El Jefe de Mamá - Parte 2

 


El amanecer encontró a Diana ya despierta, con los ojos fijos en las grietas del cielorraso de su pequeño departamento. Había pasado la noche en vela, dando vueltas en la cama, sintiendo una suciedad que no lograba quitarse con la ducha más larga y caliente. No era una mugre física, sino una mancha íntima, profunda, que se le había adherido al alma en el baño de mármol de la mansión de los Hunter. El recuerdo de arrodillarse, de limpiar la porcelena manchada bajo la mirada gélida de James, la hacía estremecer de vergüenza. Pero era el final de ese episodio lo que realmente la tenía paralizada. Después de que él posara su mano sobre su cabeza y murmurara esas palabras —"Las mujeres obedientes son las que más me gustan"—, algo había cambiado en el aire. Él se había arrodillado a su lado, en ese suelo frío, y con una determinación que le había quitado el aliento, le había bajado el cierre del jean. Ella, aturdida por la humillación y una extraña parálisis, no se había movido. No había gritado. Sólo había cerrado los ojos, sintiendo cómo sus labios, fríos al principio, luego terriblemente hábiles y cálidos, recorrían su piel íntima, reclamando un tributo silencioso y húmedo por su obediencia. "Me violó," pensó, apretando las sábanas. Pero la palabra no encajaba del todo. Porque en medio del asco y el pánico, un espasmo involuntario, un gemido ahogado que le había escapado a su garganta, le susurraba una verdad aterradora: "De alguna forma, ¿disfruté ser humillada?". 


Sacudiendo la cabeza, como si pudiera desalojar el pensamiento, se obligó a levantarse. Decidió que sería un día normal. Iría a la universidad, se concentraría en sus clases, en sus amigos. Lo enterraría en el fondo de su mente, donde no pudiera alcanzarla. Se vistió con un cuidado casi terapéutico. Se puso una falda plisada de color azul marino, no demasiado corta, que le llegaba justo por encima de las rodillas, y una blusa blanca de algodón, sencilla, con un pequeño lazo en el cuello. Se recogió el cabello rubio en una cola de caballo baja que acentuaba la delicadeza de su rostro y sus grandes ojos claros. Con unas medias blancas hasta el tobillo y zapatos de colegiala, su reflejo en el espejo era el de una chica inocente, casi una adolescente, alejada por completo de la mujer que había sido forzada a una intimidad brutal y confusa el día anterior. "Esta soy yo," se dijo, intentando convencerse. "La estudiante. No la... eso otra cosa." 


Salió a la calle, sintiendo la brisa mañanera en la piel. Cada paso hacia la universidad era un esfuerzo por recuperar la normalidad. La ciudad bullía a su alrededor, indiferente a su tormento interno. Ya estaba a una cuadra del campus, viendo el edificio principal al fondo, cuando el sonido estridente de una bocina la hizo saltar. Se dio vuelta, el corazón galopándole en el pecho. Estacionado junto a la cuneta, con un brillo obsceno bajo el sol de la mañana, había un auto deportivo, bajo y agresivo. Y dentro, con una expresión impasible, estaba James Hunter. 


—No vas a saludar a tu macho —dijo su voz, clara y cortante a través de la ventana abierta. 


La frase le recorrió el cuerpo como una descarga eléctrica de hielo y fuego. "¿Mi macho?". Un escalofrío violento la sacudió desde la nuca hasta los talones. Su mirada se volvió frenética, escudriñando la vereda, las ventanas, los autos que pasaban. "Por favor, que nadie me haya oído, que nadie me haya visto." El terror a que un compañero, un profesor, alguien del mundo al que trataba desesperadamente de aferrarse, hubiera sido testigo de esa escena, era más agudo en ese momento que el miedo al hombre mismo. Una vez comprobado que, milagrosamente, parecía no haber testigos, se acercó al vehículo con pasos lentos, como si caminara hacia su propio cadalso. 


—¿Qué querés? —preguntó, y su voz sonó fría, cortante, un débil intento de rebelión que se desvaneció en el aire enrarecido entre ellos. 


James ni siquiera pestañeó. Su rostro era una máscara de serenidad elegante, pero sus ojos, esos ojos que lo veían todo, brillaban con una chispa de diversión sádica. 


