El tiempo, para Diana, había adquirido una cualidad diferente. Ya no eran días que se sucedían entre clases, estudios y salidas con amigas, sino una sucesión de encuentros, órdenes y una sumisión que se había vuelto tan natural como respirar. Dos meses habían pasado desde aquella vez en el baño, y en ese período, su mundo se había reconfigurado por completo alrededor de una verdad central: ella era una propiedad. Y ser una propiedad, descubrió con una sorpresa que rápidamente se transformó en aceptación, tenía sus beneficios innegables.
James, como un dueño responsable y meticuloso, se encargaba de todo. La preocupación constante por llegar a fin de mes, por los gastos de la universidad, por la comida, se habían esfumado. Su tarjeta de crédito, que él le había provisto, nunca se denegaba. Su departamento, aunque pequeño, estaba siempre abastecido con la mejor comida, los mejores vinos. La ropa ya no era una elección suya, sino una imposición de su gusto. James tenía un ojo clínico para seleccionar prendas que, siendo de una calidad y un diseño impecables, cumplían con su verdadero propósito: exhibirla. Faldas que apenas rozaban la mitad de sus muslos, tops diminutos que dejaban al descubierto su vientre plano y la curva inferior de sus pechos, vestidos que se adherían a su cuerpo como una segunda piel. Y la regla era inquebrantable: nada debajo. La sensación de la tela, ya fuera la lana fina de una minifalda escocesa o el algodón suave de un short ajustado, rozando directamente su piel, era un recordatorio constante de su estado. Al principio, caminar por la universidad o por la calle así la llenaba de rubor. Pero pronto, ese rubor se transformó en un cosquilleo de excitación. Disfrutaba de las miradas, de los suspiros ahogados, de las miradas de deseo y de envidia. Cada ojo que se posaba en ella era un tributo a la elección de su dueño, una confirmación de que era una posesión valiosa.
Este cambio no pasó desapercibido en la universidad. Sus amigas, aquellas con las que antes compartía cafés y quejas sobre los profesores, notaron la transformación. Ya no era la Diana tímida y de ropa holgada. Era una mujer que caminaba con una seguridad nueva, vestida con una elegancia provocativa que gritaba lujo y disponibilidad. Un día, en el patio, un grupo de ellas la abordó.
—Diana, ¿qué onda? Parece que te tocó la lotería —dijo una, señalando su conjunto nuevo, un top de seda blanca y una falda de cuero negro absurdamente corta.
—Y ese cambio de look… está bueno, pero es… arriesgado —agregó otra, con un tono entre admirativo y preocupado.
Diana las miró, y en lugar de bajar la mirada o inventar una excusa, como hubiera hecho antes, sonrió con una calma que las desconcertó.
—A mi dueño le gusta así —dijo, y las palabras sonaron tan naturales como si hubiera dicho "me gusta el café con leche".
El silencio que siguió fue elocuente. Algunas parpadearon, sin comprender. Otras fruncieron el ceño.
—¿Tu… dueño? —preguntó la primera, confundida.
—Sí —asintió Diana, disfrutando secretamente del shock que causaban sus palabras—. Tengo una relación de obediencia con un hombre. Yo soy su propiedad, y él se ocupa de todo. A cambio, yo… le pertenezco.
Las reacciones fueron inmediatas y divididas. Algunas amigas, las más tradicionales o simplemente las que no podían procesar esa información, se alejaron de ella después de ese día, sus miradas cargadas de juicio y una pizca de miedo. Pero otras, un pequeño grupo, se acercaron con curiosidad genuina, sus ojos brillando con una luz de fascinación. Le hacían preguntas en voz baja, en los rincones de la biblioteca o en cafés lejos de la universidad. "¿Y no te da miedo?", "¿Cómo es?", "¿Y vos… disfrutás?". Diana, con una paciencia y una serenidad nuevas en ella, les explicaba. No con lujo de detalle, pero sí con la convicción de quien ha encontrado su verdad. Les hablaba de la claridad que traía entregar el control, de la intensidad de una sexualidad basada en la sumisión absoluta, de la paz de no tener que tomar decisiones. Y veía cómo algunas de esas chicas, en el fondo de sus ojos, contemplaban la idea con un anhelo secreto. La idea de entregarse por completo a un hombre fuerte, de ser guiadas, de ser poseídas, les resultaba, como a ella al principio, aterradora pero irresistiblemente fascinante.
