El día en la universidad se le hizo eterno a Diana. Había elegido un atuendo sencillo, casi de camuflaje, intentando pasar desapercibida: un jean holgado y una sudadera gris, sin maquillaje y el cabello recogido en un moño descuidado. Pero su esfuerzo por mimetizarse con las paredes era inútil. En el cuello, pesado y brillante, destellaba el collar de oro con las iniciales J.H. No era una joya discreta; era una declaración de principios grabada en metal precioso. Mientras caminaba por los pasillos, sentía las miradas como alfileres en la piel. Algunos compañeros, los más avispados o los que merodeaban en ciertos círculos, sabían exactamente lo que significaba esa placa. Sus miradas eran una mezcla de morbo, desprecio y una curiosidad malsana. Otros, más ingenuos o ajenos a ese mundo subterráneo, cuchicheaban entre risitas.
—¿Viste el collar? Debe ser de oro de verdad —comentó una chica cerca de los lockers.
—Se ve carísimo. ¿En qué estará trabajando para permitirse eso? —respondió otra con un tono que no ocultaba la envidia—. Quiere mostrar que ya no es la hijita de la empleada doméstica, ¿viste?
Diana apretó los libros contra su pecho, sintiendo cómo el metal del collar parecía quemarle la piel. "No es progreso," quería gritarles. "Es una cadena." Pero se mordió la lengua y bajó la cabeza, desviándose por un pasillo menos transitado. Evitó el comedor, se saltó la clase de café con sus amigas. No podía soportar la idea de sus preguntas bienintencionadas, de sus miradas de preocupación. ¿Cómo iba a explicarles? ¿Cómo iba a articular que ese collar no era un símbolo de éxito, sino la marca de un dueño? Que cada vez que lo sentía frío contra su clavícula, recordaba la voz de James, su peso sobre ella, y la explosión de placer que la hacía sentirse más viva y más rota que nunca. El mundo de la universidad, con sus problemas de exámenes y trabajos prácticos, le parecía de repente irreal, un escenario de cartón pintado comparado con la intensidad cruda y visceral de lo que vivía fuera de él.
Al volver a su departamento, la ansiedad se transformó en un nerviosismo electrizante. La cita de las diez de la noche se cernía sobre ella como una tormenta a punto de descargar. "¿Adónde me llevará?" La pregunta daba vueltas en su cabeza sin respuesta, alimentando un miedo que, para su propia confusión, estaba indisolublemente ligado a la anticipación. Siguió las órdenes al pie de la letra, como si su cuerpo ya no le perteneciera. Se bañó meticulosamente, se perfumó con un aroma suave y luego se enfundó en el vestido rojo. La seda del satén se deslizó sobre su piel como un susurro, ajustándose a sus curvas con una precisión que parecía hecha a medida. El escote era pronunciado, la espalda, casi completamente al descubierto, y la falda, lo suficientemente corta como para que cada movimiento fuera una invitación. Y debajo, nada. La sensación de la tela rozando directamente su piel desnuda era una constante y deliciosa humillación, un recordatorio de su estado, de su sumisión. Se miró en el espejo. La mujer que la devolvía la mirada era una extraña. Una criatura de lujo y deseo, con un collar que gritaba su pertenencia. Ya no era la estudiante de sudadera gris.
A las diez en punto, el sonido de un motor potente y un claxon breve y autoritario resonó en la calle. Asomándose por al balcón, vio otro auto deportivo, diferente al anterior, aún más bajo y agresivo, con James al volante. Tomó aire, se ajustó mentalmente el collar, y salió. Al abrir la puerta del auto y deslizarse en el asiento de cuero, el aroma a él, a poder y a lujo, la envolvió.
—Buenas noches, putita —la saludó él, sin siquiera mirarla, concentrado en cambiar la marcha.
Ella, para su propio asombro, no sintió ni un ápice de ofensa. Las palabras, que antes la habrían herido, ahora sonaban casi como un término cariñoso en su boca, una confirmación de su lugar.