—Esa no es la forma de hablarme —replicó, con una calma aterradora—. Para remediar tu error, sacate la tanga. 


Diana sintió que la tierra se abría bajo sus pies. La sangre se le agolpó en el rostro, una ola de vergüenza tan intensa que por un momento creyó desmayarse. "Acá, en la calle. Es un loco. Tengo que gritar, irme." Pero sus pies parecían clavados en la vereda. Y, horriblemente, un calor familiar comenzó a encenderse en su bajo vientre, una humedad traidora que respondía al mandato, a la autoridad absoluta en su tono. La pregunta de la mañana resonó en su cabeza con una fuerza nueva, aterradora. "¿Disfruté ser humillada?". Ahora, mirando sus ojos fríos, sintiendo esa excitación prohibida mezclarse con el pánico, supo la respuesta. Y esa respuesta la aterrorizó más que el hombre mismo. 


Casi sin pensarlo, como si sus miembros obedecieran una voluntad ajena, sus dedos temblorosos se deslizaron bajo el plisado de su falda. La levantó apenas, lo justo para que sus manos pudieran trabajar en la intimidad de su cuerpo, ocultas a la vista de los transeúntes distraídos por la tela. Se sintió expuesta, vulnerable, una niña traviesa siendo forzada a un castigo perverso. Con movimientos torpes, se desprendió de la tira de tela, sintiendo cómo el aire de la mañana rozaba directamente su piel ahora desnuda bajo la falda. Era una sensación de libertinaje y sumisión que le quemaba las mejillas. Una vez libre, la prenda, un pequeño triángulo de encaje, quedó colgando de su dedo. 


—Dámela —ordenó James, tendiendo la mano. 


Ella extendió el brazo y dejó caer la tanga en su palma abierta. Sus dedos cerraron el puño alrededor de la tela, como si capturaran un trofeo. 


—Buena niña —la felicitó, y las palabras, esta vez, sonaron como una caricia envenenada, un refuerzo positivo para su degradación. La miró directamente a los ojos, y su voz bajó a un susurro que sólo ella podía oír—. Vas a andar así hasta terminar el día en la universidad. Luego te voy a venir a buscar. 


Sin otra palabra, el auto deportivo rugió y se alejó de la cuneta, mezclándose con el tráfico y dejándola a ella plantada en la vereda, temblando, con las piernas débiles y el corazón latiéndole con fuerza en el pecho. Se ajustó la falda, sintiendo la extraña y reveladora libertad de movimientos, la sensación del tejido de la media rozando directamente su piel desnuda. La humillación era un peso ardiente en el estómago, pero la excitación, ese fuego traicionero, no se apagaba. Al contrario, parecía alimentarse de cada mirada que recibía al entrar al campus, de cada paso que daba. 


Todo el día fue una tortura exquisita. En las clases, al sentarse, sentía el frío de la silla de plástico a través de la tela de la falda, un recordatorio constante de su desnudez forzada. Cada vez que se levantaba para salir al pasillo, cada vez que se inclinaba un poco para tomar algo de su mochila, el fantasma de una corriente de aire o de un movimiento revelador la hacía estremecer de pánico y de una excitación vergonzante. Caminar entre la multitud de estudiantes, sintiendo el roce de su propia falda contra su piel sensible, era un recordatorio continuo de su secreto, de su sumisión. Se sentía marcada, diferente. "Ellas no saben," pensaba, mirando a sus compañeras reír y hablar de cosas triviales. "Ellas no saben que estoy así, desnuda bajo la ropa, que un hombre como James Hunter tiene mi ropa interior en su bolsillo y me ha dado una orden." La idea era aterradora, pero también, incomprensiblemente, la llenaba de un calor húmedo y culpable. Era su secreto sucio, su vergüenza privada, y en la oscuridad de su mente, empezaba a sentirse como un poder extraño y retorcido. 


Cuando por fin salió de la universidad, agotada y con los nervios hechos trizas, el auto deportivo ya estaba allí, esperando como un depredador paciente junto a la vereda. Esta vez, no hubo bocina. James simplemente la miró a través del parabrisas, y fue suficiente. Diana caminó hacia el auto con las piernas temblorosas y abrió la puerta. Se subió al asiento de cuero, que olía a lujo y a él, y cerró la puerta. El interior era una burbuja de silencio opresivo. 


