo nada. 


No hacía falta.

 


Continuara... 

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