—Buenas noches, señor James —respondió, con una voz más serena de lo que esperaba.
Condujeron en silencio durante un rato, internándose en una zona de la ciudad que Diana sólo conocía de oídas, un distrito de galerías de arte, edificios modernos y una discreta opulencia. Finalmente, James giró hacia un edificio bajo y ancho, de líneas limpias y sin ningún cartel visible. Un hombre de uniforme impecable se acercó al auto y, con una reverencia casi imperceptible, tomó las llaves de las manos de James. Éste salió del vehículo y, sin mirar atrás, esperó a que Diana lo hiciera. Le ofreció el brazo con una formalidad que contrastaba grotescamente con el saludo inicial. Ella lo tomó, sintiendo la tela fina de su traje bajo sus dedos.
Al cruzar las pesadas puertas de madera, Diana se detuvo en seco, sus ojos claros abriéndose como platos. El interior era abrumadoramente lujoso: alfombras profundas, luces tenues que acariciaban paredes de piedra, cuadros abstractos de valor incalculable. Pero lo que la dejó perpleja, con la boca ligeramente abierta, no fue la opulencia, sino sus habitantes. Las mujeres que servían las mesas, las "mozas", estaban completamente desnudas. Sus cuerpos, esculpidos y bellos, se movían con una gracia etérea, llevando bandejas de plata con una naturalidad pasmosa. En cada cuello, un collar ancho y negro, de un material mate, cerraba con un candado pequeño. Eran collares de sumisión, mucho más toscos que el suyo. Luego, su mirada se elevó hacia el techo abovedado. De él colgaban tres jaulas de metal ornamentado. Y dentro de cada una, como pájaros exóticos y atrapados, había una mujer, también desnuda. Sus cuerpos, pálidos y esbeltos, mostraban marcas rojizas, líneas perfectas que cruzaban sus espaldas y nalgas. Huellas de un látigo. No sangraban, pero la piel estaba claramente irritada, marcada con una precisión que hablaba de un castigo deliberado, casi artístico.
—James… —murmuró Diana, aferrándose a su brazo con más fuerza.
—Tranquila, propiedad mía —dijo él, guiándola hacia una mesa en un rincón semiprivado—. Acá no tenés que tener miedo. Acá todos entendemos cómo son las cosas.
Mientras se sentaban, Diana no podía dejar de mirar a su alrededor. En las otras mesas, hombres de traje elegante, de mediana edad en su mayoría, cenaban y conversaban en voz baja. Y junto a ellos, sus acompañantes. Mujeres hermosas, vestidas con elegancia, algunas con vestidos tan reveladores como el suyo, otras más cubiertas. Pero todas, absolutamente todas, llevaban un collar. Algunos eran de cuero, otros de plata, otros con piedras. Pero ninguno era como el suyo. El oro macizo y la placa grabada destacaban, afirmando un estatus superior. Ella era la "propiedad" de James Hunter, y su marca era la más valiosa, la más visible.
Un hombre con un fino esmoquin se acercó a tomar su pedido.
—La señorita va a tomar la ensalada de langosta para empezar, y luego el lomo con puré de trufa —declaró James, sin consultarla—. Y para beber, agua con gas y un vaso del Chardonnay '89. Para mí, la ternera.
Cuando el mesero se fue, Diana no pudo contenerse.
—¿Qué es este lugar? —preguntó, su voz un susurro.
James bebió un sorbo de su vino tinto antes de responder, sus ojos recorriendo el salón con satisfacción.
—Es un club. Un lugar donde hombres como yo podemos relajarnos, disfrutar de una buena cena, y… ser nosotros mismos. Sin juicios, sin miradas de reproche. Donde el orden natural se respeta.
—¿El orden natural? —repitió ella, mirando inconscientemente hacia una de las jaulas.