—¿Adónde vamos? —preguntó, su voz apenas un hilo de sonido. 


James no respondió. Simplemente arrancó, y el motor rugió con una potencia que resonó en el cuerpo de Diana. Aceleró, cambiando de marcha con movimientos bruscos y precisos, llevándola lejos del barrio universitario, adentrándose en zonas de la ciudad que ella no conocía. En la vereda, justo al salir, vio a un grupo de compañeras de su clase de literatura. Las reconoció. Y ellas lo vieron a ella. Sus ojos se abrieron con incredulidad y luego con una envidia palpable al ver el auto, al hombre elegante al volante, a Diana subiendo a ese mundo de riqueza y aparente glamour. "Creen que es un sueño," pensó Diana, apretando las manos sobre su falda, sintiendo la desnudez que sus compañeras envidiaban ignoraban. "Creen que tengo suerte." Pero ella sólo sentía el miedo helado en las venas y esa excitación punzante, culpable, que no cesaba, mientras el auto se alejaba a toda velocidad, llevándola a un destino que ignoraba, completamente a merced del hombre que, con una sola y humillante orden, había empezado a reescribir la historia de su propio deseo. 


El rugido del motor era un latido feroz que vibraba a través del asiento de cuero, transmitiéndose directamente al cuerpo de Diana, que se estremecía con cada cambio brusco de marcha. James conducía con una agresividad contenida, sus manos finas y huesudas aferradas al volante con una fuerza que blanqueaba sus nudillos. Habían dejado atrás las zonas transitadas, adentrándose en un barrio de edificios bajos y calles más silenciosas, no lejos del propio departamento de Diana. De repente, con un movimiento seco, giró el volante y estacionó el auto en un espacio semioculto entre un contenedor de basura y la sombra de un árbol viejo, a dos cuadras de la seguridad ilusoria de su hogar. El silencio, una vez apagado el motor, fue tan abrupto como ensordecedor. Sólo se escuchaba el leve tic-tac del reloj del tablero y la respiración entrecortada de Diana. 


Ella no se atrevía a mirarlo. Mantenía la vista fija en sus manos, entrelazadas sobre su falda plisada, sintiendo la desnudez bajo la tela como una marca al rojo vivo. Sabía lo que venía. Lo sentía en el aire electrizado que los rodeaba, en la tensión que emanaba de James como un campo de fuerza. Él no apagó las luces interiores. Quería ver. Siempre quería ver. 


—Miráme —ordenó su voz, baja pero implacable. 


Diana alzó la vista lentamente. Sus ojos claros, llenos de un miedo que empezaba a mezclarse con una anticipación nauseabunda, se encontraron con los de él. James no sonreía. Su rostro era una máscara de concentración absoluta, como si desarmara un mecanismo complejo. Con movimientos deliberados, desabrochó su cinturón de seguridad y luego el de ella. El clic sonó como un disparo en la quietud. 


—Acá no… —logró balbucear ella, una última y débil protesta. 


—Callate —cortó él, y su mano se posó en su nuca, no con violencia, sino con una firmeza que no admitía réplica. Su piel era fresca, casi fría, contra el calor de su propio cuello—. Ya sabés que esto iba a pasar. Desde ayer en el baño. O incluso antes. 


Su otra mano se deslizó hacia la blusa blanca, tocando el pequeño lazo en el cuello. Con un tirón seco, lo desató. 


—Esto es muy de niña —murmuró con desprecio—. Yo ya te hice mujer ayer. Ahora te voy a hacer mía. 


Comenzó a desabrochar los botones de la blusa, uno por uno, con una lentitud exasperante. Diana contuvo la respiración, sintiendo cómo el algodón se separaba, exponiendo su piel clara y el sencillo sostén blanco que llevaba debajo. La humillación de ser desvestida así, en un auto, a la vista de cualquiera que pasara por la vereda, era inmensa. Pero, oh, tan profundamente, esa misma humillación enviaba ondas de fuego líquido a su centro, a ese lugar que ya estaba sensible y húmedo, traicionándola. 