La vida de Diana era, en esencia, plena. Había abrazado su papel con una dedicación que la sorprendía a ella misma. Pero había una espina clavada en su felicidad, un recuerdo que emergía en los momentos más íntimos y le nublaba el éxtasis. La primera vez, en la penumbra del callejón, cuando James la había poseído con una brutalidad que la hizo sentirse viva y rota al mismo tiempo, le había susurrado algo al oído, con su voz ronca y despreciativa: "Tu madre la chupa mejor que vos". La frase había quedado grabada a fuego, una humillación que iba más allá de lo sexual, tocando un vínculo primordial. En los meses siguientes, ella había practicado, había obedecido sus instrucciones al pie de la letra, y sabía, por los gruñidos de placer de James y por la forma en que a veces la recompensaba, que había mejorado muchísimo usando su boca. Pero la sombra de su madre, la comparación, persistía.
Finalmente, una tarde en la que la espina se clavó más hondo de lo habitual, decidió actuar. No podía seguir con la duda. Tomó su teléfono y, con dedos que apenas temblaban, escribió un mensaje corto a su madre: "Mamá, ¿podés pasar por mi departamento? Necesito hablar con vos de algo importante."
La respuesta fue casi inmediata: "Claro, amor. Paso en una hora."
Cuando su madre llegó, Diana la observó con nuevos ojos. Siempre la había visto como una mujer trabajadora, serena, un poco cansada, pero de una fortaleza silenciosa. Ahora, vestida con un sencillo vestido azul marino, bien planchado pero modesto, se fijó en detalles que antes le pasaban desapercibidos: la pulsera fina de plata que siempre llevaba en la muñeca, la manera en que bajaba ligeramente la mirada cuando hablaba de ciertos temas, la serenidad casi monástica que a veces la envolvía.
—Contame, hija, ¿qué te pasa? —preguntó su madre, sentándose en el sillón con una familiaridad que de repente a Diana le pareció cargada de secretos.
Diana, siguiendo el nuevo código de frontalidad que su vida con James le había enseñado, no dio rodeos. Se sentó frente a ella, mirándola fijamente a los ojos.
—Mamá —dijo, y su voz sonó extrañamente firme—. ¿Te has acostado con el señor James?
No hubo sorpresa en el rostro de su madre. No hubo indignación, ni negación. Sólo un pequeño suspiro, como si hubiera estado esperando esa pregunta durante años. Una sonrisa triste y resignada se dibujó en sus labios.
—Claro, hija —respondió, con una naturalidad que le partió el mundo a Diana en dos—. Yo soy de su propiedad, amor.
El suelo pareció inclinarse bajo los pies de Diana. Un zumbido agudo llenó sus oídos. Tuvo que apoyar una mano en el brazo del sillón para no caerse. "¿Propiedad? ¿Mi madre?".
—¿Qué… qué estás diciendo? —logró balbucear, sintiendo que el aire le faltaba.
—El señor James es un hombre poderoso, Diana —explicó su madre, con una calma que resultaba aterradora—. Y yo… yo soy una mujer sumisa. Siempre lo fui. Disfruto ser su propiedad, cuidar de su casa, atenderlo. Es mi lugar. Pero vos tenés suerte, amor.
Diana, aturdida, con la cabeza dando vueltas, apenas podía procesar las palabras.
—¿Suerte? —repitió, como un eco idiota.
—Sí, hija —asintió su madre, y por primera vez, su serenidad se quebró con un destello de algo que parecía… ¿orgullo?—. De todas sus sumisas, sos la única a la que le ha dado una placa de oro tan grande. Sos su preferida.
Mientras decía esto, su madre alzó su muñeca y desabrochó la pulsera de plata que siempre llevaba. Al darla vuelta, Diana pudo ver una pequeña placa colgante, casi oculta. Grabadas en ella, con la misma tipografía severa, estaban las iniciales J.H.. Era una versión diminuta, discreta, del collar que ella llevaba con tanto orgullo y vergüenza.
—Todas sus empleadas le pertenecemos en cuerpo y alma —confesó su madre, con un tono de reverencia—. Es parte del trato. Pero a ninguna… a ninguna nos ha mostrado tanto amor como a vos. Ese collar… es un honor.