—El de la dominación y la sumisión, Diana —explicó él, como si estuviera dictando una lección—. Algunos nacen para mandar. Otros, para obedecer. Acá nadie finge. Esas mujeres —señaló con la barbilla a una mesera desnuda que pasaba—, están orgullosas de servir. Las de las jaulas… están expiando alguna falta, o simplemente disfrutan de ser el centro de atención, de ser admiradas en su dolor. Y las que están en las mesas, como vos… son las elegidas. La crema de la crema. La propiedad más preciada.
En ese momento, la mesera desnuda se acercó para servirles el pan. Mientras inclinaba la bandeja, James alzó una mano y posóla con naturalidad sobre una de sus nalgas, acariciando la piel con suavidad, como si evaluara la calidad de una fruta. La mujer no se inmutó, sólo inclinó ligeramente la cabeza en un gesto de sumisión antes de retirarse. Diana sintió una punzada aguda y caliente en el pecho. Eran celos. Celos primitivos, irracionales. Él era su dueño, y estaba tocando a otra. Pero se mordió el labio y guardó silencio. Protestar no era una opción. No aquí. No nunca.
La cena transcurrió así, con James hablando de negocios, de arte, mostrando una faceta mundana y culta que contrastaba brutalmente con el entorno y con el trato que le daba a ella. Diana apenas probó bocado, demasiado sobrecogida por todo lo que veía. Se sentía como si hubiera cruzado un espejo hacia un mundo donde todas sus nociones sobre el bien y el mal, sobre el placer y el dolor, estaban patas arriba. Y lo más aterrador era que una parte de ella encontraba una horrible, fascinante belleza en todo aquello.
Cuando retiraron los platos principales, James dejó su copa de vino y se reclinó en su silla. Sus ojos, ahora cargados de una intensidad que Diana empezaba a reconocer demasiado bien, la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en el escote, en la curva de sus caderas bajo el satén rojo.
—Hora del postre —anunció, y su voz era una promesa baja y peligrosa.
Diana contuvo la respiración. Sabía, con una certeza que le helaba y calentaba la sangre al mismo tiempo, que el "postre" no estaría en el menú.
La pausa que siguió a las palabras de James se extendió como un lago de aceite pesado y oscuro. El murmullo bajo del restaurante, el tintineo de cubiertos de plata, los susurros contenidos, todo pareció aquietarse para Diana, enfocándose en un solo punto: la orden que acababa de caer sobre sus oídos. —Desnudate —. No había sido un susurro, ni una sugerencia. Había sido una declaración clara, serena, que cortó el aire entre ellos con la frialdad de un diamante. Sus ojos, aquellos ojos claros que antes reflejaban la luz suave de su habitación, ahora se abrieron con un pánico instantáneo, escaneando la sala. Hombres con trajes impecables, sus "propiedades" elegantemente vestidas, las meseras desnudas con sus collares negros, las figuras inertes en las jaulas... todos eran testigos potenciales. Un calor abrasador de vergüenza le subió desde el estómago hasta la raíz del cabello. "Acá, no. Por favor, no acá," suplicó una voz minúscula en su cabeza.
Pero otra voz, más profunda, más recientemente descubierta, ahogó ese grito de auxilio. Era la voz que había susurrado "mi dueño" en el éxtasis del callejón. La voz que se estremecía de anticipación cuando sentía el peso del collar de oro. James le había explicado. Las mujeres en las mesas, las que comían, las que lucían joyas y vestidos caros, eran las elegidas, la crema de la crema. La propiedad más preciada. Y ella, Diana, con su collar de oro macizo, era la más preciada de todas. Esa idea, retorcida y poderosa, se enredó con el miedo y lo transformó en algo más: en un acto de afirmación. Desnudarse no era una humillación; era una demostración de su estatus, de su sumisión perfecta a un amo que valía la pena.