—Por favor… —susurró, sin saber siquiera qué estaba pidiendo. 


—Por favor, ¿qué? —preguntó él, mientras sus dedos encontraban el cierre al costado de su falda y lo bajaban con un chirrido sutil—. ¿Qué me estás pidiendo, Diana? 


—No sé… —gimió, sintiendo cómo la falda se aflojaba alrededor de su cintura. 


—Sí sabés —afirmó él, acercando su rostro al de ella. Su aliento olía a café caro y a menta—. Me lo estás pidiendo con este cuerpito que tiembla. Con estos ojitos asustados que se llenan de lágrimas cuando te acabo la boca. 


La blusa estaba completamente abierta ahora. James se recostó en su asiento, bebiéndose la imagen de ella semidesnuda, vulnerable, con la falda subida hasta los muslos, exponiendo las medias blancas que acentuaban la desnudez de sus ingles. 


—Sacate todo —ordenó—. Quiero verte. Toda. 


"Tengo que negarme. Gritar. Salir corriendo." Pero sus manos, otra vez, obedecieron antes que su mente. Con movimientos torpes, se quitó la blusa, luego el sostén. Sus pequeños pechos, pálidos y con los pezones erectos y rosados por el frío y la excitación, quedaron expuestos al aire y a su mirada voraz. Se bajó la falda y las medias, quedando completamente desnuda en el asiento de cuero, encogiendo instintivamente los hombros para protegerse. 


James la observó un largo momento, y por primera vez, una sonrisa verdadera, cargada de lujuria y posesión, cruzó sus labios. 


—Hermosa —susurró, y la palabra sonó como la más obscena de las blasfemias. 


Se desabrochó su propio pantalón con movimientos rápidos y eficientes. Diana apenas pudo vislumbrar la erección, pálida y gruesa, antes de que él se moviera sobre ella, inclinando el asiento del conductor con una palanca para hacer más espacio. Su peso, no excesivo, pero sí sólido, se posó sobre ella, inmovilizándola. El cuero frío en su espalda, el calor de su cuerpo sobre el suyo. Era una contradicción que la volvía loca. 


—Vas a gritar mi nombre —le dijo al oído, mordisqueando el lóbulo con suavidad—. Pero no tan fuerte. Quiero que la gente que pase crea que sólo es un auto sacudiéndose, pero vos y yo vamos a saber la verdad. 


Sin más preámbulos, sin caricias que la prepararan, la penetró. Fue una entrada rápida, firme, llenándola de golpe con una sensación de ser desgarrada y completada al mismo tiempo. Un grito ahogado escapó de sus labios, un sonido entre el dolor y la más profunda liberación. 


—James… —jadeó, sus uñas clavándose en sus brazos. 


—Eso —gruñó él, comenzando a moverse con embestidas largas y profundas—. Así. Decí mi nombre. 


El auto comenzó a mecerse suavemente con el ritmo de sus cuerpos. Diana, atrapada bajo él, sólo podía aferrarse, sintiendo cada empuje en lo más hondo de su ser. La vergüenza inicial se transformaba, con cada movimiento, en una ola creciente de placer culpable, un placer que parecía alimentarse de la crudeza de la situación, de la falta de romanticismo, del dominio absoluto que él ejercía. 


—¿Te gusta? —preguntó él, su respiración agitada contra su cuello—. ¿Te gusta que te coja así, como a una cualquiera, en la calle? 


—No… no sé… —gimoteó ella, volviendo la cabeza hacia un lado, sintiendo cómo las lágrimas de impotencia y éxtasis corrían por sus sienes. 


—Mentira —refutó él, acelerando el ritmo. Las embestidas se volvieron más rápidas, más duras, haciendo crujir los muelles del asiento—. Tu cuerpito no miente. Me está pidiendo más. Me está diciendo que nunca te habían hecho sentir así. ¿Verdad? 


Ella no podía negarlo. Era verdad. En sus torpes experiencias con chicos de su edad, nunca había sentido esta intensidad animal, esta sensación de ser completamente poseída, de rendir todo control. Cada golpe de sus caderas contra las suyas era una afirmación de su poder, y cada gemido que ella no podía contener era una rendición. 