La confusión en Diana era un remolino. El horror de saber que su madre había sido, y probablemente aún era, usada por el mismo hombre, se mezclaba con una emoción nueva, poderosa y profundamente retorcida: el orgullo. Ella era la favorita. Entre todas, incluyendo a su propia madre, ella era la elegida. La que llevaba la marca más visible, la más valiosa. La que recibía su atención más feroz, sus regalos más lujosos, su posesión más absoluta. La rivalidad edípica se torcía en una competencia perversa por el favor de un amo común, y ella, Diana, había ganado.
No supo qué responder. Su mente era un torbellino de imágenes contradictorias: su madre limpiando la mansión, su madre arrodillada ante James, su madre recibiendo órdenes en susurros… y luego ella, en el restaurante, en el auto, en su cama, siendo la protagonista de la misma historia, pero en una versión amplificada, gloriosa y pública.
En ese momento de silencio cargado, su teléfono vibró sobre la mesa. El sonido específico, una campanilla grave que sólo estaba asignada a un contacto, la hizo estremecer. Lo tomó con mano automática. El mensaje era de James.
—Te espero en mi casa a las 21 hrs. Quiero que te pongas el vestido violeta.
La lectura fue instantánea. Las palabras se imprimieron en su cerebro como un comando de alto nivel, anulando cualquier otro pensamiento, cualquier confusión, cualquier duda sobre su madre o sobre la moralidad de su vida. La orden era clara. El vestido violeta, uno de sus favoritos, de terciopelo, corto y con un escote pronunciado. La mansión. Las nueve en punto.
Casi sin pensarlo, como un soldado bien entrenado, se puso de pie. La conversación con su madre quedó abruptamente suspendida, relegada a un segundo plano lejano.
—Debo prepararme —anunció, y su voz había recuperado toda su serenidad sumisa.
Su madre asintió, una comprensión profunda y compartida pasando entre ellas en ese instante. No dijo nada. Simplemente se levantó, recogió su bolso y se dirigió a la puerta, dejando a su hija a solas con sus órdenes.
Diana ni siquiera la vio irse. Ya estaba en el dormitorio, abriendo el armario para buscar el vestido violeta. No se dio cuenta, en su prisa por obedecer, de un detalle crucial: el tiempo entre recibir la orden de James y ponerse en movimiento para cumplirla se había reducido a casi cero. Ya no había espacio para la duda, ni para la resistencia, ni siquiera para la reflexión. Sólo existía la obediencia, instantánea y perfecta. Y en ese mecanismo bien aceitado, encontraba una paz más profunda que cualquier verdad familiar o cualquier dilema moral. Ella era la propiedad favorita de James Hunter, y en ese momento, prepararse para encontrarse con su dueño era lo único que importaba en el mundo.
El camino hacia la mansión de los Hunter, ese sendero de adoquines pulidos que tantas veces había recorrido de adolescente para llevarle algo a su madre o simplemente para escapar de su pequeño departamento, sintiéndose una intrusa en un mundo de lujo que no le pertenecía, ahora se sentía como una procesión hacia su propio destino. Cada paso en sus tacos altos, que James le había ordenado usar, era un redoble de tambor que marcaba el ritmo de su sumisión. A las nueve en punto, en punto, como si su cuerpo estuviera regido por un cronómetro interno sincronizado con la voluntad de él, extendió el dedo y pulsó el timbre. El sonido grave y resonante le recordó las incontables veces que había estado del otro lado, esperando que le abrieran, sintiéndose pequeña y fuera de lugar. Ahora, del otro lado de esa puerta maciza de roble, estaba su lugar, su razón de ser.
La puerta se abrió, pero no fue su madre quien la recibió, ni ninguna de las empleadas uniformadas que recordaba. Fue una mujer de mediana edad, de cabello castaño recogido en un moño severo, a quien Diana conocía bien. Era Marta, la cocinera, la que siempre le había guardado una galletita o un pedazo de torta cuando era niña. Pero la Marta que tenía frente a sí estaba completamente desnuda. Su cuerpo, con las marcas del tiempo y el trabajo, estaba expuesto sin pudor. En su muñeca, brillando con una luz tenue, llevaba la misma pulsera de plata con la pequeña placa de J.H. que su madre le había mostrado. Marta no bajó la mirada. La sostuvo con una serenidad impasible, y con un gesto de la mano, la invitó a pasar.