Sin decir una palabra, sin permitirse pensar más, Diana se puso de pie. Las piernas le temblaban, pero su espalda estaba recta. Sus dedos, fríos y un poco torpes, encontraron la costura lateral del vestido rojo. Con un movimiento lento, deliberado, casi ritual, deslizó el cierre. El sonido del metal deslizándose pareció ensordecer toda la sala. Luego, con un giro de hombros que era a la vez tímido y desvergonzado, dejó que la tela de satén se deslizara por su cuerpo. Primero descubrió sus hombros pálidos, luego la curva de su espalda, la estrecha cintura, y finalmente, la seda cayó en un pool escarlata alrededor de sus tobillos, dejándola completamente desnuda en el centro del lujoso restaurante, con sólo el collar de oro como adorno. La piel de gallina le erizó los brazos, no por el frío, sino por la intensidad de cientos de miradas que ahora se posaban en ella, estudiando cada centímetro de su cuerpo joven y esbelto. Se sentía como una estatua griega viviente, ofrecida en un altar de lujuria y poder.
No hubo aplausos, ni risitas. Sólo un silencio respetuoso, admirador. Era el silencio que se le debe a una obra de arte. James no le dio tiempo para saborear o sufrir ese momento. Con una velocidad felina, él mismo se desabrochó el pantalón, liberando su erección. Se puso de pie, y en un solo movimiento brutal y posesivo, enredó su mano en su cabello rubio, tirando de su cabeza hacia atrás con una fuerza que le arrancó un gemido ahogado, y luego la empujó hacia adelante, doblando su cuerpo sobre la mesa. La fría superficie de madera pulida chocó contra su vientre y sus pechos. Los platos y las copas temblaron con el impacto.
—Así me gusta —gruñó él en su oído, mientras con su otra mano guiaba su miembro hacia su entrada, ya húmeda y expectante—. Mostrando a todos lo que es mío.
La penetración fue, como siempre, un acto de conquista. Un solo empuje profundo y total que la llenó por completo, arrancándole un grito que se mezcló con el sonido del cristal al chocar. Diana cerró los ojos, aferrándose al borde de la mesa, sus nudillos blancos. La vergüenza inicial se disolvió en el fuego familiar de la lujuria. "Es su forma de mostrar amor," pensó, desesperada por encontrarle un sentido a todo esto. "Es brusco, es posesivo, es… real." Y en esa realidad cruda, ella florecía.
Las embestidas comenzaron, ritmicas y potentes, haciendo que la mesa se deslizara unos centímetros sobre el piso pulido con cada golpe. El sonido de sus cuerpos chocando se convirtió en el latido de la habitación. Diana, más excitada que nunca, abrió los ojos y su mirada se encontró con la de una de las meseras desnudas. La mujer, de cabello oscuro y cuerpo esculpido, la observaba fijamente. Pero no era con desdén o diversión. En sus ojos, Diana vio algo que la electrizó: envidia. Una envidia pura y profunda. Esa mujer, con su collar negro y su cuerpo disponible para cualquiera, envidiaba su lugar. Envidiaba ser la elegida por James Hunter, por ser tomada con esa pasión feroz, por llevar la marca de oro. Esa mirada fue el afrodisíaco más potente que podría haber imaginado.
—¿Te gusta que te vean, putita? —rugió James, acelerando el ritmo, sus dedos marcándole los huesos de la cadera.
—Sí… señor James —jadeó ella, enterrando su rostro en el brazo.
—¿Sí, qué? —exigió él, tirándole del cabello para levantarle la cabeza.
—Sí… me gusta —confesó, y al decirlo, una nueva oleada de placer la recorrió.
—Gritálo. Que todos escuchen cómo disfruta mi propiedad.
—¡Me gusta! —gritó Diana, y su voz, alta y clara, resonó en la sala, seguida de otro gemido profundo cuando James la golpeó con más fuerza.
El orgasmo la alcanzó entonces, un tsunami que pareció sacudirla desde los dedos de los pies hasta el cuero cabelludo. Gritó, convulsionándose alrededor de él, su cuerpo arqueándose sobre la mesa en un espasmo de éxtasis puro. Pero James no se detuvo. La miró por encima del hombro, con una sonrisa de lobo.
—Uno no es suficiente para una zorra como vos —dijo, y continuó su ritmo implacable, ahora más lento, pero más profundo, prolongando su agonía y su placer.