—Decilo —exigió James, tomándola de las muñecas y inmovilizándolas por encima de su cabeza—. Decí que te gusta. 


—Me… me gusta —logró escupir entre jadeos, la cara ardiendo de vergüenza y placer. 


—¿Qué te gusta? 


—Me gusta… cómo me cogés —confesó, y al decir las palabras en voz alta, una nueva y violenta sacudida de placer la recorrió. 


La sensación se acumulaba dentro de ella, un torbellino incontrolable que crecía con cada embestida, con cada palabra soez que él murmuraba en su oído. Fuera, en la vereda, oyeron pasar a un grupo de jóvenes, riendo y charlando. El auto se mecía de manera más evidente. Diana contuvo la respiración, paralizada por el miedo a ser descubierta, pero James no se detuvo. Al contrario, pareció excitarlo más. 


—Quédate quieta —le ordenó, clavándose más profundamente en ella—. Hace como si no pasara nada. 


Era imposible. El orgasmo se acercaba, un monstruo hermoso y aterrador que se alimentaba de la transgresión y la sumisión. Su cuerpo comenzó a temblar incontrolablemente, sus músculos se tensaron como cuerdas. 


—James… yo… voy a… —no pudo terminar la frase. 


—Sí —gruñó él, con una voz ronca, animal—. Acabá para mí. Ahora. 


Fue una orden, y su cuerpo, tan entrenado ya para obedecerle, estalló. Un grito desgarrado, ahogado a medias contra el hombro de él, escapó de su garganta mientras una onda sísmica de placer puro la recorría de la cabeza a los pies, convulsionando alrededor de su miembro, derritiendo su resistencia, anulando su voluntad. Fue un orgasmo intenso, catártico, que la dejó jadeando y temblando, completamente vacía y a la vez más llena que nunca. 


Sintiendo sus contracciones, James perdió el último vestigio de su control. Con un gruñido gutural, profundizó su embestida y se derramó dentro de ella, un chorro cálido que parecía marcar su interior con una posesión definitiva. Permanecieron así por un largo minuto, entrelazados, jadeando, el auto quieto ahora, el único sonido el de sus respiraciones entrecortadas y el lejano rumor de la ciudad. 


Poco a poco, James se separó de ella. Se reincorpora con la misma eficiencia con la que se había desabrochado el pantalón. Diana yacía en el asiento, deshecha, sintiendo el fluido cálido de él escapando entre sus muslos, sobre el cuero frío. La realidad comenzaba a filtrarse de nuevo, y con ella, una confusión monumental. 


Él arregló su ropa, encendió el motor, y mirándola fijamente, con esa calma aterradora que había recuperado al instante, le dijo: 


—Ahora andá. Caminá hasta tu departamento —hizo una pausa, y sus ojos se endurecieron—. Pero no te olvides que sos mía para siempre. Esto no termina acá. 


Diana, aturdida, con el cuerpo dolorido y la mente en blanco, asintió mecánicamente. Abrió la puerta y salió a la fresca noche, tambaleándose. Cerró la puerta y el auto se alejó de inmediato, dejándola sola en la vereda. Caminó como un autómata, sintiendo las piernas débiles, la humedad entre sus muslos. La confusión era un nudo en su pecho. "¿Por qué me gustó tanto? ¿Qué hay de malo en mí?" Se sentía sucia, usada, pero también… viva. Más viva que nunca. Y en lo más profundo de su ser, una parte de ella, la parte que había obedecido, que había confesado su placer, que había estallado bajo sus órdenes, ansiaba más. Más órdenes, más dominio, más de esa vergüenza que se transformaba en éxtasis. 


Estaba tan sumergida en su propio caos interno, tan confundida por el descubrimiento de este lado oscuro de su sexualidad, que nunca se percató de la fina y reveladora humedad que, con cada paso, brillaba pálidamente en su muslo interno bajo la luz de las farolas. Cualquier persona que se cruzara con esa joven de mirada perdida y andar vacilante, podría haber visto la evidencia física de su posesión, el rastro húmedo y privado que James Hunter había dejado sobre su piel, como la firma de un artista en su obra más preciada y secreta. 


Continuara... 

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