—Pase, señorita Diana —dijo, y su voz era la misma de siempre, pero el contexto la transformaba en algo completamente distinto.
Diana cruzó el umbral, y el vestíbulo, con su escalera de mármol en espiral y su araña de cristal de Bohemia, se llenó de una nueva y abrumadora realidad. Marta la guió en silencio hacia el gran comedor, una estancia que siempre le había parecido fría y opresiva, con su mesa de caoba para veinte comensales y los retratos de ancestros severos observando desde las paredes. Pero esta noche, el comedor estaba vivo, y su contenido le cortó la respiración.
De pie, apoyado en la chimenea apagada, con un traje oscuro y una copa de brandy en la mano, estaba James. Y alrededor de la mesa, de pie, en una formación silenciosa y expectante, estaban todas las empleadas de la casa. La señora González, la que limpiaba los cristales; Laura, la joven que ayudaba en la jardinería; y en el centro, con la misma desnudez resignada y serena que las demás, estaba su madre. Todas desnudas. Todas con la misma pulsera plateada. Sus cuerpos, de diferentes edades y formas, eran un testimonio vivo del dominio absoluto de James. Eran su harén privado, su colección de sumisas, el secreto a voces que había estado frente a las narices de Diana durante toda su vida sin que ella lo percibiera.
El corazón de Diana dio un vuelco. No fue de horror, ni de indignación. Fue una sacudida eléctrica de comprensión. Este era el mundo real. Este era el orden natural del que James le había hablado. Y ella, con su vestido violeta de terciopelo y su collar de oro, no era una intrusa. Era la invitada de honor.
Se acercó a James, el taconeo de sus zapatos repiqueteando en el silencio solemne de la habitación. Él no se movió. Sólo la observó acercarse, sus ojos recorriendo el vestido, el collar, y finalmente, posándose en sus ojos.
—Ellas son putitas como vos —dijo, y su voz, clara y fría, cortó el aire como un cuchillo, abarcando con un gesto despectivo a las mujeres desnudas, incluyendo a su madre—. Pero no tan valiosas.
Las palabras, que deberían haberle provocado un dolor insoportable al escuchar a su madre ser insultada de esa manera, surtieron en Diana un efecto completamente opuesto. Fueron un elogio monumental, un reconocimiento público de su estatus superior. Un rubor de orgullo le subió a las mejillas. Una pequeña sonrisa, triunfal y sumisa a la vez, se dibujó en sus labios.
—Gracias, mi señor —susurró, y la gratitud en su voz era auténtica, profunda.
James no sonrió. Bebió un sorbo de su brandy y luego dejó la copa sobre la repisa de la chimenea.
—Agradéceme con tu boca —ordenó, sin alterar su tono.
Diana ya no necesitaba más instrucciones. Su lugar estaba claro. Era el centro de este universo perverso, el eje alrededor del cual giraba la jerarquía de la sumisión. Se arrodilló en la alfombra persa, sintiendo la textura gruesa bajo sus rodillas. Sus manos, con una destreza que había perfeccionado a fuerza de obediencia y deseo, desabrocharon el cinturón de su pantalón, luego el botón, el cierre. Liberó su miembro, ya erecto y palpitante. Lo tomó con una mano, sintiendo su calor, su peso familiar.
Comenzó con la punta, jugueteando con la lengua, trazando pequeños círculos alrededor del glandé, saboreando el sabor salado y masculino que ya le era tan adictivo. Luego, dio pequeños chupones, como si estuviera saboreando un helado, alternando con lamidas largas y firmes a lo largo del eje. Escuchó un suspiro profundo por encima de ella, y eso la envalentonó. Abrió más la boca, relajó la garganta, y comenzó a bajar, tomando más y más de él, hasta que sus labios tocaron la base y la punta rozó la parte posterior de su garganta. No hubo arcadas, sólo una aceptación total. Se lo tragó por completo, sintiendo cómo llenaba su boca, cómo presionaba contra sus amígdalas. Manteniéndolo allí, alzó la mirada, sus ojos verdes, ahora vidriosos por el esfuerzo y la emoción, encontrándose con los de él con una devoción absoluta, de esclava a amo, de propiedad a dueño.