Después de un rato, la sacó de la mesa. Su cuerpo era una gelatina temblorosa. La giró y la sentó de nuevo en el borde de la madera, fría contra sus nalgas calientes. Sin perder el ritmo, levantó sus piernas y las colocó sobre sus hombros, abriéndola completamente, exponiendo la intimidad de su unión a la vista de todos. Se inclinó sobre ella, y su boca encontró uno de sus pezones, mordiéndolo con una fuerza que rayaba en el dolor, pero que se transformaba instantáneamente en un placer eléctrico que le recorrió todo el cuerpo. Luego su cuello, sus labios, mordisqueando y succionando, marcándola como suya de nuevas maneras. Diana ya no podía pensar. Era pura sensación, pura entrega. Sus gemidos se habían convertido en gritos continuos, desgarrados, que ya no le importaba quién escuchara.
—¡James! ¡Por favor! —suplicaba, sin saber qué estaba pidiendo.
—Decí mi nombre —ordenó él, con la voz ronca por el esfuerzo, sus caderas golpeándola con una fuerza que prometía moretones.
—¡James! —gritó ella.
—No. El otro. El que gritaste la otra vez.
Y con toda la fuerza de su segundo orgasmo, que se aproximaba como un tren desbocado, gritó las palabras que sellaron su destino:
—¡Mi dueño! ¡Sos mi dueño!
Fue como si un hechizo se rompiera y se consolidara al mismo tiempo. El segundo orgasmo fue aún más intenso que el primero, un estallido blanco que borró el mundo. Y sintió, en lo más profundo de su ser, cómo James, con un gruñido gutural y triunfal, se vaciaba dentro de ella, llenándola con su semilla caliente, posesión dentro de la posesión.
Permanecieron así un momento, jadeando, el sudor mezclándose en sus pieles. Luego, James se separó. Se recompondó con su eficiencia habitual, abrochándose el pantalón como si acabara de cerrar un negocio. Diana, temblorosa, se deslizó de la mesa y recogió su vestido del suelo. No se lo puso inmediatamente; sólo se lo colgó del brazo, sintiendo que vestirse sería, de algún modo, deshonrar lo que acababa de ocurrir. Caminaron hacia la salida, él impecable, ella despeinada, con el rostro enrojecido, las piernas débiles y el sexo dolorido y húmedo. Nadie los miró con sorpresa. Sólo con una aprobación silenciosa.
El viaje en auto fue en silencio. Diana miraba por la ventana, la ciudad brillando como un joyero distante. Ya no sentía confusión. Sólo una fatiga profunda y una paz extraña, resignada. Cuando James frenó frente a su edificio, ella abrió la puerta para bajarse.
—Nos vemos pronto, putita —dijo él, con esa mezcla de desprecio y posesión que ahora le sonaba a música.
Ella se volvió y, por primera vez, le dirigió una sonrisa genuina, pequeña pero cargada de significado. No era la sonrisa de la estudiante inocente. Era la sonrisa de una mujer que ha encontrado su lugar en el mundo, por retorcido que fuera.
—Lo estaré esperando, mi señor.
Cerró la puerta y el auto se alejó. Diana subió a su departamento, caminando con una nueva conciencia de su cuerpo, de su sexualidad, de su vida. Sabía que podía huir. Que podía sacarse el collar, cambiar la cerradura, denunciarlo. Pero también sabía, con una certeza que venía de las entrañas, que no lo haría. Ahora tenía un dueño. Un dueño que la cuidaba, que la vestía con seda, que la mostraba al mundo como su trofeo más valioso, y que la usaba con una pasión que la hacía sentir más viva de lo que nunca había estado. El miedo se había disuelto, reemplazado por una lealtad perversa y un deseo insaciable de obedecer. La hijita de la empleada doméstica había muerto. En su lugar, había nacido la propiedad de James Hunter. Y por primera vez, Diana se sentía completa.
Continuara...

Comentarios
Publicar un comentario