James la miró fijamente, y por primera vez esa noche, una expresión de satisfacción genuina cruzó su rostro. Puso una mano en su cabeza, no para guiarla, sino para afirmar su posesión.
—Ahora sí —murmuró, y su voz tenía un dejo de asombro raro en él—. Ahora sí la chupás mejor que tu madre.
La frase, la misma que una vez fue una espina, ahora era la mayor de las recompensas. No era sólo un cumplido sexual; era la confirmación de que había superado a su propia madre en la jerarquía del placer de James. Un fuego nuevo se encendió en ella. Motivada, comenzó a mover la cabeza con más energía, creando un ritmo rápido y profundo, usando su lengua y su garganta en una danza bien practicada, ahogándose deliberadamente en él, permitiendo que las lágrimas le corrieran por las mejillas por el esfuerzo, sabiendo que a él le excitaba su entrega total, su degradación voluntaria.
—Mirá —le dijo James, con voz ronca, dirigiéndose a las otras mujeres, aunque sus ojos no se despegaban de Diana—. Mirá cómo una putita de verdad muestra su agradecimiento. Aprendan.
—Sí… así… mi señor —jadeaba Diana entre embestidas, su voz distorsionada por la boca llena—. Todo para vos… todo…
Las demás sumisas observaban. Diana podía sentirlo, incluso con los ojos cerrados. Podía sentir la envidia emanando de ellas, de Marta, de Laura, de su propia madre. Ellas, que sólo tenían sus pulseras plateadas y sus cuerpos desnudos para ofrecer, nunca habían recibido un collar de oro, ni un vestido de terciopelo, ni esta atención feroz y pública. Ella era la favorita, y en este momento, arrodillada y usada, estaba en la cima del mundo.
De repente, James la agarró del cabello con fuerza, tirando de su cabeza hacia atrás, desprendiéndola de él con un sonido húmedo. Un hilo de saliva y fluido conectaba sus labios con su miembro.
—En cuatro —ordenó, con voz áspera por la excitación.
Diana, jadeando, con la mente nublada por el placer y la sumisión, obedeció al instante. Se giró y se puso a cuatro patas sobre la alfombra, presentándose. Él se arrodilló detrás de ella, levantando la falda del vestido violeta, exponiendo sus nalgas pálidas y su sexo ya empapado para que todas lo vieran. Sin preámbulos, la penetró. Fue una embestida única, profunda, que le arrancó un grito que resonó en el comedor.
—¡James! —gritó, olvidándose por completo de las reglas, de los títulos, en el shock del placer.
—¿Qué? —rugió él, agarrándola de las caderas y comenzando a moverse con embestidas largas y potentes que hacían temblar todo su cuerpo.
—¡Mi dueño! —corrigió ella, gritando—. ¡Más, mi dueño, por favor!
—¿Más? ¿Esta zorra pide más? —preguntó él, con sorna, acelerando el ritmo hasta que los golpes de sus caderas contra sus nalgas sonaban como palmadas secas—. ¿Quién te creés que sos para pedir?
—¡Nadie! —gimió ella, aferrándose a la alfombra—. ¡Soy tuya! ¡Sólo tuya! ¡Usame!
Mientras él la poseía con una furia creciente, Diana alzó la mirada. Sus ojos se encontraron directamente con los de su madre, que observaba desde su lugar en la formación. Y en los ojos de su madre, no vio horror, ni desaprobación. Vio algo mucho más complejo: una punzada de envidia, sí, pero por encima de eso, un extraño y profundo orgullo. El orgullo de una madre que ve a su hija no sólo superarla, sino alcanzar el pináculo en el mundo que ambas habitaban. Era un reconocimiento silencioso, una bendición retorcida que sellaba el destino de Diana.
El orgasmo la alcanzó entonces, un cataclismo que sacudió su cuerpo con tal fuerza que creyó desmayarse. Gritó, un sonido largo y desgarrado, mientras su interior se convulsionaba alrededor de James, entregándole todo lo que tenía, toda su voluntad, toda su alma. Sintió cómo él, respondiendo a sus contracciones, profundizaba su embestida y, con un gruñido gutural que era puro triunfo, se derramaba dentro de ella. El chorro caliente la llenó, marcándola de la manera más íntima posible.
Permanecieron así un momento, jadeando, el sonido de su respiración siendo el único ruido en la habitación. Luego, James se separó. Se puso de pie, arreglando su ropa con su habitual eficiencia. Diana se derrumbó sobre la alfombra, exhausta, sintiendo su semilla escapando entre sus muslos.
James la miró, tendida y deshecha a sus pies, y luego dirigió su mirada a todas las mujeres presentes, su harén silencioso.
—Te voy a preñar, putita —declaró, y la frase cayó como una bomba en la quietud del comedor. No era una pregunta, ni una posibilidad. Era un hecho futuro, una decisión ya tomada.
Para rematar su declaración, le dio una pequeña nalgada, un gesto a la vez cariñoso y posesivo, como si estampara su sello final sobre ella.
Ese día, en el comedor donde tantas veces había comido sobras sintiéndose invisible, Diana no sólo fue usada. Fue consagrada. La humillación pública, la comparación con su madre, la penetración brutal, la declaración de intenciones de preñarla… todo se fusionó en un solo y enorme acto de coronación. Ya no era sólo la propiedad preferida. Era la elegida para llevar su legado, para ser la portadora de su hijo, la sumisa suprema. Y mientras yacía en el suelo, con el sabor de él aún en su boca y su marca en su interior, supo que había alcanzado la cima de su existencia. El mundo podía juzgarla, pero ella, Diana, la hija de la empleada doméstica, era ahora, irrevocablemente, la reina de un reino de sombras y la propiedad más preciada de James Hunter.
Epílogo:
Los años pasaron sobre la mansión Hunter como un río tranquilo y profundo. Diana, la joven de cabello rubio y ojos claros que una vez tembló ante la mera presencia de James, se había transformado en la señora permanente de la casa, aunque nunca hubo un anillo de boda en su dedo. No lo necesitaba. Su collar de oro, que nunca se quitaba, era un vínculo más poderoso que cualquier contrato civil. Le dio a James dos hijos, ambos varones, herederos legítimos y reconocidos que llevarían su apellido y, eventualmente, toda su inmensa fortuna. James, en un acto que para él era de supremo afecto, nunca buscó otras herederas. Esos dos niños eran su legado, y Diana, la madre que los había parido, era por lo tanto la pieza central de su universo.
La crianza de los niños fue un ejercicio de dualidad perfecta. En las áreas públicas de la casa, Diana era una madre cariñosa y atenta, y James, un padre distante pero proveedor. Los niños crecieron entre lujos, educación esmerada y la aparente normalidad de una familia adinerada. Ignoraban por completo el mundo que se movía en las capas más profundas de su hogar, el susurro de pasos descalzos en los pasillos de noche, las miradas sumisas de las empleadas que, año tras año, eran contratadas y luego iniciadas en el mismo ritual secreto. Esa verdad estaba guardada bajo llave, un legado que sólo se heredaría con la mayoría de edad.
Para Diana, la llegada de cada nueva empleada era al principio una pequeña punzada en su corazón. Un fantasma de celos que la visitaba al ver a una joven, a veces tan joven como ella lo había sido, entrar en la casa con su uniforme planchado y su inocencia intacta. Pero con el tiempo, aprendió. Observaba cómo James, con su método infalible de humillación y recompensa, iba moldeando a cada una, cómo las desnudaba de su dignidad para vestirlas con la serena aceptación de la pulsera plateada. Y Diana entendió. Un hombre como James, un león, no se contenta con una sola presa. Su poder necesitaba un harén, un ecosistema de sumisión donde ella, con su collar de oro y sus hijos, reinaba como la leona principal. Dejó de sentir celos para sentir… pertenencia. Ella era la primera entre iguales, la propiedad favorita, la madre de sus herederos. Las otras eran simplemente mobiliario humano, un testimonio más de la potencia de su dueño.
La vida, en su extraña y retorcida perfección, había llegado a un equilibrio. Diana ya no se preguntaba si estaba bien o mal. Esas categorías le parecían tan infantiles como los juguetes que sus hijos habían dejado atrás. Su realidad era el peso del oro en su cuello, la autoridad en la voz de James, y la paz profunda que encontraba en la obediencia. Había nacido para ser esto: la reina de un reino de sombras, la sumisa suprema, la propiedad más preciada de James Hunter. Y en esa verdad, había encontrado, para su eterna sorpresa, una felicidad completa y absoluta.
FIN.

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